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Camboya, los niños de la basura

Camboya, los niños de la basura

La llaman la «Montaña de Humo» porque está constantemente cubierta por una espesa capa de niebla que ciega los ojos. Son las emanaciones de gases, sobre todo metano, que desprenden los desperdicios en descomposición, que pican la nariz e irritan la garganta. Eso es lo primero. Curiosamente, el mal olor viene después. Un repugnante hedor a podrido que, como una bofetada, se agarra a la pituitaria hasta que uno acaba mareado. Y envuelto en el zumbido de una nube de moscas que revolotean sin cesar, otro enjambre, pero éste humano, se agita rebuscando entre la basura y acarreando pesados sacos. Mientras tanto, a su lado no dejan de pasar camiones cargados con el «maná» que todos esperan con ansiedad: toneladas y toneladas de desechos.

Bienvenidos al vertedero de Stung Meanchey, enclavado a las afueras de Phnom Penh, la capital de Camboya, y donde cientos de personas han hecho de la basura su forma de vida. Entre ellos destacan decenas de niños que, armados con sus ineludibles pinchos y cubiertos por una grasienta costra de mugre, escarban entre los desechos en busca de una lata, una botella de plástico, un zapato viejo, un trozo de hierro, un pedazo de aluminio o un cable de cobre que echar al saco de plástico. Para los demás, tan sólo son restos de objetos que ya han usado o no quieren, pero para ellos suponen su único sustento y la garantía de que su familia podrá echarse hoy al estómago un pequeño cuenco de arroz con verdura. «Por un kilo de latas nos dan 200 riels y 300 por uno de plástico», explica a D7 Vong Pheokhdey, un niño de once años que, trabajando en el vertedero junto a su madre, consigue cada día entre 4.000 y 8.000 riels (entre 1 y 2 euros).

Para reunir ese dinero, él y sus seis hermanos se pasan desde las siete de la mañana hasta el anochecer en el promontorio de basura de Stung Meanchey, donde cada jornada llegan más de 200 camiones procedentes de Phnom Penh, una ciudad de tres millones de habitantes, y los pueblos de alrededor. El más pequeño de dichos vehículos transporta 1.000 kilos de residuos urbanos, que descarga sobre una marabunta que se abalanza sobre los desechos como fieras hambrientas a la caza de una presa.

Todo lo que encuentran de valor lo venden luego a las empresas de reciclaje instaladas alrededor del vertedero, donde el trasiego es frenético. Al tiempo que los camiones vacían su carga, una apisonadora aplasta a toda velocidad los desperdicios para alisar el terreno y seguir rellenando la fosa del vertedero, que ya tiene ya varios metros de altura y recibe cada jornada unas setecientas toneladas de basura.

Atropellados por los camiones

«Todos los meses muere alguien atropellado y todos los días hay varios heridos porque los conductores no tienen cuidado y ni siquiera miran por los espejos retrovisores», se queja Vong Pheokhdey esquivando un camión de grandes dimensiones que hace temblar los bloques de hormigón colocados en el suelo, que sirven como carretera para abrirse paso sobre el montículo de basura.

El muchacho nació en la provincia de Kampong Speu un sábado de enero de 1998, pero no recuerda el día y nunca ha celebrado su cumpleaños. Desde 2003 vive en las chabolas que han proliferado alrededor del basurero. Su padre, un alcohólico que tenía dos esposas, vendió la poca tierra que tenían y se trasladó a la capital en busca de un futuro más próspero. Lo mejor que encontró fue un terreno junto al vertedero donde plantaba berenjenas, así que pronto los siete hermanos acabaron rebuscando entre los desechos.

«Me levanto a las seis de la mañana, barro la casa y llego aquí a las seis y media. A la una voy al colegio y mis hermanos, que van a clase por la mañana, me reemplazan», desgrana el niño, que acude a una escuela dirigida por una ONG francesa. Vistiendo una camiseta roja falsa de Tommy Hilfigher llena de manchas y espantándose las moscas de su ennegrecido rostro, remueve los desperdicios con el garfio de hierro que portan todos los escarbadores. Pero tan rudimentaria herramienta no evita que tenga que tocar la basura, como demuestra la capa de suciedad que se va acumulando en sus manos con el paso de las horas.

