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Inteligencia moribunda

PRESENTABAN el otro día una nueva creación teatral de esta memoria histórica hemipléjica de nuestros días que recrea el incidente entre Unamuno y Millán Atray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca ocurrido en 12 de octubre de 1936 y que terminó con el famoso «¡Venceréis, pero no convenceréis!» del rector y el «¡Muera la inteligencia!» del fundador de la Legión. Algunos de los protagonistas de la producción explicaron a la prensa cómo encaraban este proyecto, pagado con el tradicional pastizal público, y qué les sugería la puesta en marcha del proyecto.

Unos y otros adornaron sus explicaciones con mayor o menor rigor histórico, hasta que le tocó hablar al actor que interpreta el papel de Millán Astray que, más allá de juzgar a su personaje, profirió un discurso que encaja como un guante en ese revisionismo revanchista que traslada lo ocurrido hace setenta años a la realidad. Y así, el intérprete comparó a aquel militar con personajes de la actualidad, herederos éstos, al su parecer, del talante e ideario de Millán. Así, por la rueda de prensa aparecieron por la boca del cómico, Rouco, Bush y Aznar, que a juicio de él compartían las mismas virtudes que los terroristas etarras «Txapote» y «Txeroki», hasta tal punto que, según este elemento del progresismo, todos ellos representan lo mismo.

La vomitiva y perversa equiparación define perfectamente no sólo al personaje sino a una manera de pensar (¿) instalada hasta el tuétano mismo de la izquierda española, muy particularmente en el sector de los espectáculos.En realidad, no llama la atención ese arranque de simpleza tan sobresaliente, ese desenfoque brutal de la realidad, sino que el «progre de manual» siga estableciendo como canon de todo lo que ocurre hoy en día los hechos y personas que transitaron por la historia hace siete décadas. A partir de ahí, para este sujeto actoral -que tiene pinta de estar bastante más atento a la subvención pública que al sentido común- Rouco, Aznar y Bush tienen la misma catadura moral que dos terroristas.

Bien es cierto que gente tan acostumbrada a recitar lo que otros le escriben parece muy dispuesta a aprovechar sus cinco minutillos de gloria con voz propia cuando le dan bolilla.

Y como por desgracia si uno se muestra sensato no da ni para una corta gacetilla en página par, parece que a la infantería progresista le parece más rentable mostrarse provocadora, sea cual sea la tontuna, pues inmeditamente el autor es identificado por su grey como «uno de los nuestros». Y ya llegarán más obras, subvencionadas of course, que vuelvan a ofrecer memorables piezas de la historia hemipléjica.

No tengo noticia de que se haya llevado a la pantalla o a la escena una versión de una de las obras maestras de la literatura sobre los prolegómenos y transcurso de la Guerra Civil: «Madrid de corte a checa», de Agustín de Foxa, joya narrativa que radiografía el advenimiento de la II República.

Divinamente escrita, la obra es tan cinematográfica y teatral que no precisa ni de guionizarla. Pero verán como nadie lo hará, porque su meollo se aleja de la única visión de la guerra que hoy en día está permitido ofrecer a los españoles. Como tampoco habrá visto usted arder una iglesia en los centenares de películas, ideológicamente hemipléjicas, que se han estrenado en España en las dos últimas décadas.

Y alguna que otro fue pasto de las llamas, antes incluso de que comenzase la guerra. La inteligencia, queridos progres, comenzó a morir mucho antes del episodio de Salamanca.

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