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NEUROLOGÍA

El alzhéimer brilla con Maragall

La ceremonia de los Goya ofreció la imagen de un Maragall feliz, cariñoso y lúcido. Él es el nuevo paciente que puede cambiar la forma de afrontar la enfermedad

El alzhéimer brilla con Maragall EFE

N . RAMÍREZ DE CASTRO

Fue uno de los momentos más emotivos de la gala de los Goya. El ex presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall y su esposa Diana Garrigosa subieron al escenario para recoger el premio a la mejor película documental, «Bicicleta, cuchara, manzana» que narra en primera persona su lucha contra el alzhéimer. Allí su móvil no paraba de sonar, aunque a él no parecía importarle. No se molestó en apagarlo. Miraba sus mensajes con la desinhibición de la que casi siempre ha hecho gala. Improvisó con naturalidad y lanzó un piropo a su mujer: «Sin Diana no hay Pasqual». Después agradeció el premio con una lucidez que pocos esperaban. No olvidó a Teresa Gómez- Isla, la neuróloga en la que ha confiado su tratamiento. «Ella es quien me mantiene bajo control», dijo.

Desde que le diagnosticaron la enfermedad hace algo mas de tres años, esta neuróloga se ha convertido en una pieza fundamental de su vida. No podía faltar en la gala de los Goya para disfrutar de un galardón que reconoce a todos los que han dejado de mirar al alzhéimer con fatalidad. Por eso, no puede evitar reírse cuando se le pregunta si el secreto de la lucidez del ex presidente aquella noche era el resultado de algún cóctel de fármacos. «Solo le he dado cariño y esperanza. Él siente que los que le rodeamos no creemos que la enfermedad sea invencible».

«Bicicleta, cuchara, manzana» muestra la fase más desconocida del mal de Alzheimer, una etapa inicial en la que empieza a hacer estragos pero en la que los enfermos son conscientes de lo que les ocurre. Pueden hacer una vida casi normal, beneficiarse de medicamentos que mantienen a raya los síntomas durante algún tiempo y, tomar decisiones sobre su futuro.

En esa fase precoz Maragall ha tomado la bandera de esta dolencia neurodegenerativa. En lugar de esconderse, se ha convertido en uno de esos rostros conocidos que puede cambiar la percepción de un trastorno maldito. Y lo ha conseguido. Nunca el alzhéimer había brillado tanto. Al Goya de la semana pasada, se suma la consolidación de la Fundación Maragall y la celebración del Año Alzheimer con numerosas actividades a lo largo de 2011.

Que alguien tan conocido como él decidiera hacer visible su mal «ha sido una oportunidad excepcional para el resto de pacientes», asegura Teresa Gómez-Isla. Directora de la Unidad de Memoria del Hospital Sant Pau de Barcelona, esta neuróloga colabora en varias investigaciones con el Massachussets General Hospital de Boston donde permanece ahora la mayor parte de su tiempo.

Ella fue quien confirmó el diagnostico del ex presidente y quien repitió, a modo de test de memoria, aquellas tres palabras que dan título al documental. Le decía «Bicicleta, cuchara, manzana» y cinco minutos después Maragall era incapaz de recordarlas. Desde entonces ha establecido un vínculo que va más allá de la clásica relación médico-enfermo. «Pasqual forma parte de mi vida, al igual que el resto de mis pacientes. No puedo quitarme la bata blanca e irme a casa sin saber nada de ellos. Con Maragall y su familia hemos hecho un equipo para buscar fondos que ayuden a combatir la enfermedad».

Como ellos, se resiste a pensar que no habrá cura. La enfermedad ya ha borrado la identidad a 800.000 españoles. En las próximas décadas el alzhéimer afectará a una de cada tres personas de más de 80 años. No será solo una tragedia para los afectados, sino uno de los desafíos del siglo XXI. Será imposible contar con recursos para cuidar tantos enfermos. «La solución es científica y no se le está dedicando la inversión necesaria».

A la caza de cerebros únicos

Gómez Isla llegó a Boston con el entusiasmo del científico, más que del médico. Tendió puentes entre Barcelona y Estados Unidos y ahora lidera un proyecto en colaboración con la Clínica Mayo y la Universidad de Pittsburgh. Para este trabajo parte de una idea diferente. Se sabe que una proteína llamada beta amiloide se acumula en forma de placas en los cerebros con alzhéimer. Pero también hay personas con las mismas lesiones que fallecen sin perder memoria. En ellas es en quién se centra su investigación. Su equipo busca estos cerebros únicos. «Queremos saber si hay mecanismos compensatorios que protegen las neuronas, pese a vivir rodeadas de cambios similares a los del alzhéimer». Uno de los objetivos es mantener vivas las neuronas y puede que en estos cerebros tan especiales esté la respuesta.

Desde Boston, Gómez-Isla mantiene el contacto con sus enfermos en Barcelona. Con Maragall utiliza Skype, la conexión telefónica vía internet. A golpe de click se mantienen unidos por el entusiasmo de que la investigación derrotará al alzhéimer —«Si él no se rinde, no lo haré yo»— y el ordenador también ayuda a poner pimienta en su relación. «El fútbol es en lo único que no coincidimos. Él es del Barça y yo del Madrid».

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