No se meta usted en política
«¡Y otra de kokotxas!» es la expresión con la que el periodista José María Calleja ha resumido en más de una ocasión la historia de la indiferencia social ante el terrorismo en el País Vasco. En versión gastronómica algo más representativa de toda España, añadámosle ahora el «¡Y otra de jamoncito!» puesta en circulación por una de nuestras atletas en Pekín. Porque el jamoncito y la preocupación por su suministro fue la única pregunta que se le planteó al representante del COE cuando ordenó a los deportistas españoles que ni se les ocurriera hacer una sola declaración en contra de la dictadura china. Mil trescientos millones de personas bajo la represión y otra de jamoncito. Y de kokotxas, si hace falta.
Ni jamoncito ni kokotxas han pedido Antonio Gamoneda y Luz Casal cuando han huido despavoridos del Manifiesto por la Lengua Común que firmaron, al parecer, en un momento de ofuscación mental. Pero lo suyo es otro buen ejemplo del no se meta usted en política, con las obvias distancias entre las dimensiones de la represión china o de la represión terrorista y los problemas de los españoles para usar el español. Jamoncito y kokotxas y que la política se abstenga de venir a fastidiarnos la tranquilidad. Y si acaso, un poco de ideología barata para los postres, que es lo que ha añadido Luz Casal en sus lamentaciones por haberse metido en política. Si he de tomar partido, lo haré por el que defienda un mundo en armonía, ha dicho. Lo que es al compromiso por las libertades lo que el jamoncito y las kokotxas, pero en versión espiritual, de concurso de misses y la paz en el mundo.
Nunca he defendido que el compromiso sea obligatorio, ni entre los ciudadanos, ni entre los deportistas, ni entre los artistas y escritores. Sí entre los intelectuales o entre los políticos, pero ésa es otra historia. Pero, eso sí, los ciudadanos o los artistas y escritores como Luz Casal o Antonio Gamoneda que renuncian a él, o peor, huyen cuando el compromiso los ha atrapado involuntariamente, como es el caso, deberían tener la prudencia y la decencia de abstenerse de dar una sola opinión más sobre cualquier debate social o político. Y no intentar explicar la huida, que es peor, porque la huida adquiere el patetismo de la exhibición pública. Del temor, de la mediocridad, y algunos pensarán, de la cobardía.
Con tono irritado y reivindicativo, Antonio Gamoneda ha explicado esta semana en Santander que retiró su nombre del Manifiesto por la Lengua Común porque «se había convertido en un asunto político». Algo parecido a lo explicado por Luz Casal cuando salió corriendo del mismo compromiso. Ella que parece tan fiera, tan rompedora y tan grandiosa cuando canta, ha lloriqueado cuando ha sufrido las primeras críticas políticas.
Y es que si una se pasa la vida comprometida, como ha estado Luz Casal, con la titánica defensa de la armonía en el mundo, jamás se mete en problemas. O sea, en política. Y mucho menos en la política incorrecta, que es lo que les ha pasado a Gamoneda y a Casal.
Lo que Gamoneda y Casal no han podido ni querido soportar es pasar a formar parte de la España incorrecta, la que es repudiada en los círculos artísticos en los que ellos se mueven. La que huele a derecha y a patriotismo español. La que acaba con el confort y la tranquilidad que se gozan en España cuando evitas esas malas compañías.
Que el Manifiesto es un asunto político era y es bien claro para quien sabe leer. Qué otra cosa puede ser la reivindicación de otras decisiones políticas. Lo que ni Gamoneda ni Casal, ni otros que se han mantenido en el silencio, habían calculado es que esta política fuera rechazada con tal virulencia por la izquierda española, que a estas alturas de la democracia española la izquierda se haya plegado con este entusiasmo a las exigencias de los nacionalismos étnicos o que su discurso sobre el español se parezca tanto a los de la nación vasca y la catalana.
Escribió el muy admirado por Rodríguez Zapatero Suso de Toro que el Manifiesto es una nueva vuelta de tuerca a la España que se rompe de la derecha nacionalista española y que el nacionalismo monolingüe y xenófobo de siempre ocupa el centro y lo ocupa todo. Y si era esto, dijeron algunos, yo no me quiero meter en política.
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