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Azam. El yihadista del siglo XXI

Azam. El yihadista del siglo XXI

«Ahora quiero morir. ¡Por favor, matadme!» Azam Amir Kasav no quería que los médicos del hospital Nair de Bombay le dejaran en manos de la Policía. Tras atenderle y curarle las heridas sufridas en su mano durante el tiroteo con las fuerzas de seguridad, el único terrorista capturado con vida tras la cadena de atentados cometidos en la capital financiera de India pasó a dependencias policiales y se convirtió en una pieza clave para la investigación. Azam es un joven de veintiún años natural de Faridkot, pequeña aldea del Punjab paquistaní a pocos kilómetros de la frontera con India. Habla inglés perfectamente y su rostro fue portada de los medios de medio mundo tras ser fotografiado con un AK-57 en la mano sembrando el terror en la estación de tren de Chatrapati Shivaji. Con una camiseta con la firma de Versace, una mochila azul y unos pantalones safari, Azam y uno de sus compinches mataron a 26 personas e hirieron a 55 entre los andenes doce y quince de la antigua estación Victoria, cumpliendo de esa forma con el objetivo único de «matar al mayor número de personas posible» que traían. Su misión acabó dejando una mochila con dos bombas de cuatro kilos de explosivo RDX, que días más tarde encontraría la Policía gracias a las indicaciones del propio terrorista.

Los yihadistas venían inspirados por el atentado contra las torres gemelas en Nueva York, buscaban su 11-S particular en suelo indio y por eso se centraron en el corazón económico del país, el distrito de Colaba. Tenían aun frescas en sus retinas las imágenes del hotel Marriott de Islamabad ardiendo el pasado 21 de septiembre tras la explosión de un camión bomba a sus puertas, que dejó al menos 60 muertos, pero ellos iban a ir aún más lejos y pretendían volar los dos lujosos hoteles desde sus cimientos «para matar a más de cinco mil personas», según la supuesta declaración de Azam a los investigadores.

Cumplida la misión en la estación de tren, Azam y su compañero pusieron rumbo a Girgaum Chowpatty en un Skoda robado, pero en el trayecto fueron interceptados por una patrulla de policía que consiguió abatir a uno de los terroristas y detener a Azam. Hasta aquí la versión más extendida de una película de los hechos más que confusos. No hay más que echar un vistazo a los medios paquistaníes o la comunidad bloguera para palpar la cantidad de cuestiones abiertas en torno a este joven de 21 años que en pocas horas se ha convertido en el nuevo modelo de yihadista del siglo XXI. Para empezar, nadie se pone de acuerdo sobre el nombre del terrorista al que se refieren como Ajmal Amir Kamal, Muhammad Ajmal, Muhammad Amin Kasab, Azam Amir Kasav o Azam Amir Kasab. Además, el servicio en urdu de BBC ha viajado hasta tres pueblos llamados Faridkot en Pakistán para intentar entrevistar a la familia del detenido, pero en ninguno de ellos —el más grande no supera los cinco mil habitantes— conocen a esta persona, ni hay familia que tenga esos apellidos.

«The Economic Times», el gigante de la prensa económica india cuyas oficinas se sitúan frente a la estación de Chatrapati Shivaji que atacó Azam, llegó a donde no pudo la todopoderosa BBC y publicó un perfil completo del joven yihadista, que responde a los parámetros clásicos del yihadista tipo. Hijo de Mohd Amir Iman y de Noori Taj, el pequeño Azam, el tercero de cinco hermanos, nació en el seno de una familia pobre en el Faridkot punjabí que dista 50 kilómetros de la ciudad de Multan. Los problemas en casa le obligaron a dejar la escuela sin acabar la educación básica y a los trece años se trasladó a Lahore para vivir con su hermano mayor. Cuatro años después, con diecisiete, discute con su padre y hermano mayor y se jura no volver a sus casas. Encuentra refugio en el santuario de Syed Ali Hajveri y se gana la vida haciendo peonadas en el campo, trabajo que encuentra denigrante y que abandona para iniciarse en la delincuencia urbana. En uno de sus viajes a la ciudad paquistaní de Rawalpindi para comprar armas establece contacto con «Jamaat-ud-Dawa», el brazo político de la organización «Lashkar-e-Taiba» (LeT), y a los pocos meses decide enrolarse en uno de sus campos de entrenamiento. Allí queda impresionado por las supuestas atrocidades cometidas por India que le muestran en las películas que proyectan sobre Cachemira y se hace fiel seguidor de los sermones de Hafiz Mohammad Saeed, fundador y líder espiritual de LeT.

