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El PNV empieza a hacer oposición

NO ha tardado veinticuatro horas el PNV en lanzar su primera advertencia al PSOE ante la posible organización de un bloque constitucionalista que lleve a Patxi López a la presidencia del Gobierno vasco. A través de su máximo dirigente vizcaíno, Andoni Ortúzar, el PNV ha calificado de «agresión política» el acuerdo a tres bandas entre PSE, PP y UPyD. El PNV -que sufre amargamente la insuficiencia del 51 por ciento de los votos alcanzados por el tripartito más Aralar, por la asignación de los mismos escaños a cada territorio histórico- marca así las reglas de un juego político que va a ser muy duro para el PSOE y, especialmente, para José Luis Rodríguez Zapatero. El éxito de Patxi López puede acabar envenenado para los socialistas. Por lo pronto, la andanada del PNV implica que un gobierno presidido por López tendría enfrente a una feroz oposición nacionalista, porque el PNV no acepta otra opción que no sea mantenerse en la presidencia del Gobierno vasco. Para los socialistas, esta actitud del PNV simplifica las cosas y, al mismo tiempo, las agrava, porque si López quiere ser lendakari, forzosamente tendrá que contar con los trece votos del PP y, si el voto por correo no altera el resultado en Álava, con el único diputado de UPyD. Lo que resulta desde ahora mismo un ejercicio voluntarista es pretender un gobierno en minoría, con López de lendakari y con un pie en cada orilla, gobernando unas veces con apoyo del PNV y otras del PP. El cambio político en la Comunidad vasca o es drástico o no lo es. El País Vasco, después de treinta años de hegemonía nacionalista, necesita una alternativa estable, con un programa de gobierno definido y con una mayoría parlamentaria comprometida con la transformación de una sociedad distorsionada en sus valores y en sus comportamientos por efecto del terrorismo y de la ambigüedad nacionalista hacia la violencia. Con sus advertencias amenazantes, el PNV está midiendo la resistencia de Patxi López, porque el verdadero cambio en el País Vasco no será sólo el traslado de los nacionalistas a la oposición, sino la decisión del socialismo de hacer frente, por fin, al PNV.

Por supuesto, el aviso lanzado ayer por Ortúzar tiene a Rodríguez Zapatero como destinatario. No basta con la confianza que ayer expresó José Blanco en Patxi López para que «administre» el resultado electoral. El presidente del Gobierno ha sido, desde 2004, el artífice de una convergencia, en ocasiones contra natura, de socialistas y nacionalistas. Esta pinza ha sido el arma para el aislamiento del PP y para la ruptura de los consensos constitucionales. Ahora, la responsabilidad que incumbe a Rodríguez Zapatero es resolver la derogación de esta política dañosa para el interés general y decidir su sustitución por una estrategia de acuerdos claros y específicos con el PP para reconducir la crisis institucional provocada por los pactos con los nacionalistas. La otra opción es más de lo mismo.

Las claves que subyacen a la decisión final del PSOE sobre el Gobierno del País Vasco son complejas y afectan a prejuicios instalados en la médula de una buena parte de la izquierda contra el PP. Pero Zapatero se enfrenta a esta encrucijada con el escudo de la imbatibilidad electoral hecho añicos por el revés gallego y dentro de tres meses están convocadas las primeras elecciones -las europeas- de ámbito nacional en plena crisis económica. Ahora, quien se la juega es Zapatero.

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