Jackson en tinieblas
Me interesaba poco el funky; el pop o el disco, aún menos. A mí, me ponía sólo el rock and roll. En eso, poco he variado. Así que no perdí nunca mucho tiempo escuchando a Michael Jackson. De lo poco que oí, deduje que estaba bien hecho: se notaba, a kilómetros, el trabajo de Quincy Jones. De lo que vi, «Thriller», concluí que estaba fantásticamente concebido y rodado. Pero eso no podía sorprenderme en un videoclip dirigido por alguien tan competente como el John Landis de «Un hombre lobo americano en Londres».
Bailaba como los ángeles, desde luego. Pero, a mí, el baile siempre me dejó frío. Era un excelente profesional. Un perfecto hombre de escena. Que ya era mucho. Y punto. Luego estaba el personaje. Y ése sí, me fascinaba en serio. Me sigue fascinando ahora, tras su muerte. Hipérbole de los tópicos populares más insulsos. Pero, como toda hipérbole que toma cuerpo, abracadabrante. El pop está tejido de mitologías en grado minúsculo. A través de las cuales no es difícil rastrear, sin embargo, las grandes mitologías básicas, aun cuando sea en versión simplona.
El cúmulo, en esta ocasión, era tan extraordinario, tan masivo y, sobre todo, tan empeñado en transitar de lo imaginario a la biografía, que adquiría todos los tintes de lo terrorífico. O, quizá mejor, los de aquello a lo cual Freud llama lo «unheimlich», lo siniestro. Que eran los únicos que a mí me seducían en aquella marioneta del destino, de su destino empecinadamente convocado.
Él pareció elegir, entre aquellas mitologías, la básica del niño eterno, el Peter Pan, al cual hace su autor, J. M. Barry, erigir a la muerte en suprema aventura. Pero a mí me atraía, sobre todo, el modo extrañísimo en el cual aquel triunfador, siempre a un milímetro del abismo, recomponía el mito tenebroso del Dorian Gray de Wilde. Con esta perversa variación: que el cuadro que va absorbiendo podredumbre en la habitación inaccesible del relato, fue trocado por Jackson en el propio rostro transmitido al universo.
No entiendo que nadie pudiera ver esa imagen devastada sin sentir congoja. Para mí, era la quintaesencia de lo trágico: el hombre que acarrea el cadáver del niño que tal vez nunca ha sido. Y que, con él, se pudre.
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