Historia
Nazarenos por el puente de barcas
Desde La O en 1830 hasta el Cachorro en 1851, fueron varias las hermandades trianeras que se atrevieron a cruzar el viejo puente de barcas para hacer estación de penitencia a la Catedral. Un acto de devoción se fue adornando de gallardía, dado que no era fácil poder acometer la operación
Programa de la Semana Santa de Sevilla 2025

Ese puente era mucho más que un simple puente. Fue sin duda una vía de subsistencia para Sevilla que a través de él recibía los suministros del Aljarafe. Y para protegerlo, los almohades hicieron una fortificación. Y los familiares de los soldados de aquella guarnición ... fueron asentándose en torno al castillo para formar el barrio de Triana, no lejos de una alquería por la que, se decía, había pasado Trajano. Dicho de otro modo: el puente había creado Triana. Luego la población se convertiría en arrabal y guarda de Sevilla con personalidad y entidad jurídica y política propias, como podemos observar en el plano pintado en los muros del Palazzo Farnese de Caprarola, no lejos de Roma.
Ya sabemos que desde los tiempos del cardenal Niño de Guevara las hermandades de Triana realizaban estación de penitencia en la vieja Santa Ana, pero las cosas a inicios del siglo XIX estaban cambiando. Y más aún cambiarían. Soplaban tiempos nuevos. Las cofradías languidecían. La sociedad estaba en otras cosas… Y tendría mucho que ver con esto el cambio de ciclo que las cofradías trianeras inauguran al poner rumbo a la Catedral.
No había sido este el primer puente de barcas de la historia de la humanidad. El persa Xerxes había construido uno para cruzar el Helesponto en el año 480 a.C. e invadir Grecia. Trajano (trianero tuvo que ser...) hizo lo propio para cruzar el Danubio e invadir la Dacia y así aparece reflejado en la columna más hermosa de Roma. El mismo Leonardo da Vinci utilizaría después esta técnica constructiva para desplegar un puente de quita y pon. Este de Triana era distinto. Tras su rotura por el almirante Bonifaz que permitió al toma de Sevilla, las embarcaciones se irían reparando y renovando a lo largo de la historia. Por él pasaban personas y mercancías. Y luego las cofradías.
Un precedente. Como apuntaba el investigador David Molina y publicaba José Javier Comas en Pasión en Sevilla, sería la hermandad de la Encarnación la primera en solicitar acudir desde Triana en estación de penitencia a la Catedral. Decía Molina que las horas que se les ofrecieron para ello (la una y las cinco de la tarde) no fueron de su interés. Llegaría después la O. Y lo hizo en una etapa de letargo y postración para las cofradías trianeras. Recordamos que no hubo pasos ni en Sevilla ni en Triana en el lustro 1820-1825. Durante los dos años siguientes no sale ninguna en el arrabal. En el 1828 lo hacen Cachorro y la Encarnación. Y en 1829, la O, que no lo hacía desde una década antes. Al año siguiente se consuma la hazaña: cruzar el río. Lo curioso de todo esto es que esta novedad no tiene reflejo alguno en el archivo de la cofradía de la calle Castilla. Como nos cuenta el archivero José Luis Ruiz, no se conservan actas de aquel periodo. «No hay ni un acta de cabildo general ni de oficiales. Sí hay libros de cuentas pero no existe reflejo alguno en ellas de gastos especiales para acometer ese proyecto de cruzar el puente de barcas. Como si no hubiera ocurrido».

