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Situación desesperada

CUANDO fue ministra de Vivienda, después de María Antonia Trujillo y antes que Beatriz Corredor, Carme Chacón no demostró mayores luces. Seguramente nadie podría hacerlo en un Ministerio tan insustancial, hijo estéril de la propaganda de José Luis Rodríguez Zapatero. Ahora, como titular de Defensa y tras haber lucido sus mañas, en Barcelona, en la última campaña electoral, es la estrella emergente en un Gobierno estrellado. Según el CIS, el oráculo sociométrico del Estado, Chacón es el miembro del Gobierno mejor valorado por los ciudadanos, que la puntúan con un 5,17. Algo más que a la miembra Bibiana Aído, ministra de Igualdad y, con sólo 3,65 y dicho con el debido acatamiento al ejemplo feminista, última mona de la compañía.

Chacón ha hecho estilo de la informalidad indumentaria. La ha llevado a tal extremo que no será difícil que lleguemos a verla pasar revista a las tropas en salto de cama y con los bigudíes puestos. Quizá de ahí le lleguen las simpatías populares. Este país es muy rarito y María Teresa Fernández de la Vega, la vicepresidenta que riñe, siempre atildada y hasta relamida, le ha cedido a la ministra el primer puesto en la lista que ella venía encabezando desde hace años. Ahora es la segunda (5,10), delante de Alfredo Pérez Rubalcaba (5,03), los tres únicos miembros del Ejecutivo que aprueban el examen.

El Gobierno decae en la estima de los ciudadanos y pierde puntos la intención de voto que analiza el trabajo sociométrico. El PSOE y el PP empatan en la previsión del 39,7 por ciento; pero, sorprendentemente, lo que pierden los socialistas no lo ganan los monopolistas de la oposición. Zapatero está ya en un 4,73 por ciento, pero Mariano Rajoy, con un 3,88, prosigue su línea descendente. Dicho en un lenguaje menos numérico y más lírico: el PSOE continúa decepcionando moderadamente a sus militantes y adeptos mientras el PP no consigue ilusionar a nadie que no fuera, previamente, un aguerrido adicto a la gaviota.

Siempre que el CIS publica sus radiografías del ánimo que empuja a la sociedad española entro en un profundo decaimiento. ¿Es posible que, sólo en treinta años de vida democrática, se haya degradado tanto la nómina de la política nacional y, al tiempo, se haya instalado un pasotismo tan hondo en la ciudadanía? Es el fruto de una partitocracia que, de tanto rechazar la excelencia y anteponer el valor de las siglas al de las personas, ha cuajado una situación de mediocridad en la que se puede llegar a decir que Mariano Fernández Bermejo es mejor ministro que Miguel Sebastián porque la opinión pública, tribunal inapelable, le puntúa con cuatro centésimas más. Si Carme Chacón, aún intelectualmente enriquecida por vía de gananciales, es la cabeza más relevante y aceptada de todo el Gobierno, la situación es verdaderamente desesperada.

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