1.250 dólares para la familia

Con el paso del tiempo sus capacidades destacaron sobre las de sus compañeros y fue seleccionado junto a otros diez para un curso más específico, que incluía entrenamiento en navegación, y cuyo objetivo era atacar Bombay. El premio era irrechazable: el triunfo sobre India y una cantidad en metálico de 1.250 dólares para su familia, si moría como un mártir, una cantidad que Azam no habría podido nunca soñar reunir en sus escasos veinte años de vida.

La presunta confesión de Azam a la Policía —filtrada a la prensa en diferentes versiones— es la única fuente que manejan los medios locales para esclarecer las causas del ataque. La primera de las declaraciones que trascendió fue la pertenencia de los yihadistas al grupo Lashkar-e-Taiba (LeT), organización con base en Pakistán que lucha por la anexión de Cachemira a ese país. Ya antes de conocerse este dato, las autoridades indias habían acusado a su vecino musulmán de ser la mano en la sombra que habría organizado una operación que, según la confesión de Azam, habría empezado en los campos de entrenamiento de LeT al norte de Pakistán, de donde el grupo se trasladó a Rawalpindi, y de allí a Karachi, de cuyo puerto partieron en un barco pesquero rumbo a Bombay.

Con una mochila cada uno en la que llevaban siete cargadores con cincuenta balas, ocho granadas de mano, un fusil AK-57 (hermano mayor del mítico AK-47 soviético), una pistola automática y varios kilos de frutos secos —también LSD, cocaína y esteroides, según declaraciones de un agente policial al diario «The Telegraph»—, este comando formado por diez terroristas puso en evidencia las lagunas en materia de seguridad de India. Desembarcaron en Maachchimar Nagar, se dividieron en parejas y pusieron en marcha una operación de yihad urbana que llevaban un mes planificando y que logró lanzar nueve ataques en una hora y ocupar tres puntos clave del sur de la capital financiera india.

Junto a las armas, estos diez hombres también portaban auténticas oficinas portátiles. Según declaraciones policiales, iban equipados con dispositivos Blackberry provistos de GPS que les ayudaron a ubicarse y desplazarse rápidamente a sus objetivos. Disponían de cedés con imágenes de satélite del área de Colaba —similares a las ofrecidas por el popular programa Google Earth— y hablaban por medio de teléfonos satélite Thuraya. Cada uno portaba varias tarjetas SIM para ir cambiándolas y de esta forma burlar el control de comunicaciones de la Policía. La reivindicación de esta operación, por otra parte, se realizó vía email y, como los investigadores supieron más tarde, el mensaje salió desde un ordenador de Lahore, en Pakistán. Este despliegue en las comunicaciones ya superaba por un amplio margen a los medios de los que disponían unas fuerzas de seguridad indias que necesitaron casi tres días para acabar con este pequeño comando yihadista.

«Por un lado está la cara india del ataque, la que afectó a la estación Chatrapati Shivaji y que responde más o menos al patrón tradicional de terrorismo que hemos sufrido en India, y por otro el lado internacional. Nunca se había atacado a extranjeros y mucho menos a judíos. Se abre una nueva etapa, la yihad a base de guerrillas locales nacida en Irak y que también han sufrido ciudades como Madrid o Londres se ha convertido en Bombay en una especie de guerrilla global. Se trata ahora de células bien preparadas que lo mismo que han hecho en esta ciudad, lo pueden exportar a cualquier parte del mundo», advierte el analista Pramit Pal Prakash.

«Esto es la yihad global llevada a las ciudades y en forma de guerrillas. Los suicidas se inmolan y nada más, allí se acaba todo, pero para hacer esto es necesaria una preparación previa y la coordinación entre muchas personas», opina Daveed Gartenstein Ross, columnista de «The Mumbai Times».

Los servicios de espionaje estadounidenses habían advertido a India del peligro de «un ataque terrorista desde el mar contra hoteles y centros de negocios en Bombay», exactamente igual que el lanzado hace ahora una semana. Advertencia que los indios aseguran no haber recibido nunca y que finalmente se cumplió.

Teoría de la conspiración

Con la célula de Azam fuera de juego, el resto del comando también se dividió en parejas, siguió con el plan y atacó el café Leopold, célebre entre los extranjeros, los dos hoteles más famosos de la ciudad, Oberoi y Taj Mahal, y el centro cultural y religioso judío ortodoxo Nariman, perteneciente al movimiento ultraconservador del rabino Lubávitch.

Mientras el pánico se adueñaba del distrito de Colaba de la capital, la zona colonial y auténtica joya de la corona de la antigua colonia inglesa, Azam era trasladado en un coche policial al hospital de Nair. Medio consciente, según versiones publicadas por los medios locales, abrió los ojos y vio el cuerpo mutilado del compañero con el que llevaba meses entrenando y que había viajado con él desde Pakistán. Entonces suplicó a los agentes que le pusieran suero cuanto antes.

