La cúpula de la discordia
ÉL siempre había dicho que prefería tratar con obras de arte que con artistas, algo que casi también extrapolaba a otras facetas de la cultura como libros/ escritores, música/músicos o películas/actores. Una teoría que había visto refrendada una vez más con el caso de la obra de arte que Miquel Barceló había realizado para la cúpula de una sala bautizada con el pomposo nombre de la Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de las Civilizaciones.
Barceló había trasladado a una superficie de 1400 metros cuadrados el mismo estilo que hasta la fecha se había limitado a plasmar en sus lienzos y esculturas. En esta ocasión, se había decantado por la abstracción en una obra con una gran cantidad de masa pictórica, al igual que utilizaba habitualmente en sus lienzos, sólo que ahora había necesitado 35 toneladas de pintura. Algunos habían comparado este trabajo con la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel, se supone que por aquello de que ambas obras habían sido realizadas en una cúpula. Otros, como el actual director del Prado, Miguel Zugaza (quien ya había «colado» a Barceló en su museo), habían puesto esta obra al mismo nivel de las capillas realizadas por Rothko o Manet y sobre todo con las cuevas de Altamira. Lo que estaba claro es que se trataba de una obra ambiciosa, inabarcable con la mirada, treinta y cinco mil kilos de pintura suspendidos en el aire.
Otra cosa muy distinta era el proceso de gestación «administrativo» de esta obra. El Gobierno lo había vendido inicialmente como si la ONU se hubiera encaprichado de la obra del artista mallorquín y le hubiera encargado la realización de tan magna obra de arte, cuando, en realidad, la ONU se había limitado en vender la rehabilitación de la sala al mejor postor. Así era como funcionaba este organismo con continuos problemas de financiación. La sala de conferencias de su sede en Ginebra estaba en un estado de franco deterioro y necesitaban alguien que se hiciera cargo de su restauración. Ahí es cuando apareció el Gobierno de Zapatero y su Alianza de las Civilizaciones decididos a dejar su impronta en la Historia del Arte y en la de los Derechos Humanos con una obra que deslumbrara al mundo como hizo el Guernica de Picasso en su día.
El encargo le fue ofrecido a un artista como Miquel Barceló con un prestigio internacional fuera de toda duda. Lo que quizás no se calculó bien fue el presupuesto de la obra y la forma de pagarlo. La ONU había solicitado cuatro millones de euros para la remodelación total de la sala, el artista había pedido unos seis millones de euros de honorarios y los restantes diez millones se habían dedicado a desarrollar técnicamente el proyecto. Quizás se habrían podido rebajar las pretensiones de la ONU para la remodelación de la sala, el presupuesto dedicado a la ejecución de la obra podría haberse limitado a una cantidad concreta a la que tenía que ajustarse el proyecto presentado, y el artista podría haber renunciado a sus honorarios, como había hecho Manolo Valdés con su Dama Ibérica que presidía la entrada de Valencia por la pista de Ademuz, al fin y al cabo, eran artistas cuyas obras habían alcanzado una muy buena cotización en el mercado del arte y encargos de este estilo ayudaban a darles una mayor proyección y prestigio.
Sin embargo, se había optado por un modelo de gestión que en valenciano coloquial se denominaba «lo que faça falta», por lo que el resultado final había sido el habitual en estos casos: un despilfarro de veinte millones de euros.
Con el paso del tiempo, la Historia pondría la obra de arte en el lugar que le correspondiera y, seguramente, sería uno bueno. Para poner al artista en su sitio se bastaba él mismo y su actitud. Que cada uno sacara sus conclusiones.
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