Vándalos
La fuerza de la costumbre es, con demasiada frecuencia, germen de una indiferencia que hace mirar para otro lado cada vez que el vandalismo se ensaña con la propiedad pública. Como si el destrozo sistemático de los enseres que componen el mobiliario urbano no fuese con la ciudadanía. Esa es la realidad, y para contrarrestar esa indolencia nació la Ordenanza Antivandalismo, que no es si no el «palo y tentetieso» con el que se quería frenar la sangría de tener que reponer una y otra vez lo que los gamberros destrozan. Otra cosa es que el Ayuntamiento no haga cumplir su propia norma y esté dispuesto a pagar los destrozos cuantas veces hagan falta.
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