Sábado, 25-07-09
AL entrar en Honduras el presidente depuesto, Manuel Zelaya,dió un paso gravísimo. Al abandonar el camino del diálogo que patrocinaba el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, Zelaya ha apostado por la algarabía callejera y la confrontación entre los ciudadanos. La división entre dos opciones políticas en el seno del país ya era incompatible con el funcionamiento normal de las instituciones cuando se produjo la violenta irrupción del Ejército en la expulsión del presidente, y lo es mucho más ahora, cuando esa disputa ha alcanzado escala continental. Zelaya ha renunciado a seguir negociando porque el proceso le lleva al reconocimiento de que su empeño en violar la Constitución fue lo que llevó al desenlace conocido, y ahora escenifica dramáticamente su regreso, aun a sabiendas de que las autoridades de facto, insisten en que es imposible restituirle en el poder.
Visto con cierta distancia, se entiende que el principal error se debe a que la comunidad internacional reaccionó precipitadamente contra un síntoma -la destitución de Zelaya por parte del Tribunal Supremo y su expulsión manu militari- ignorando la causa, que es la profunda división causada por la injerencia de Hugo Chávez en la dirección política del país. No en vano, su canciller, Nicolás Maduro, acompaña a Zelaya en su intento de entrar en Honduras.
Secuestrada ideológicamente por Chávez, la OEA ha sido perfectamente inútil en la resolución del conflicto. Resulta irritante ver el fervor con el que reclama la restitución de un presidente de dudoso comportamiento democrático, después de haber aceptado con alborozo el reingreso de la dictadura cubana con el mismo criterio con el que se hace la vista gorda ante los abusos totalitarios del caudillo venezolano y su ostentosa ingerencia en los asuntos de otros países. Si hubiera intervenido antes, señalando los peligrosos planes de Chávez y su expansionsimo ideológico, tal vez la situación sería bien distinta.
La precipitación con la que el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se empeñó en ordenar la retirada del embajador de España y en pedir que le siguiesen los socios comunitarios ha resultado ahora una evidente incapacidad para intentar ayudar a los hondureños. Estados Unidos no ha reconocido la destitución de Zelaya, pero la presencia de su embajador en Tegucigalpa le permite seguir siendo el elemento crucial para tratar de evitar que se produzca un desenlace violento, porque el remedio no puede ser peor que la enfermedad.