La única referencia documental está en los Anales de Félix González de León, obra poco conocida. Dice el autor que en la madrugada del Viernes Santo 9 de abril de 1830 la hermandad cruzó el puente de barcas para hacer estación de penitencia a la catedral; que entró en Sevilla por la Puerta de Triana y salió por la del Arenal. Y un detalle curioso: que para poder hacerlo solicita permiso, no a la autoridad eclesiástica sino al gobierno. A finales de los años ochenta del pasado siglo el cofrade de la O Antonio Silva encargaría un grabado para mostrar gráficamente aquel primer cruce del entarimado sobre el río de 1830. Ya desde entonces, la hermandad regulariza en gran medida su estación de penitencia, siempre a la Catedral y de vuelta, también a Santa Ana.
La segunda en cruzar el puente sería la Esperanza de Triana quince años después. Llevaba sin realizar estación de penitencia desde el año 1818. Según contaba Vicente Acosta en el libro de historia de la hermandad, la salida se verificó la tarde del Viernes Santo 20 de marzo, dado que no pudo hacerlo en la víspera por mal tiempo. Tampoco ese día se presentaban condiciones idóneas. Acosta recordaba que «se arreglaron las entradas de acceso a las compuertas y se colocaron unas rampas para hacer más suave la pendiente y así, con mucho cuidado, iniciaron el paso del puente camino de Sevilla». Hubo que sujetar con unas cuerdas el palio de la Esperanza. Lo más peligroso sucedió al acercarse la comitiva a la orilla de Sevilla. La multitud se concentró de tal manera que una de las barcas del puente comenzó a llenarse de agua. A tiempo se pudo despejar la muchedumbre y el puente recuperó su horizontalidad. Ese mismo día tras la Esperanza cruzaron el puente las hermandad de la Sangre o de la Encarnación y la de la O. Al año siguiente el Cachorro haría lo propio para realizar su primera estación de penitencia a la Catedral.

Pero esa incorporación de las hermandades trianeras no tardaría en generar problemas y disensiones con las sevillanas, que reclamaban su antigüedad propia. En 1847 el Decreto plantea su prioridad ante las cofradías de la Expiración, la O y la Encarnación, como recordaba en sus Anales Juan Carrero. Finalmente la autoridad eclesiástica falla a favor de la integración de las cofradías de Triana. Pocos años después en 1851 el Cachorro sería la última cofradía del arrabal y guarda en cruzar por última vez el viejo puente, por entonces desplazado a la altura de la Maestranza. Al año siguiente se inauguraría el Puente de Isabel II, aunque la lluvia volvería a impedir el paso de los cortejos.
Pasar por el puente
Cruzar el puente era atravesar un río vivo, con una poderosa corriente, en un tiempo en que pocos sabían nadar. Aunque los pasos probablemente no eran de las mismas características, ni tan pesados como los actuales, comportaba un riesgo el adentrarse en esa corriente. Toda una prueba de carga.
Nos han llegado testimonios que describen las sensaciones al transitar por el puente de barcas. Entre ellos el texto que escribe Juan Miguel de los Ríos con motivo de la Velá y que se publica durante años en periódicos como El correo de Ultramar publicado en 1856. En él destacaba que el puente constaba de 10 barcas y que era dignas de mención sus oscilaciones: «Sube orgulloso en las crecidas y se humilla dócil en la calma hasta el abismo de las aguas». Las gentes que lo atravesaban en tropel con motivo de los días señalaítos, para los que se exornaba de forma profusa. Nada mas atractivo que la travesía al hermoso barrio por su puente. «las vistas que le circundan, el bamboleo de aquellas al sentir el peso de las gentes y los carruajes, la suavidad de su pavimentos, los asientos laterales en las proas y popas de las barcas, el ruido y el bullicio del pueblo y el sonido de las olas forman un conjunto difícil de describirse».
Pero volvemos a estos mediados del siglo XIX, siglo de los cambios y de la reinvención de la ciudad y de su propia Semana Santa para constatar que aquel espectáculo de las cofradías trianeras en medio de la corriente sostenida por unas barcazas constituía un espectáculo predominantemente popular. De lo contrario habría sigo presenciado y descrito por los innumerables viajeros franceses que llegan a Sevilla traídos por su fama de pasión y autenticidad. En 'La Pasión francesa' de Juan Villegas Martín se da cuenta de un par de viajeros que pudieron coincidir en el tiempo con ese periodo de 21 años en el que las cofradías trianeras toman el puente de barcas para llegar a Sevilla. En 1849 el secretario de los duques de Montpensier Antoine de Latour ofrece una pormenorizada descripción de las cofradías cuyo paso presencia… desde la plaza de San Francisco, lugar de encuentro de las élites.
Aquel Viernes Santo espera contemplar el cortejo de Notre Seigneur du dernier-soupir (el Cachorro), cofradía que se vuelve a su capilla por desavenencias con el itinerario asignado y se niega a salir. No sabemos si ni siquiera llega a cruzar el puente para pasar bajo la imponente puerta de Triana, arco de triunfo para las cofradías del arrabal. Pero eso ya es otra historia.
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