Prehistoria
CON el paleontólogo Juan Luis Arsuaga comparto una infancia bilbaína y la convicción de que Baroja, más que novelista, era un gran poeta. Lo suficiente para que las sobremesas se prolonguen hasta el cierre del restaurante. En cierta ocasión, aguantamos hasta la madrugada, junto a Miguel Boyer, debatiendo sobre el tema fundamental de nuestra especie, es decir, los límites, no sólo cronológicos, de la categoría de humanidad. Arsuaga aporta a estas discusiones su saber científico y su extraordinaria capacidad de imaginar, que le permite esbozar reconstrucciones convincentes de aquella «mentalidad primitiva» de la que habló por vez primera Lévy-Bruhl, caracterizada por la ausencia del principio de contradicción, y que, en palabras de Arsuaga, no conocía límites entre lo humano y lo animal o entre la muerte y la vida. Ahí radica el escollo que se opone a una coincidencia total entre nuestras respectivas concepciones, porque sospecho que la humanización fue cuestión de descubrir e imponer límites, más que de inventar tecnologías. Pero, en fin, de Juan Luis se aprende siempre, y es un lujo tenerlo por amigo.
Como esta vez hablamos, sobre todo, de arte prehistórico, pasé los restos del día sumergido en la lectura de Los pintores de las cavernas, el apasionante ensayo de Gregory Curtis que acaba de publicar Turner. Y encontré allí algo no por conocido menos inquietante: la ausencia, en la pintura realista del paleolítico, de representaciones de la figura humana, que, cuando en raras ocasiones aparece, lo hace de forma tosquísima y esquemática. Era un mundo de animales, no de personas, observa Curtis, un divulgador ameno y bien informado. Puede que tal ausencia explique un relativo desinterés de los prehistoriadores en «las cuestiones filosóficas trascendentales que la arqueología y la antropología suscitan: para empezar, qué significa ser humano». Curtis subraya la indiferencia ante este asunto en el más grande de los prehistoriadores europeos del pasado siglo, el abate Breuil, aunque admite que, tanto en su caso como en el de su amigo y colaborador Teilhard de Chardin, dichas cuestiones estaban probablemente resueltas y asumidas en el plano de la fe católica. No deja de ser curioso que, en los campos de la paleontología y la Prehistoria, hayan destacado tanto sacerdotes como ateos confesos, que, a menudo, mantuvieron polémicas bastante agrias. La que enfrentó a Breuil con Gabriel de Mortillet, por ejemplo.
Sin embargo, a pesar de sus diferencias, ateos y curas tenían algo en común: una concepción teleológica del fenómeno humano. Breuil y Teilhard creían en Dios y eran providencialistas. De Mortillet afirmaba la equivalencia de evolución y Progreso. Unos y otros se esforzaban en adaptar la revolución que había provocado Darwin en la visión del mundo a sus creencias enfrentadas, pero partían de que la historia y el sentido de la humanidad se inscribían en un plan -de Dios o de la Naturaleza- que los trascendía. En el segundo centenario del nacimiento de Darwin, ambas certezas han sido marginadas del saber científico. Lo lamentable es que, como no podemos vivir en comunidad sin una cierta idea de lo humano, y dado que los científicos eluden el problema por tratarse de una cuestión metafísica, se encomienda tácitamente su definición al poder político. Partimos del supuesto de que una mayoría electoral legitima a cualquier imbécil para decidir sobre cuándo y cómo una vida adquiere la condición de humana. Esta invasión por las convenciones democráticas del único ámbito sagrado que nos quedaba redondea la victoria del totalitarismo.
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