La Rosa de Oro de la Macarena deslumbró a toda Sevilla
La Esperanza Macarena fue el broche de oro de la Magna y protagonizó una nueva noche de emoción hasta su entrada en la basílica
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La Esperanza Macarena era el broche final de una procesión de clausura que reunía a devociones reconocidas en toda la Archidiócesis. Sin embargo, pocas devociones pueden compararse con una que ha sido distinguida con la Rosa de Oro del Papa Francisco, cuya ceremonia a principios de semana rompió todas las barreras imaginativas del número 3 del Vaticano y generó el aplauso más largo que se recuerda en la historia reciente de las cofradías sevillanas.
Los macarenos tenían mucho que celebrar, y dos noches se les quedaron cortas. Sin embargo, la Virgen de la Esperanza consiguió vertebrar la atención y la devoción de todos los que, por intempestivas que fueran las horas, acudieron a su encuentro. Desde que salió de la Catedral al filo de las siete de la tarde, ya con la noche caída pero con un color radicalmente distinto al de la Madrugada del Viernes Santo, hasta que entró en su basílica muchas horas más tarde.
En medio, el recorrido por lugares bastante poco frecuentes para la Macarena, como la plaza del Triunfo, el propio paseo de Colón o la parroquia de la Magdalena, donde fue recibida por las corporaciones del templo con repique de campanas. También hubo detalles como el de tocar 'Triana, tu Esperanza', cuando la Virgen pasaba junto al puente de Isabel II en un claro gesto de fraternidad.
Ya bien entrada la madrugada del lunes, las calles más profundas del barrio de la Macarena, como Relator y Parras, se pusieron boca arriba esperando al icono más universal de fe que tiene Sevilla. Los vecinos de estas calles tan emblemáticas llevaban jornadas enteras preparando día y noche cómo iban a recibir a su señora, haciendo flores de papel, colgando bombillas y pintando carteles.
La Centuria Romana Macarena, que abría paso, se puso detrás de la Virgen en la calle Relator, antes de que se metiera en una abarrotadísima calle Parras que fue una ensoñación, igual que la apoteósica salida desde la calle Muro a la plaza con una enorme petalada. Los versos del himno fueron los últimos compases de una noche que acabó cuando el reloj se aproximaba a las cinco y media de la mañana. Tocaba irse a dormir para, paradójicamente, despertar del sueño.
Las noches en vela, tanto las de los preparativos, como las dos que pasó la Virgen recorriendo la ciudad, sirvieron para dar buena muestra llegado ese momento de lo que significa la Esperanza Macarena para un barrio que sabe que la Virgen no les pertenece en exclusiva, sino que es de todos los sevillanos. Un faro de piedad popular que, enmarcada en su arco, llama a la devoción de pequeños, jóvenes y mayores de todas partes. Y de aquí a la eternidad.
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