El caos se extendía y mientras se trataba de medir la magnitud de las operaciones, llegó la noticia de la muerte de Hemant Karkare, el jefe de la unidad antiterrorista de Bombay y máximo responsable de la persecución de los grupos extremistas hinduistas que en los últimos años han sembrado de cadáveres el país. Karkare falleció de un disparo en el pecho cuando dirigía los primeros momentos de la operación frente al hotel Taj Mahal.

«Su muerte es una de las claves que explican la teoría de la conspiración en la que cada vez más gente cree. En este ataque han pasado cosas muy extrañas, demasiadas coincidencias a la vez», comenta el profesor Ram Puniyani, que echa la vista atrás y culpa «a Estados Unidos de habernos llenado el norte de Pakistán de unas madrasas cuyas consecuencias llevamos sufriendo veinte años. Conseguido el objetivo de acabar con los soviéticos en Afganistán, el experimento se les fue de las manos y ahora tenemos este monstruo que ha logrado extenderse por todo el mundo».

Demasiados ataques simultáneos para tan poca gente, la muerte casi inmediata de Karkare, la detención de Azam —cuyo origen también podría ser el Faridkot indio y no el paquistaní, ya que hay dos localidades con el mismo nombres a ambos lados de la frontera y esto, unido a que Azam lucía un brazalete hindú, ha arrojado nuevas dudas sobre su procedencia— y sus posteriores confesiones, el ataque selectivo contra británicos, estadounidenses y judíos… «responde, sobre todo en cuanto a los objetivos extranjeros, a los parámetros de libro de Al Qaida. Todo suena demasiado perfecto, ¿no?», se pregunta Puniyani en su despacho en el norte de la ciudad desde donde ha seguido la crisis minuto a minuto gracias a la cobertura exhaustiva de los medios indios. Una cobertura que en algunos momentos fue censurada por las autoridades debido a que los terroristas también podían estar viendo la televisión y recibiendo, por tanto, información sobre la marcha de los asaltos.

[11TEX-LADILL]Guerra fría con Pakistán[/11TEX-LADILL]

«MC»Continúan los interrogatorios, pero las filtraciones a los medios son menos frecuentes. Ya nadie se refiere a «Deccan e Muyahidín», organización que reivindicó el ataque vía e-mail a las pocas horas del inicio, y sólo la supuesta confesión del único detenido es tenida en cuenta a la hora de buscar explicaciones. Las consecuencias no se han hecho esperar e India se ha visto inmersa en una grave crisis tanto a nivel nacional como, sobre todo, internacional, donde se ha reabierto aun más la brecha con un vecino paquistaní que niega sistemáticamente cualquier implicación y se muestra dispuesto a enviar a sus agentes a India para colaborar en la investigación. El joven gobierno de Zardari —viudo de Benazir Bhutto, a la que asesinaron hace casi un año— se encuentra desde hace siete días con la soga del terrorismo más apretada al cuello que nunca. Con la frontera afgana al rojo vivo, sólo faltaba un incidente como el de Bombay para desestabilizar aun más a la casi recién nacida democracia paquistaní.

El joven Azam forma ya parte de la historia del yihadismo. Aunque finalmente no cumpliera con la orden de «combatir hasta el último aliento» o de convertirse en un mártir del islam, que traía de Pakistán, su nombre pasa a formar parte de la lista negra que India ha ido elaborando en los últimos años. Está en manos de la Policía y por tanto no figura en esa lista con veinte nombres de supuestos terroristas que Nueva Delhi ha entregado a Islamabad y cuya extradición exige como primera prueba de buena voluntad para iniciar una cooperación conjunta en la lucha contraterrorista. Una cooperación que, si llega algún día, marcará un hito en las relaciones entre dos naciones que en los últimos sesenta años han librado tres guerras.

Azam descansa entre rejas. Los cuerpos de sus compañeros muertos, sin embargo, siguen en el depósito de cadáveres ya que ningún cementerio musulmán de la ciudad ha aceptado darles sepultura. Sus sesenta horas de terror han abierto una nueva era en la yihad y las agencias de inteligencia lo saben. El camino ya está abierto y seguro que más de uno ha tomado buena nota de la repercusión que este tipo de acciones llegan a alcanzar. Hace cinco años, cuando abandonó el hogar paterno y la casa de su hermano, el entonces adolescente Azam nunca se hubiera imaginado que su rostro iba a ser tan famoso y tan temido.

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