Atrevimientos de Cuaresma
Ser cofrade es la manera sevillana de ser cristiano
En la hermandad se encontraba la camaradería, la solidaridad intergeneracional, el deseo de emulación y el punto de identidad colectiva
Programa de la Semana Santa de Sevilla 2025
Hubo un tiempo en que la afirmación del título de este atrevimiento cuaresmal no admitía dudas. Eso era así sin excepciones. O con tan pocas salvedades que tendían al cero y, por tanto, podían despreciarse. Los católicos sevillanos vivían su fe en su hermandad, que ... les proporcionaba un entorno litúrgico, devocional y sacramental suficiente para su vivencia de la religión.
La manera más sencilla de enrolarse bajo la bandera de Cristo en Sevilla era pertenecer a alguna hermandad. Y dejarse llevar por el calendario propio, muy definido en cada corporación, de los cultos internos. Además, en la hermandad se encontraba la camaradería, la solidaridad intergeneracional, el deseo de emulación y el punto de identidad colectiva -mayormente en las hermandades muy apegadas a un barrio o a una parroquia concreta- necesarios para involucrarse en toda obra colectiva. Y la hermandad lo es.
La hermandad es muchas otras cosas, por supuesto. Incluso la puerta de entrada al mundo sobrenatural de muchos que viven su día a día sin demasiada apertura a la trascendencia. Sí, ser cofrade es una manera de ser cristiano muy sevillana. Tanto que caben los que ellos mismos no se consideran cristianos, los que no pisan un templo nada más que el día de la salida procesional o los que abominan de la Iglesia y los curas pero se partirían la cara por defender su cristo, su virgen, su cuadrilla o su banda.
Eso no es nada nuevo. Núñez de Herrera lo puso de manifiesto en su 'Teoría y realidad' en los años 30. Y desde entonces a nuestros días, poco ha cambiado. Si acaso, una mayor acentuación de esa secularización que entonces revestía la forma de anticlericalismo virulento -la ola de incendios que devoró muchos enseres, imágenes devocionales y templos enteros en 1931, 1932 y 1936- y que hoy se adorna con los ropajes de la indiferencia y el alejamiento silencioso.
Capiroteros los ha habido siempre. Y gracias a Dios, porque el antónimo del capirotero no es el cofrade conspicuo, sino el alquilón. La historia de las cofradías sevillanas está plagada de alquilones que cobraban un estipendio mínimo por vestir la túnica de la hermandad y nutrir las despobladas filas del cortejo procesional. El fenómeno llamativamente novedoso es el que podemos catalogar como «capiroteros de Iglesia». Esto es, católicos practicantes a los que su hermandad se les queda pequeña para vivir la fe.
Esto es radicalmente nuevo, propio de nuestros tiempos: el distanciamiento con las cofradías se da entre católicos comprometidos, gente involucrada en su parroquia o en su movimiento o realidad eclesial, lo que en el argot se conoce como «personas de Iglesia». Pero a los que la experiencia sacramental, formativa y convivencial en su hermandad se les queda bastante estrecha en su camino espiritual. Sencillamente, no encuentran su sitio, obligadamente de mínimos.
Las cofradías tuvieron que responder a mediados del siglo XX a la irrupción de movimientos eclesiales, algunos muy rompedores en línea con el Vaticano II, que amenazaban con desbordar a unas corporaciones de origen bajomedieval ancladas en usos y costumbres antiguos que se creían superados. Fue la crisis de los años 70 del pasado siglo. Y para esos movimientos, las hermandades y la religiosidad popular que custodiaban era algo desdeñable, sin lo que se podía sobrevivir.
Son relativamente frecuentes estos adanismos en la historia de las cofradías; al fin y al cabo, cada época (sería limitarlo mucho a cada generación) encuentra su modo de ser cristiano. Y las hermandades, con sus altibajos, siempre han ayudado. Hasta que los propios movimientos y realidades comprendieron que no podían vivir al margen de las hermandades y consintieron que las personas bajo su influencia entraran en juntas de gobierno.
Al principio, de manera tímida y con un afán algo dirigista. Cuando se aclaró el panorama, muchos dirigentes de las hermandades sevillanas han salido del semillero de conversiones que son Cursillos de Cristiandad o de la escuela de ascetismo que son los círculos del Opus Dei. Y han mantenido, digámoslo con una metáfora del mundo civil, esa doble militancia de la que se han beneficiado recíprocamente: los movimientos, porque han encontrado espacios muy receptivos, y las hermandades, porque cubrieron puestos delicados con gente muy bien preparada en lo doctrinal.
Lo de ahora empieza a ser distinto. Y no hay manera de saber todavía si irá a más o se frustrará, pero lo que los cofrades empiezan a percibir es que la vida de hermandad se les queda alicorta y que tienen en las reuniones semanales, quincenales o mensuales de métodos de evangelización y retiros de impacto un manantial prácticamente inagotable donde saciar su sed de espiritualidad.
Se ha dado la vuelta el aserto inicial que definía al cofrade como alguien cuya vida espiritual giraba todo el año en torno a la hermandad y no sólo el día de la cofradía. Ahora, esos mismos cristianos con un evidente nivel de compromiso superior a la media sólo son cofrades el día de salida; y el resto del año están a lo suyo. Se está produciendo una disociación entre la vida de fe y la vida de hermandad como antes no se había visto.
Las cofradías no tienen de qué preocuparse. Simplemente tienen que encontrar el camino. Juegan con ventaja: muchas de las nuevas realidades de la Iglesia no son movimientos en sí mismo que puedan entrar a competir con ellas, sino más bien métodos de evangelización compatibles al ciento por ciento que podrían empezar a cobijar y alentar sin salir de la casa de hermandad: a ver qué pasa, lo mismo se llevan una sorpresa.
Que sepan aprovechar su experiencia, su arraigo incuestionable y su gusto por las cosas bien hechas depende ya de ellas. Al fin y al cabo, si han sobrevivido hasta nuestros días a tantos temporales y calmas chichas, es porque, si algo saben, es navegar de bolina y con el viento en contra.
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