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El túnel del silencio

GRACIAS a la prensa, pero mucho más concretamente a ABC, los españoles casi todos -los hay que siguen en Babia- hemos quedado enterados de lo que la todavía ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, pretendía mantener oculto en la oscuro túnel de la desinformación, un suceso de no escasa importancia y futura repercusión: el hundimiento de un tramo de más de cuarenta metros del túnel de El Regajo, en el que se trabajaba en las obras de la línea de alta velocidad entre las Comunidad de Madrid y la Valenciana.

En esta ocasión, el resquebrajamiento de la propia estructura de la perforada bóveda dio la voz de alarma, lo que permitió a los trabajadores que se hallaban en su interior ponerse a salvo. La rapidez con que consiguieron escapar evitó que se produjese ni un solo herido. Gracias a Dios. Otra cosa son los cuantiosos daños materiales ocasionados por el derrumbe: quince camiones, hormigoneras, excavadoras, que han quedado sepultados bajo toneladas de piedra y tierra. Y, mucho peor, serán las consecuencias que en forma de retraso en su puesta en funcionamiento supondrá la reconstrucción del tramo afectado.

De no haber sido por ABC la noticia seguirá tan oculta y tan bajo tierra como despanzurrado está ese tramo del túnel localizado en Ontígola, población toledana en cuyo término se ha producido el hundimiento. Con su oscurantismo ha quedado patente, una vez más, una torticera vocación por controlar la información hasta límites sólo homologables a la censura castrista. La misma censura con la que el Ministerio de Fomento trató de mantener oculto los resquebrajamientos en el barrio del Carmel, así como los sucesivos hundimientos en la estación de Bellvitge.

Escondiendo los hechos de la pasada semana se ha caído en la fútil pretensión de creer que no ocurre nada de aquello de lo que no se informa; después, tratando de minimizar los hechos al presentarlos como «un incidente menor». O sea, que en ambos supuestos se ha tratado de suplantar el papel de los medios de comunicación. De una parte con la ocultación que ha resultado inútil. De otra, con el modo y manera de titular la noticia.

Como bien advertía ayer en estas páginas el periodista Juanjo Braulio, la ministra vino el día 11, mejor dicho, fue a Cuenca para ver cómo iban las obras, porque se quedó a trescientos metros de la línea divisoria de la Comunidad y de Castilla-La Mancha, y en ningún momento hizo mención de lo ocurrido dos días antes. Una vez descubierto el hundimiento, gracias a la prensa, la ministra ha recurrido al conocido subterfugio de endilgarle la responsabilidad a un propio.

El presidente de Adif, Antonio González, ha pedido comparecer ante la Comisión de Fomento del Congreso para dar cuenta del derrumbe. ¿En qué quedamos, no se trataba de «un incidente menor»? ¿Por qué molestar a sus señorías, ocupadas en altos menesteres y responsabilidades como se demuestra cuando las cámaras ofrecen una panorámica del hemiciclo?

Cuán diferentes son las actitudes de los políticos según estén en el gobierno o la oposición. Por fortuna para la salud democrática, pero para su desgracia, hemerotecas y videotecas conservan la memoria y son el mejor antídoto contra la amnesia que les sobreviene tan pronto como pisan ministeriales moquetas. ¿Acaso han olvidado los ahora silentes responsables de Fomento lo muy locuaces, y más que eso, inquisitoriales, que se mostraban cuando era ministro Álvarez Cascos y se produjeron los hundimientos en el trazado del AVE a Barcelona?

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