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El bloc del cartero

DANA

Lorenzo Silva

Viernes, 15 de Noviembre 2024

Tiempo de lectura: 6 min

Vino el desastre, que como tantos otros no dejaba de estar anunciado –incluso con obras proyectadas y no realizadas, por razones que ahora se antojan nimias–, los dados rodaron del peor modo posible y hubo que atender lo que nadie desea tener que afrontar nunca. Fallaron muchas cosas, fallaron —fallamos— de un modo u otro todos y, con el barro alto aún, los esfuerzos de algunos se orientaron a lo de siempre: buscar el beneficio, proyectar en otro el perjuicio. La lección que dieron tantos ciudadanos de a pie, adelantándose a un Estado lento en su respuesta –lo que siempre denota deficiencias en el sistema, que no puede quedar al albur de la pericia o impericia tal o cual individuo–, obliga a una reflexión profunda y general. Somos más, mejores, cuando vamos todos a una.


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LAS CARTAS DE LOS LECTORES

Sois nosotros

Sois nosotros, todos los que habéis perdido a vuestras parejas, hijos, padres, hermanos, abuelos sois nosotros. Sois nosotros los que habéis perdido la casa, el trabajo, los recuerdos de toda una vida. Sois nosotros los que estáis en shock porque vuestros ojos han visto cosas inimaginables. Sois nosotros los que miráis hacia arriba y solo veis a políticos peleándose entre ellos para sacar partido de vuestra desgracia. Sois nosotros porque nosotros podríamos estar en vuestro lugar y por eso nuestro corazón late con el vuestro, y nuestros camiones y furgonetas ya están yendo hacia Valencia cargados de nosotros y nuestras esperanzas para daros un poco de abrigo. Cada voluntario que está ayudando al pie del cañón con sus cepillos y sus palas nos representa a todos y representa al pueblo que salva al pueblo, el pueblo unido que somos y al que no podrán separar ni las riadas ni los políticos. Tened la esperanza de que vamos juntos hacia un futuro mejor, no os vamos a abandonar porque sois nosotros.

Francisca Chica Sánchez. Granada


Cogido con pinzas

Los valencianos estamos viviendo una tragedia que ha volteado nuestras vidas. De golpe, sin previo aviso, ha quedado en evidencia nuestra fragilidad: desde la devastadora pérdida de vidas humanas y animales hasta el colapso de ese estado de bienestar en el que transcurría nuestra vida cotidiana. Lo que antes estaba al alcance de un interruptor o de un simple giro de manivela se ha desvanecido súbitamente, reemplazado por el barro que lo invade todo, nuestro propio chapapote. En este contexto, me detengo a reflexionar: ¿por qué, en estas circunstancias, el agua, un simple vaso de agua, se convierte en un tesoro? Y llego a la conclusión de que ese mundo que hemos construido, con todas sus comodidades, con todo lo que hace nuestra vida más fácil, está cogido con pinzas. Sin embargo, en medio de esta desolación ha brotado la esperanza: es la naturaleza misma del ser humano, que se levanta con coraje y solidaridad para enfrentar lo peor.

Miguel Ángel Dasí Rodríguez. Valencia


Mi abuela 

Está sentada en la cocina. Concentrada, escudriña con sus ojos mientras lee las cada vez más diminutas letras de su libro. En un momento dado, alza su vista, y me pregunta sonriendo: «¿Te acuerdas de cuando la guerra? ¡Cuánto hemos vivido!». Hace ya tiempo que la memoria le falla. Mezcla historias y recuerdos, intercambia protagonistas y confunde fechas. Sin embargo, aún hay cosas de las que sí se acuerda. Se acuerda de su marido, de sus hijos, de sus amigas. De su boda, de su viaje a Málaga y de su pueblo natal. Escuchándola, me pregunto de qué y quiénes me acordaré yo si alguna vez llego a su edad. Mientras reflexiono sobre todo esto camino a mi casa, pienso: «¡Qué razón tienes, abuela! ¡Cuánto hemos vivido!».

