Publicado Lunes, 18-08-08 a las 09:50
A diferencia de José Blanco, no tengo ningún temor de que mis opiniones sobre la contienda electoral estadounidense interfieran en lo más mínimo en la decisión de los ciudadanos de aquel país. Por lo que hago pública con toda tranquilidad mi preferencia por John McCain. Más que nada por lo que pudiera pasar con las decisiones de Obama en política internacional. Oscilarían entre la alianza de civilizaciones, las palabras huecas, las sonrisas cinematográficas, la indecisión y la indeterminación, que es lo que estamos viendo en su campaña electoral. Como escribió hace unos días William Kristol, si con McCain los americanos tendrán un Commander in Chief, con Obama se llevarán un Orator in Chief, lo que es intelectualmente atractivo pero políticamente preocupante.
Y, sin embargo, creo que Barack Obama tiene una cualidad que será muy beneficiosa para Estados Unidos, si alcanza la presidencia. Me refiero a su inteligente, positiva y desacomplejada relación con la raza. En un doble sentido, en su capacidad para construir una carrera política al margen de la raza, intentando que la raza no tenga mayor importancia ni significación que cualquier otra circunstancia de su vida. Y en su propósito de evitar todo victimismo basado en la raza.
Y es que ambos problemas afectan a la comunidad negra de una forma muy parecida a como perjudican a las mujeres. No me refiero en este caso a los problemas de discriminación, sino a la conversión del sexo, como la raza, en un lastre, tan propio del feminismo en los últimos años. Haciendo de la diferencia, el sexo, el centro de la vida pública, profesional o política de las mujeres. Véase, si no, la campaña que le han hecho a Hillary Clinton sus más entusiastas seguidoras. Y lo que es aún peor, fomentando el victimismo, que esto último es una tendencia fatal del feminismo como lo es del anti-racismo. Véanse también algunos de los desaguisados de la campaña de Clinton.
Barack Obama tiene los suyos, los desaguisados y los delirios y excesos antirracistas, pero se los montan sus entusiastas y no él mismo. Como ese columnista del New York Times que interpretaba el vídeo republicano con las imágenes de Britney Spears y Paris Hilton como un mensaje del supuesto rechazo social al acercamiento sexual del hombre negro a las mujeres blancas. O ese otro que, en el mismo medio, interpretaba el 5% de blancos que en una encuesta rechazaba el voto a un negro como un preocupante obstáculo racista para Obama. Y, sin embargo, no mostraba preocupación alguna por el 36% que consideraba un problema para gobernar la edad de McCain. Por no hablar del rechazo masivo de la comunidad negra hacia McCain, comparable, es cierto, al suscitado por otros republicanos, pero al menos tan inquietante socialmente como el de algunos sectores blancos a los candidatos negros.
En realidad, y puestos a buscar discriminación, encontramos en las encuestas más signos de rechazo de la comunidad negra hacia los blancos que al revés. Y un impresionante entusiasmo de ciudadanos estadounidenses de todos grupos étnicos hacia Obama, a quien la mayoría ha dejado de ver como a un negro. Lo ven como a un ciudadano, que es lo que el propio Obama ha querido. Presentarse como un ciudadano que quiere ser presidente y no un negro que quiere ser presidente.
Y sin victimismo, esa losa que explica probablemente el radical rechazo de los negros hacia los republicanos así como algunos de sus problemas actuales para lograr la igualdad. De la misma forma que explica algunos problemas de las mujeres. Por la insistencia en atribuir todas las dificultades, frustraciones y fracasos al enemigo exterior, los hombres en un caso, los blancos en otro. Y por la incapacidad de afrontar esos problemas desde el reconocimiento de la propia responsabilidad y capacidad de acción.
En un magnífico artículo en El País, John Carlin recordaba lo que escribió el intelectual negro Shelby Steele veinte años atrás sobre los efectos negativos de la fortísima memoria histórica de la opresión entre los negros: «Cuando existe un enorme lago de memoria de esta naturaleza, el movimiento hacia el pasado es tan irresistible que las oportunidades que uno tiene en el presente se vuelven invisibles».