La vida al pie de la letra
Nació con el siglo XX, nació en el siglo pasado, pero fue una mujer de su tiempo, del tiempo duro y esperanzador que le tocó vivir, y también una mujer del futuro, pionera entre las pioneras de la revolución que ellas, las mujeres, han llevado adelante en los últimos cien años. María Moliner fue, durante más de medio siglo, historiadora, bibliotecaria y archivera, autora de una de las grandes joyas de nuestra cultura, el Diccionario de uso del español, una obra no normativa a la que «esta heroína de nuestra lengua como Nebrija, Covarruvias, Casares», en palabras del académico Manuel Seco, dedicó quince años de su vida en una labor callada, minuciosa, extenuante, detallada y tozuda, día tras día, erre que erre.
Pero María Moliner nunca fue de las que se desaniman ni desfallecen ante las dificultades. Desde cría (su padre, un médico rural, abandonó el hogar familiar) sabía lo que era luchar y trabajar duro (dando clases particulares, casi de adolescente) para echar una mano (y las dos, a menudo) en casa. A los veintidós años, ya era funcionaria de Archivos y Bibliotecas, en Simancas, y poco después, en Murcia, en un oscuro puesto del Archivo de la Delegación de Hacienda -ella, llamada a revolucionar nuestra lexicografía, entre impuestos, tasas, y legajos de bienes y patrimonios-. Su interés por la cultura era incansable. Y su matrimonio dio más alas aún a su curiosidad, a su humanismo, porque el catedrático de física Fernando Ramón, su marido durante décadas, fue también un sabio, un hombre modesto que en la España del porrón, la faca y el borrico sabía y enseñaba lo que era la Teoría de la Relatividad. Y era, como doña María, un hombre liberal con una gran conciencia social.
Durante la República María Moliner trabajó en las Misiones Pedagógicas, que más o menos utópicamente querían sacar a los españoles de siglos de supercherías e incultura. En aquellos años de efervescencia, dirigía la Biblioteca la Universidad de Valencia, y fue una de las responsables de la puesta en marcha de las bibliotecas populares, las bibliotecas circulantes en palabras de la época. De su idealismo y fe en el saber dan una muestra emocionante las «Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas», publicadas en la capital valenciana en 1937, y que, aunque sin firma, se atribuyen a María Moliner. «No, amigos bibliotecarios, no. En vuestro pueblo la gente no es más cerril que en otros pueblos de España ni que en otros pueblos del mundo. Probad a hablarle de cultura y veréis cómo sus ojos se abren y sus cabezas se mueven en un gesto de asentimiento, y cómo, invariablemente responden: ¡Eso, eso es lo que nos hace falta: cultura!».
Tiempo de silencio
La República murió o la mataron y el matrimonio Moliner fue a parar al pozo oscuro del ostracismo. Don Fernando volvió (cuando le dejaron) a sus clases, y doña María, tras ser depurada y perder su categoría en el escalafón, acabó por recalar en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Pero incansable, en cuanto vio a sus hijos criados, le dio vueltas a su cabeza con su sencillez, eficacia y pasión habituales. En junio de 1972 recordaba para ABC el comienzo de su obstinado trabajo. «Hacer el Diccionario fue una pura casualidad. Yo, a cierta edad de mis hijos que ya no me necesitaban, en que las tardes se me hacían muy largas, pensé que podía escribir. Y me inspiró un diccionario inglés que trae frases para el uso. Y me dije, ¿por qué no hago yo un diccionario para uso del español? En seis meses lo tengo concluido. Y empecé con él...».
Quince años de trabajo
Y así fue. Palabra a palabra, de la A a la Z. Minuto a minuto: «Desde el momento en que cogí por primera vez un lápiz hasta el momento de mostrar el diccionario a los académicos pasaron quince años -seguía relatando a nuestro compañero Santiago Castelo-. Quince años de un trabajo absorbente que llevaba bien porque era joven y fuerte. En un diccionario no se pude dejar de trabajar. Constantemente estoy viendo en los periódicos o en novelas expresiones que anoto para incluirlas». Un Diccionario de uso, un coloso en el que, como ella decía, «no se tiene en cuenta demasiado la autoridad. A mi Diccionario se recurre no sólo para saber lo que significa una palabra, sino para saber cómo se usa y cuál se tiene que usar, de qué arsenal de palabras dispone el lector en lugar de esa primera que se le ha ocurrido y que quizá no encierra exactamente el significado apetecido».
Así fue, con paciencia de entomólogo y minuciosidad de hormiga, cómo esta mujer, a la que la Real Academia no aceptó como miembro (miembra, desde luego no parece que fuera a ser), puso en pie su monumental obra. Hace apenas un año, el ministro de Cultura, César Antonio Molina, con motivo de novísima tercera edición de la obra -hoy es un equipo de grandes lexicógrafos quien mantiene vivo el Moliner-, decía que el Diccionario de Uso del Español «es una novela sobre las palabras». Durante toda una vida al pie de la letra, ella mostró, demostró, recopiló y regó las flores de una lengua, más que viva, eterna. Y su obra sigue en pie, atenta y dúctil al uso del hablante -es la grandeza de toda herramienta- en la era de internet.
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