CRÍTICA DE TEATRO
Lo que cuesta la risa
En el terreno cinematográfico explicaba Rivette que los modernos precisaban de muchas horas para hacer lo mismo que los clásicos ejecutaban en la mitad de tiempo
Layera sigue enfadado

Más dulcificados y cercanos, estos 'farsantes' quizás sean la versión más que posmoderna de aquellos que filmara Mario Camus en su homónima película de los años sesenta, remedando en tierra española aquel primer cine felliniano de cómicos estragados, con más posibilidades dramáticas y experiencias trágicas ... fuera del teatro que sobre las tablas. 'Los farsantes' de Remón ya no contiene amargura, o ésta, en todo caso, se encuentra amortiguada, al fondo de estas historias escritas con mimo y, sobre todo, como artilugios de relojería escénica con los resortes más bien poco ajustados.
Remón dice que estas historias entrelazadas y encabalgadas —la de la joven actriz en crisis y la del director de cine comercial en 'shock' postraumático— se definen por un estatuto lábil donde el teatro se contamina de novela y cine. Le faltó, sin embargo, hablar de la querida caja tonta, la televisión que, entre otras cosas, ha convertido a Javier Cámara, ese no-actor en la mejor tradición hispana, en alguien cotidiano, como de la familia. De la tele, además, viene todo el humor de 'Los farsantes', sketches más o menos conseguidos, que oscilan de la risa elevada e inteligente, a la trasera de un programa de fin de año, o a la surrealista de una buena intervención de Martes y Trece o Faemino y Cansado. Nada de peyorativo en esto que decimos, pero no hay que olvidar que en la escena atomizada, 'interrupta', redicha y autoconsciente, ahí donde se quiere forjar una inefable intimidad entre actor y audiencia, la obra siempre palidece frente al cuerpo santo del intérprete, sea éste el de Concha Velasco o el de Arturo Fernández (a estos, en todo caso y con muchísima menos parafernalia, los hemos visto paralizar e hipnotizar al público para hacerlos reír arrastrando las palabras, como se hace aquí, sin tanto esfuerzo y, desde luego, sin alambique estructural alguno).
Ese es, en nuestra opinión, el principal déficit de esta divertida y entretenida obra, la ingente cantidad de tiempo necesario para armar su propuesta, para arribar a sus conclusiones. En el terreno cinematográfico —me temo que no en la tradición a la que se remite Remón— explicaba Rivette que los modernos precisaban de muchas horas para hacer lo mismo que los clásicos ejecutaban en la mitad de tiempo. Era la condena por haber llegado tarde. Algo de toda esta reflexión nos vino a la cabeza ante 'Los farsantes' y su apuesta de dos horas y media, con intermedio (ya no para beberse una copa, como con don Arturo), para armar una comedia de gags encadenados que pone en solfa el mundo del arte escénico y audiovisual. Hay que ver lo que cuesta la risa, podríamos resumir; y, también, lo que ésta hubiera brillado más y mejor si en vez de en dispersión, morosidad y algo de autocomplacencia, se hubiera invertido en concentración, ritmo y precisión, olvidándonos de paso del talento, que no pocas veces es un pesado fardo.
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