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Los cierres llegan al barrio de Salamanca

Los cierres llegan al barrio de Salamanca

Nadie escapa a la tormenta que en forma de recesión está azotando a todos los ciudadanos y a todos los sectores productivos en mayor o menor medida. Incluso a los alrededores de la «Milla de Oro» madrileña, el paraíso que aglutina las más afamadas tiendas de las grandes firmas de lujo y glamour reconocidas mundialmente, también han llegado las vacas flacas.

Un paseo rápido por la zona en donde se asientan las boutiques más exclusivas en calles como Serrano, Velázquez, Castelló, Jorge Juan o Príncipe de Vergara, permite constatar dos cosas. La primera, que los grandes buques insignia de las firmas y marcas de lujo asentadas están capeando bien el temporal, si bien eluden hablar de la espinosa y maldita crisis. Y, dos, que el resto del mercado, el más asequible y popular, se está resintiendo bastante y las ventas se han reducido, en términos globales, en torno a un 20-30% en un año, precisaron fuentes del sector consultadas.

Lo lujoso y lo popular

Así, bien puede hablarse de varias «Millas de Oro» o, mejor dicho, de una sola. La más cercana a Serrano y Velázquez que es la que aglutina el mercado de lujo, y la otra milla bastante menos dorada, la del comercio no tan costoso y más popular y asequible, que se aleja de esas dos principales arterias, y se aglutina entorno a Goya, Conde de Peñalver y aledaños. O, como dice Frank J. Montauzer, de la consultora inmobiliaria Frank Louis Cooper, especializada en el mercado de lujo. «Hay varios barrios de Salamanca en uno». Es decir, no es oro todo lo que reluce.

Lo cierto es que la zona se caracteriza por el elevado precio del suelo, el más caro de la capital, una de las razones de su nombre. Este hecho, en los tiempos que corren, está haciendo que cada día sean más los pequeños y medianos comercios que echan el cierre. Algunos lo hacen por la merma de las ganancias y la dificultad de hacer frente a las elevadas rentas de los arrendamientos o por la subida de éstos. Otros optan por trasladarse a otras zonas de la ciudad, igualmente céntricas, pero menos gravosas. Los demás aguantan, sobre todo, si el local es de su propiedad, a pesar de las pérdidas.

«La tienda es mía, si tuviera que pagar una renta hace tiempo que habría cerrado. Total, para ganar cuatro perras gordas...», recalca la dueña de una pequeña zapatería situada en General Pardiñas esquina a Padilla. «La venta fuerte es en invierno, y llevo dos meses malos. Empecé a notar que la cosa iba mal cuando se dispararon los tipos de interés. Desde entonces he ido a menos».

Letreros de liquidación

De ahí que los letreros de: «Se alquila», «Se traspasa» o «Liquidación», sean la tónica en muchos escaparates de la zona. Es rara la calle en la que no hay alguno o incluso varios comercios cerrados, algunos colindantes, una imagen inusual hasta la fecha. «Yo no había visto nunca tantos locales vacíos por aquí. Como esta zona está muy cotizada, cuando quedaba alguno libre no tardaba nada en ser ocupado de nuevo, un mes o dos, lo justo para montar un nuevo negocio. Sin embargo, ahora pasa el tiempo y siguen igual. Esa es la realidad», dice María, una vecina de la calle de Ayala «de toda la vida», que está ya jubilada y se conoce cada rincón del barrio y la historia que encierra. «Allí antes había una agencia de viajes que se ha mudado a otro lugar y, ahí, una tienda de telas que ha durado casi una década», explica en Don Ramón de la Cruz. En Ortega y Gasset ha cerrado una pizzería y una tienda de ropa y en Juan Bravo dos concesionarios de coches de lujo y un restaurante, explica el portero de una finca.

El encargado de la consultora inmobiliaria Frank Louis Cooper reconoce que se tarda más en alquilar. «Los locales buenos no van a sufrir tanto, pero los pequeños sí. Ahora se están alargando los tiempos en unos tres meses más. Lo que antes se alquilaba en dos o tres ahora se hace en seis».

Uno de los establecimientos que va a echar el cierre es de golosinas y frutos secos. Y eso que está en un lugar muy transitado: General Pardiñas esquina a Juan Bravo. Su responsable, Diego Fernández, abandona en junio. Se irá a Argentina, su país natal, de donde salieron sus padres hace tres décadas por culpa de Videla. Ya sabe qué hará: producir aceite de oliva. «Yo no he perdido tanto en clientela como en recaudación: un 20% menos. La gente no gasta aunque tenga dinero. Llevo año y medio aquí y me iba muy bien. El frenazo lo sufrí a partir de mayo». Relata que su deseo es traspasar el negocio para recuperar parte de la inversión, pero lleva cuatro meses esperando. «Ahora la gente no invierte».

Los hay que sí lo hacen, pese a la que está cayendo. Están en la misma calle, ultimando los detalles para abrir esta misma semana. «Aquí había una empresa de suministro de gas y fontanería desde los años 50. Hace tres años decidieron apostar solo por los accesorios de baño. Fue un desastre», explica Raúl Ortiz. «El negocio antiguo estaba muy arraigado y hay demanda, pues los pisos son antiguos y necesitan mantenimiento. Vimos la oportunidad y decimos arriesgar en lugar de llorar». Comienza la aventura con dos socios más. «Aportamos nuestra experiencia para hacer reformas selectas de viviendas de nivel medio-alto y rescatamos la fontanería». Su queja: la burocracia. Y su alivio: «el no haber tenido que pedir créditos. Montar una empresa sin capital suficiente es de suicidas. Los bancos no te dan nada».

Asustados

Quienes están asustados son los dos empleados de La Ideal, una cadena de pescaderías, en la esquina de Padilla con General Pardiñas. «Es la que va peor, y la que está en el mejor barrio, con una caída de las ventas del 50%», explica David Quintana. «Los clientes buscan otra calidad y se van a las grandes superficies pese a nuestras ofertas. No lo entiendo. Aquí no hay mucho paro. No sé si es que hay psicosis colectiva o qué es lo que pasa».

Benjamín Mayo, dueño de la vecina cafetería del mismo nombre también está preocupado. «Cada día hago unos 200 euros menos de caja. He pasado de cinco empleados a tres. La crisis de los 90 fue dura pero no como esta por el desempleo: el gran drama», agrega, mientras mira los locales cerrados de su calle.

El hostelero hace menos caja. Benjamín Mayo es el dueño de la cafetería que lleva su apellido desde hace 30 años. «Los desayunos son solo un café y no hay tapeo»

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