Alejandro C. B. Pamplona (Navarra)


Piensen en ellos

Pasados unos días de las inundaciones en las poblaciones valencianas por las que pasaba el barranco, no puedo dejar de escuchar a José Feliciano cantar una canción que empieza así: «Pueblo mío que estás en la colina / tendido como un viejo que se muere. / La pena, el abandono / son tu triste compañía. / Pueblo mío, te dejo sin alegría». No se me ocurre mejor descripción al sentimiento de soledad de los vecinos. Feliciano prosigue: «¿Qué será, qué será, qué será? / ¿Qué será de mi vida, qué será?». Y de nuevo creo escuchar a los vecinos. El final es un canto a la esperanza, al futuro: «En la noche mi guitarra / dulcemente sonará y una niña / de mi pueblo soñará». Escúchenla y piensen en ellos.

Ignacio Cebrián Sanfeliu. Valencia


La nada 

Afortunadamente no siempre las catástrofes climáticas ocasionan daños personales como, por ejemplo, en Cadaqués y otras zonas con las que esta pavorosa dana se ha ensañado, aunque menos que en Valencia. Sólo daños materiales, informan los medios cuando no se han registrado muertos, heridos o desaparecidos. Sin embargo, la pérdida de un hogar con todos sus enseres queridos supone, a mi parecer, una enorme pérdida personal. Nuestras cosas nos conforman y biografían. Se convierten en apéndices inorgánicos. Resulta descorazonador escuchar a una persona desolada relatando cómo una riada súbita le ha despojado de todo. «Me he quedado sin nada», dijo por televisión una pobre mujer. Creo que, en una situación tan dramática, la gente no se queda sin todo. Con lo que se queda es con la nada.

Jon Arza Pérez. Pasai Antxo. Gipuzkoa


Aula virtual

Conecto la tablet. Entro en el aula virtual. Le doy al enlace, y espero que el profesor inicie la sesión. Mientras, mi cabeza viaja hasta las 14.00 horas del 29 de octubre, cuando por el nivel 3 de emergencia, recibido a las 12.00, la rectora de la Universidad de Valencia, María Vicenta Mestre, tras convocar el Comité de Emergencias, creado hace cinco años, suspende las clases y todos los actos académicos. Alumnos, profesores y trabajadores nos fuimos a casa. Muchos salvaron la vida gracias a esta decisión decidida y responsable. Por fin se activa la reunión de Zoom. El rostro del profesor de escritura se muestra sonriente y algo atribulado en la pantalla: «Buenos días y bienvenidos, ¿estáis todas y todos bien? ¿habéis tenido dificultad para conectaros?». De los treinta alumnos matriculados, tan sólo once hemos podido o sabido conectarnos. «A ver si en la próxima sesión se conectan algunos más; y si tienen dificultad, que me lo digan», comenta el profesor. Inicia la clase con un ejercicio corto de escritura libre. Nos da quince minutos para realizarlo. Terminado el tiempo, comenzamos las lecturas de nuestros textos: descubrimos que los once alumnos hemos escrito sobre el horror y la tragedia de la dana; no sólo la compañera que había vivido en primera persona los terribles acontecimientos.

Víctor Calvo Luna. Valencia


LA CARTA DE LA SEMANA

Un rayo de sol

texto alternativo

+ ¿Por qué la he premiado?

Por una historia que ayuda a ver dónde y en quiénes está lo que de veras importa.

Uno de mis lugares preferidos para tomar un café y ver pasar la vida es el bar Sol. Allí, sonriente, me atiende Carmen. Camarera de las de antes, de las que conocen a la clientela y sus gustos. Rara avis en tiempos de diáspora y precariedad laboral, en su feudo de siempre lleva una terraza interminable, legado de la pandemia y la nueva afición por el aire libre. En su ir y venir constante nunca se queja del trabajo, y su risa invita a volver. Nadie diría los años que lleva en tan fatigante oficio. Ayer, al despedirse apresuradamente, al cambio de turno, me dijo: «No me da la vida». Yo le respondí, socarrón: «Desde que eres abuela…». La realidad es que desde hace años atiende a su suegra, a quien tiene en su casa. Esta, de edad avanzada, con alzhéimer y gran deterioro físico, no carece de hijos y nietos, pero Carmen fue la única que buscó tiempo y espacio en su vida para acogerla. «¿Quién se lo iba a decir, doña Adela? La nuera que no quería, la camarera que era poco para su hijo, sería quien velaría cariñosamente por usted». Lecciones nos da la vida.

Carlos José Esguevillas. Palencia

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