Apoteosis de José Tomás en la Monumental de Barcelona
Y al mito que se hizo carne hace tres años lo elevaron a las faldas del Tibidabo exhausto en una penúltima ola de entusiasmo. José Tomás a hombros de un pueblo de demonios que danza en nuestras cabezas. Barcelona supuraba la última esperanza por la herida, vestido de verde ídem y oro el dios de piedra de Galapagar. Cinco orejas y un baúl de tauromaquia pura a rastras. Una cosa de proporciones inmortales que navegará en la barca de Caronte por la laguna estigia con las almas de una plaza desbordada que se entregaba a la vida del toreo para no morir. Pero morir se acaba...
Cuando JT irrumpió en el ruedo, una llamarada de ovaciones prendió el aire, y el torero se desmonteró. Y así el paseíllo fue un clamor desmonterado de respetos repetidos en el tercio. Un gesto sencillo de agradecimiento intenso.
Ya es recuerdo perenne la gran faena al segundo de la tarde. Un toro de El Pilar muy alto, largo y montado que no humillaba. O le costaba un mundo. Fuerte en el derribo, pero manso en su empleo. Y de extraños en el capote. José Tomás lo cambió de terrenos en el saludo porque se le cruzaba, y luego le tragó, ya con la muleta y con la izquierda, una bestialidad. Se vencía o se acostaba por ese lado, sin ir nunca metido. Frenazos y pechazos. Lo consintió con esa testarudez que se arraiga en los cojones, que para qué tanta lírica: se trataba de la épica. Una épica que rompió sobre la mano derecha con fibra, por abajo, ligado cada muletazo, tenso, vibrante. Importante de verdad, tremendo. Sometido el toro, JT se coronó rey sin rodar. La oreja sabía a ley, la ley de un látigo de seda y cuero.
Hasta que no salió el tercero, de Victoriano del Río, no hubo lugar a quites. Porque al primero de Núñez del Cuvillo la clase le colgaba con alfileres de su escasa fuerza. Pero a este tercero le cosió chicuelinas en honor y olor a Camino. La media a pies juntos y la revolera cobraron vuelo. El desplante las ancló con peso de estatua. Los lances a pies juntos con que había despertado la salutación los firmó Mario Cabré desde la eternidad. Brindó también por vez primera. Al público, claro.
Los estatuarios en los medios sentaron cátedra, no tanto como el muñecazo del desprecio cosido a un pase de pecho. La izquierda se bamboleó sobre la cintura que se cimbreaba. No eran exactamente ligados los naturales aun en el sitio, sino con un tiempo, o tempo, de mecer los flecos para prolongarlos hasta donde la cadera hace crack.
Enfrontilado el cuerpo, el medio pecho. No se presentía la voltereta, pero la voltereta fue. Cuando le perdió la cara para arrancar un muletazo por la espalda. Dos veces le cogieron ayer los toros a JT: una ésta, por perderle la cara, y otra el quinto, por perderle el respeto, ya sobrado de seguridad. Se levantó con el dolor interiorizado. ¡Y lo volvió a intentar! Y el toro se volvió a frenar. Y a la tercera, hilvanado al pase de las flores, se lo sacó por fin. La plaza estalló como si la hubieran dinamitado.
El parón fue la guinda. Pinchazo hondo y descabello. La historia fue de oreja así. La espada desigual de José Tomás, ¡ay! Eficaz pero no segura ni contundente. Y escribiendo esto describo la monumental estocada al quinto, también de Victoriano del Río. El espadazo de la tarde. Por sí mismo era de premio, más la que merecía la faena al noble enemigo, de toreo al natural sobre las dos manos: sin espada en la derecha lo bordó. El inicio sentado en el estribo, las gaoneras, el todo no le valió al palco. No terminó de desbordarse el toro, que siendo noble sacaba la cara altita sin excelencias. Y eso que de don Victoriano fue el lote. Faltó el toro perfecto. Bueno, pues el presidente le negó la segunda, quizá para compensar que en el cuarto las dos cayeron con ligereza.
Este cuarto, de El Pilar, fue un tío. Muy rematado. Uno de los quites de la histórica corrida se lo interpretó JT por caleserinas enfrontiladas, homenaje a las Aguascalientes mexicanas. Noblón el animal, muy pegajoso también, siempre encima y sin ritmo. Quizá José Tomás abusó un tanto de los paseos en la faena (dos avisos). Hasta que creció en los finales de una tanda inmensa de redondos, otra a pies juntos zurda y un cierre por Procuna. Variedad y repertorio para parar un tren.
La larga cambiada de saludo y despedida a un sexto de Cuvillo que se desinfló fue resumen del hombre delgado que no flaqueará jamás. Y a hombros se lo llevaron por las faldas del Tibidabo.
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