Miguel Rodríguez Ferrer, el periodista lebrijano que descubrió la autenticidad de Altamira
Además de ser uno de los periodistas más importantes del siglo XIX, encontró los primeros restos humanos fosilizados de la historia en Cuba

El miércoles y jueves de esta semana se celebrará en Sevilla el Congreso Internacional '100 años de la declaración del Arte Prehistórico como Monumento Nacional', donde se hablará de las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira. Aunque en la actualidad su relevancia es ... innegable, hubo un tiempo en que la comunidad científica no supo reconocer su valor.
El Día Europeo del Arte Rupestre se celebra en honor al reconocimiento de la autenticidad de las pinturas de Altamira. Cada año, la fecha suele pasar desapercibida para muchos, al igual que el nombre del sevillano que arriesgó su reputación por defender la legitimidad de las obras que la caverna alberga. Para conocer los detalles de esta historia, es necesario remontarse al año 1868, cuando Modesto Cubillas, arrendatario y trabajador del campo, descubre la cueva.
El paso del tiempo había taponado el acceso, y nadie conocía ni la existencia del lugar, ni lo que su interior escondía. La cueva fue uno de los secretos mejor guardados de Santillana del Mar hasta que Modesto divisó una extraña grieta en lo que, hasta entonces, parecía ser un simple y pequeño monte. Una vez descubierta, Altamira pasaría inadvertida durante los años siguientes.
En 1875, Marcelino Sanz de Sautuola, un aficionado de la arqueología, se desplaza hasta la localidad cántabra para conocer el lugar. Quedó fascinado, y le gustó tanto, que cuatro años después llevó a su hija María. Y menos mal, porque de no ser por ella, probablemente no se habría descubierto el arte rupestre hasta mucho tiempo después.
¿Cómo es posible que la cueva de Altamira se descubriera en 1868 pero nadie conociera la existencia de las pinturas hasta 1875, casi diez años después? La respuesta es simple: la altura de la cavidad era de 1.50 metros. Hasta la fecha solo habían entrado personas que median más que eso. Al ser más pequeña, a la niña le bastó con iluminar el techo y decir «papá, bueyes» para describir unos dibujos que posteriormente se calificarían como «arte rupestre».
Tras el descubrimiento, Sautuola avisó a compañeros que, como a él, le apasionaba la arqueología. Entre ellos, destacaba Juan Vilanova, el único que posteriormente lo acompañaría al IX Congreso Internacional de Antropología y Arqueología Prehistóricas que tuvo lugar en Lisboa en 1880, donde Vilanova representaba a España, para enseñar reproducciones de la cueva.
Nadie les creyó. Esos mismos dibujos se llevaron a la Institución Libre de Enseñanza, llamando la atención de Giner de los Ríos, maestro de Antonio Machado. Poco tiempo después, Giner se presentó en Altamira para ver la cueva con sus propios ojos. «Dijo que las pinturas, como mucho, tenían que ser de unos romanos que estaban aburridos, que después de pelear con los cántabros se dedicaron a pintar en las cuevas para pasar el tiempo», explica Rafael Sánchez Pérez, filólogo, prehistoriador y mentor de la UNED.

Los argumentos en contra de las pinturas, tanto en el congreso de Lisboa como en el informe de la Institución Libre de Enseñanza, exponían que «eran muy perfectas, muy modernas, tenían unos caracteres muy especiales… Y esos estudios pictóricos parece que no son compatibles con un hombre de hace 10 mil o 15 mil años», afirma Sánchez Pérez.
Miguel Rodríguez Ferrer: un héroe olvidado
El mismo día que Giner de los Ríos visitó la cueva, también lo hizo Miguel Rodríguez Ferrer, un periodista de Lebrija que anteriormente había sido gobernador civil de Asturias, al que el Ministerio de Fomento encomendó estudiar el descubrimiento en la cueva. A diferencia del profesor de Antonio Machado, su informe sí fue favorable, y se publicó en el periódico más importante de la España de la época: La Ilustración Española y Americana. Casualmente, lo hizo el 8 de octubre de 1880, y el número original en papel se encuentra en la sede del Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla, situada en la calle Sierpes, donde Rafael Sánchez es historiador.