Al menos, Vong Pheokhdey lleva unas botas impermeables de plástico, pero otros muchos a su lado sólo calzan unas sandalias que, a menudo, les provocan que se corten con los cristales rotos o que se pinchen con las jeringuillas tiradas en los hospitales, algunas de ellas infectadas de sida.

De mayor quiere ser funcionario

«Es peligroso y odio que los camiones me arrojen la basura y que se me meta el humo de los gases en los ojos, pero así puedo ganar dinero para ayudar a mi familia», asegura el pequeño, quien de mayor quiere «trabajar en una oficina o ser funcionario del Gobierno para salir de aquí». «Si no, me alistaré en el Ejército», sentencia decidido mientras vuelve al apestoso montón de basura.

Allí le espera Tat Cho, una niña de diez años que nació en Vietnam pero ya no recuerda cuándo llegó aquí. «Antes vivía cerca del Mercado Ruso, pero mi madre fue despedida de la fábrica de ropa donde trabajaba», se lamenta entristecida, envuelta en una andrajosa camisa verde dos tallas mayor que ella, mientras retira con desgana los desperdicios con su gancho.

Bajo un intenso sol tropical, el calor es asfixiante. En verano, cuando el monzón trae los meses de fuertes lluvias, los escarbadores deben rebuscar en un terreno enfangado y donde con frecuencia se producen peligrosos corrimientos de tierra.

«Me gusta más el colegio. Cuando crezca, quiero ser maestra para enseñar a las nuevas generaciones», sueña despierta la pequeña. Hasta que llegue ese día, a los niños y mayores del vertedero les mueve una leyenda común entre los buscadores de basura de todo el mundo. Un día, alguien halló entre los desechos una pulsera de oro que lo sacó de la miseria y lo hizo rico. Aunque nadie conoció al afortunado, todos creen a pie juntillas dicha historia y esperan protagonizarla algún día, pero lo máximo que han encontrado algunos es una cuchara de plata deslizada entre la basura de alguna familia pudiente o un cable de cobre.

«La mayoría de las veces sólo recogemos latas, envases o ropa vieja que luego remendamos para venderla», reconoce Chhoum Mehk, un niño de 13 años que nació en el vertedero.

Alrededor del basurero ha crecido un enorme poblado de chabolas. Aquí, cientos de familias numerosas han levantado sus hogares con viejas maderas y paneles de chapa. Procedente de Battambang, donde las corruptas autoridades locales le expropiaron sus tierras, Chea Sopha llegó a Phnom Penh hace ya una década. A sus 31 años, esta mujer tiene ya siete hijos con edades comprendidas entre los 16 y los cuatro años. Todos trabajan en el vertedero para sacar, en total, 16.000 riels (4 euros) al día.

«Tenemos que pagar 32.000 riels (8 euros) por el alquiler mensual de la choza y, además, comprar la electricidad a los vecinos», cuenta Chea, que también debe abonar 2.000 riels (50 céntimos de euro) para llenar la tinaja de 250 litros de agua con la que cocina y se lava su familia.

Cuando salen las ratas

«Lo peor es al anochecer, cuando salen unas ratas enormes que se meten dentro de las mosquiteras y muerden a los niños pequeños, contagiándoles muchas enfermedades», se queja negando con la cabeza. A pesar de todos estos problemas, las familias que viven en el vertedero temen su anunciado traslado a un descampado cerca del «Campo de la Muerte» de Choeung Ek, que el Gobierno tiene previsto llevar a cabo próximamente.

«No sabemos qué haremos entonces», se compadece la mujer. Como el resto de buscadores de la «Montaña de Humo», lo único que tiene claro es que, al menos para ellos, la basura es la vida.

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