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El turismo de bajo vuelo

Sevilla sin sevillanos… pero con turistas recorriendo su centro histórico durante los fines de semana veraniegos, cuando los sevillanos abandonan la ciudad que se convierte en un parque temático para el turismo de bajo coste

El turismo de bajo vuelo KAKO RANGEL

FRANCISCO ROBLES

Sevilla sin sevillanos cuando dan las tres de la tarde del último sábado de julio y la ciudad se queda a merced de una legión de paseantes que ayer mostraron su valor: 35 grados marcaban los termómetros callejeros. Cuando la cifra sobrepasa los 40, el valor se convierte en temeridad. Una brisa refrescante ayudaba ayer a soportar el calor que a esas horas intempestivas para el sevillano no hacía mella en los visitantes que impedían el titular soñado por los cronistas que caen en la trampa de la lírica a distancia: Sevilla se queda sola. Pues no. En la Avenida de la Constitución, rebautizada por Antonio Burgos como la nueva calle de los Manteros, no se palpaba precisamente esa soledad cuando los relojes se acercaban a las cuatro de la tarde. Manteros arrodillados o sentados en el suelo ofrecían una mercancía variopinta que iba de los socorridos abanicos a los ceniceros fabricados con latas de refresco, sin que faltaran los relojes más o menos falsificados, los cinturones o las pulseras.

Un par de pasadas de un patrullero de la Policía Local bastaron para que los manteros salieran huyendo con su mercancía puesta hacia la Plaza del Cabildo, donde se acogían a sagrado como hacían antaño los mercaderes que se situaban en las gradas catedralicias. La historia es como la morcilla, que diría el poeta Ángel González: siempre se repite.

Si en la acera umbría de la Avenida se situaban los manteros, en la opuesta se podía contemplar la luz cegadora del sol refulgiendo en la estructura pétrea y renacentista del Archivo de Indias o en la piedra gótica de la Catedral. A las cuatro de la tarde se encontraba abierta la Iglesia del Sagrario : parecía un espejismo pero era un milagro. Dentro, un vigilante, dos ventiladores y tres turistas. En el altar mayor, el retablo del Descendimiento del Cristo, vulgo de los Vizcaínos por la capilla de la que procede, envuelto en la penumbra sosegada del templo. Un prodigio. Como si alguien quisiera respetar la hora de la siesta y para ello hubiera dispuesto esa luz tenue sobre la obra maestra de Pedro Roldán.

Fuera, en la calle, el desorden de los coches de caballos apostados —el verbo apestar, tan cercano en lo fonético, se queda para los cagajones que generan los équidos— en las aceras sin orden ni concierto. Un cochero en camiseta interior, como si estuviera protagonizando una película neorrealista italia na, se come un bombón helado tumbado en el asiento. Coches bajo el magnolio donde estuvo la estatua de Montañés, en la misma puerta de la confitería Filella, encima de las aceras de Placentines… ¿Puede permitirse estos lujos una ciudad que vive de la imagen que les ofrece a los turistas?

Los turistas… ¿Cómo podemos definir el turismo que encontramos en la calle durante estos días de verano? La ciudad de los planes, estratégicos o de tráfico, se convierte en la ciudad de los planos. No hay turista sin plano en la mano. O sin botella de agua, cámara al cuello o al cinto, mochila para llevar los bocatas y chanclas que le dan al templo mayor de la ciudad el aspecto de un parque temático o de un paseo marítimo: Costa Catedral. Salta a la vista el nivel del turismo que nos visita en estas fechas. Consumidores de bocatas y de helados. Cucuruchos invertidos que semejan capirotes de barquillo cuando se acercan al vendedor de incienso en la esquina de la Avenida con García de Vinuesa, antigua calle de la Mar: tanta chancla y tanto pantalón corto con hechuras de bañador le dan sentido al antiguo nombre de la calle.

Esos turistas de bajo coste, o de gasto corto, son los que se dejan llevar por el cardo máximo, por las vías que van marcando el itinerario de sevillanos y foráneos.

Tetuán aparece a las cuatro y media de la tarde con un aspecto envidiable para la hora que marcan todos los relojes menos el que sigue parado en la vecina O'Donnell, donde cuatro personas y un ciclista circulan por el desierto de sus adoquines .

En el Duque hay más ambiente, y en Alfonso XII, antigua calle de las Armas. La Campana tampoco está mal, resguardada del sol por las velas que patrocina Coca-Cola de una forma elegante y discreta. Y Sierpes, la que sigue siendo la calle mayor para los nostálgicos y para los amantes de la historia de la ciudad, ofrece un aspecto equívoco, ambivalente como la misma Sevilla: hay gente recorriendo su serpenteante trazado, pero ninguno de los paseantes habla con acento hispalense . Ninguno. Ni siquiera el cronista, al que lo único que le falta es hablar solo por la calle…

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