El lebrijano había sido enviado años antes a Cuba para estudiar la isla, donde se dedicó a la arqueología, encontrando los primeros restos humanos fosilizados de la historia, al igual que ocurrió posteriormente en Francia, sin embargo, ese mérito se lo atribuyeron los franceses. A su experiencia se sumaba el amor al arte, sobre todo a la pintura. Por eso, tras haber estudiado diferentes periodos, corrientes y estilos artísticos, al ver la caverna sugirió que podían pertenecer al hombre prehistórico, pues los dibujos no eran romanos, ni egipcios, ni de otra época, sino de alguna civilización bastante anterior.
Marcelino Sanz de Sautuola y Miguel Rodríguez Ferrer defendieron la autenticidad de las pinturas hasta su muerte, en 1888 y 1889, respectivamente. Durante ese periodo, fueron los dos contra el resto de la humanidad -literalmente-, porque la comunidad científica y la sociedad de la época tiró su reputación por tierra. Ambos dejaron este mundo sin saber que, poco más de una década después, la historia les daría la razón.
Las pinturas de Altamira se estudiaron durante más de 20 años, pero nunca terminaban de certificar su autenticidad. Uno de los mayores críticos de la tesis de Sautuola fue el prehistoriador Émile de Cartailhac. A pesar de que Miguel Rodríguez casi le doblaba en edad, recorrido y experiencia, la opinión del francés tenía más trascendencia en lo que a temáticas prehistóricas se refiere. A esto se suma el contexto científico de la época: en 1859 Charles Robert Darwin publicó su famosa teoría de la evolución, muy cuestionada por aquel entonces.
El 8 de octubre de 1901, Abate H. Breuil, profesor de Eduardo Ripoll, que al mismo tiempo es el padre de Sergio Ripoll, maestro de Rafael Sánchez en la UNED, descubre en Francia Combarelles. Fue entonces cuando Cartailhac publica su famoso 'Les cavernes ornées de dessins. La grotte d'Altamira, Espagne. Mea Culpa d'un sceptique' -traducido al español, el famoso 'Mea Culpa de un escéptico'-, donde reconsideraba sus creencias en torno a Altamira. Ya era tarde para pedirle perdón a Marcelino, así que se lo pidió a su hija, María, la verdadera descubridora de las pinturas. De ahí que el 9 de octubre fuera nombrado el Día Europeo del Arte Rupestre. Por si fuera poco, el día 12 de esa misma semana se descubrió otra obra de arte rupestre en Font de Gaume.
A partir de ese momento, «la cueva de Altamira adquirió reconocimiento universal, convirtiéndose en un icono del arte rupestre, la Capilla Sixtina paleolítica», explica Rafael. Y así ha seguido hasta entonces. Tan solo 260 personas al año ven las pinturas prehistóricas originales con sus propios ojos, pero la Neocueva, una simulación de cómo era la cueva hace más de 10 mil años, recibe cientos de visitas al día. A nivel mundial, mantiene u prestigio: «He estado en Viena este verano y ahí tenían una exposición de la cueva de Altamira. Estamos hablando de Austria, de Viena. Al fin y al cabo es la primera cueva que se descubrió de arte rupestre», comenta Rafael.
Altamira, la mejor
A pesar de que en España hay otra caverna con pinturas del estilo, la cueva de la Pileta, en la localidad malagueña de Benaoján, o en Francia, en el caso de Lascaux y Chauvet, «yo he visto una infinidad de fotos de cuevas, y esos bisontes tan bien pintados, policromados, en las posturas que están y tan nítidos… No hay ninguna cueva que tenga dibujados los bisontes tan perfectos», asegura el mentor de la UNED.
No cabe duda, la lucha de Marcelino y Miguel mereció la pena. A la dirección postal de la cueva se le puso Avenida Marcelino Sanz de Sautuola, y Marcelino, además, es considerado el descubridor de los dibujos, aunque en realidad fuera su hija María. Sin embargo, el reconocimiento de Miguel parece que ha quedado enterrado en el pasado. En el norte -País Vasco, porque también fue gobernador civil de Vizcaya y Álava- sí conocen su nombre, incluso hay una placa en la casa en la que vivió, pero en Lebrija lo único que se sabe de él es que nació allí, y que fue el tío de la pintora romántica Antonia Rodríguez Sánchez de Alba. Más allá de defender la autenticidad de la primera pintura de arte rupestre descubierta en la historia, Rodríguez Ferrer fue uno de los periodistas más importantes del siglo XIX. No todo el mundo escribía en La Ilustración Española y Americana, de hecho, muy poca gente estaba capacitada para hacerlo. A su vez, firmó piezas en otros periódicos de la época y ocupó importantes cargos políticos.
Por otro lado, su mujer es antepasada de la actual duquesa de Luxemburgo, María Teresa Mestre Bastisa. La mujer de Miguel era Mercedes Batista y Caballero, y tenía un hermano llamado Melchor. María Teresa desciende de esa rama familiar. Aunque no es la única coincidencia genealógica de esta historia, porque, por su parte, la hija de Marcelino, María, se casó con Emilio Botín. En 1909, Emilio Botín López, bisabuelo de Ana Patricia Botín, llega a la presidencia del Banco Santander, y se convierte en el primer presidente con cargo fijo de la historia del banco. De ahí que el Banco Santander haya publicado libros sobre la cueva de Altamira o siempre los haya estado financiando, porque es un descubrimiento de la familia.
Volviendo al personaje de Miguel, habiendo sido conocido en la época, resulta extraño que Rafael Sánchez no encontrara un retrato de Rodríguez Ferrer cuando investigó su figura para incluirlo en el libro 'Historia del periodismo local en la provincia de Sevilla', en el capítulo dedicado a 'Periodistas lebrijanos de raza y el impulso a la prensa de Lebrija', que se engloba dentro del apartado de 'El empuje de la prensa en el siglo XX: de la prensa política al mundo digital'. «¿Cómo se puede tener un retrato de su padre, que es mucho más antiguo, y no tener ninguno de Miguel Rodríguez Ferrer?». Tras 20 años estudiando su figura, Sánchez Pérez se ha convertido en una de las personas que mejor lo conoce.
Un hombre con una rica, extensa y variada trayectoria profesional ha quedado en el olvido «porque la gente no es consciente de su trayectoria», sobre todo en su tierra, en la provincia de Sevilla. «Hay personas del País Vasco que me ayudaron a completar su biografía, porque allí fue muy querido y escribió en muchos periódicos vascos. En Cuba también lo conocen. Menos en su tierra, en todos los sitios le dan más o menos su reconocimiento».
Celebraciones como el Día Europeo del Arte Rupestre y citas como el Congreso Internacional '100 años de la declaración del Arte Prehistórico como Monumento Nacional' destacan la importancia del descubrimiento de Altamira, así como la figura de Rodríguez Ferrer, el periodista de Lebrija que defendió la autenticidad de las pinturas. A pesar de su contribución significativa, su legado ha sido olvidado en su tierra natal. Por eso es tan importante rendir homenaje a quienes lucharon por la verdad y por el reconocimiento de nuestro patrimonio. Y el nombre de Miguel Rodríguez Ferrer figura merece ser escrito con letras mayúsculas.
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