Suscríbete a
ABC Premium

Una reflexión

Todos los escritores, incluso los más malos, piensan que algún día podrían ganar el premio Nobel. Es lógico que esto sea así, dado que el Nobel es el premio más prestigioso del mundo y que aquellos que lo reciben entran en una especie de Olimpo terreno. Ganar el premio Nobel quiere decir lograr no sólo la fama, sino la gloria, y lo que es más, la inmortalidad. Sería absurdo ser escritor (novelista, poeta, dramaturgo, o incluso ensayista o historiador), contar por tanto con la posibilidad de lograr la inmortalidad, nada menos, y no pensar en ello aunque sea alguna vez.

Sin embargo, si repasamos la lista de los premios Nobel de Literatura desde su creación en 1901, veremos que la inmortalidad no está ni mucho menos asegurada. ¿Sabe usted, amable lector, quién es Rudolph Christoph Eucken? ¿Y Henrik Pontoppidan? ¿Y Johannes Vilhelm Jenssen? ¿Y Carl Spitteler? Seguramente no. Y usted se preguntará si ese olvido no será tremendamente injusto. Quizá lo sea en algunos casos, pero he leído recientemente Imago de Carl Spitteler (por poner un ejemplo), en la preciosa edición de Nórdica Libros, y me ha parecido un libro curioso, interesante, pero nada más. No, no pienso que el olvido en que ha quedado sumido Spitteler después de su premio Nobel sea una tremenda injusticia.

No resulta fácil, por otra parte, decidir cuál es la tendencia de los Nobel. Así como los Oscar (¿y qué son los premios Nobel más que una especie de Oscar de la Política, la Ciencia y la Literatura, aunque con menos bellezas, sin presentador humorístico y sin canciones?), así como los Oscar, digo, se orientan claramente a un cine de tipo convencional que cuenta una historia con mensaje, los Nobel han recaído en escritores de corte tradicional como Pearl S. Buck y en experimentalistas como Faulkner, en poetas exquisitos como Yeats y en conjuradores de multitudes como Neruda. ¿Qué criterio ético, estético, político o de cualquier otra clase puede ser el que una a autores como Sartre y Saint-John Perse, Coetzee y Dario Fo, Derek Walcott y Camilo José Cela, Joseph Brodsky y Orham Pamuk?

Habría que decidir, de cualquier modo, si esta aparente falta de prejuicios de los sucesivos jurados del Nobel, si esta amplitud de miras de los que que un año otorgan el galardón a un autor simpático pero claramente menor (2006) y otro a un genio deslumbrante (2003), un año a un maestro del relato y de la imagen (1982) y otro a un tedioso pergeñador de abstracciones (1985) no será, en realidad, una muestra de total indiferencia estética.

Y es que esa variedad de tendencias y estilos que encontramos en la lista de los premiados con el Nobel no es realmente una muestra de apertura mental, sino el efecto de un procedimiento lleno de intereses (como lo es todo premio) y que arroja el resultado de una absoluta y lamentable arbitrariedad.

Esta funcionalidad es sólo para suscriptores

Suscribete
Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación