Apuntes del martes
Como afirmaba Romero Murube, «hay una luz de día de Semana Santa, igual que hay una luz especial para la mañana del Corpus o para la tarde de difuntos». Ocurre así en el Martes Santo, que no es nunca día de transición sino de indudable personalidad, belleza y significación cristiana. El exponente catequético del Martes sevillano es de una elocuencia insuperable. Cristo en San Lorenzo, interrogado por un Anás usurpador de un poder que no tenía; Cristo tras la humillación de Herodes, vestido con un remedo del ropaje que fuera exponente del poder judío, allí donde se inicia el Vía Crucis a la Cruz del Campo; Cristo en el preciso estado de dolor en que lo describe San Juan cuando Pilatos lo entrega al pueblo en la Calzá. Con la cruz a cuestas en San Nicolás y Cristo, en fin, en la inmolación definitiva de la cruz, convertida la ignominia en signo de victoria. Abandonado al desmayo inapelable de la muerte en su advocación de Las Almas, iniciando el tránsito de su ofrenda redentora en San Benito, en el desamparo marginal del arrabal del Cerro, implorando misericordia por la Alcazaba y dulcemente yerto a la sombra del Angelote de la Fama.
Las respuestas, en la seducción del tránsito de los palios del Martes. En la iconografía pasional de Sevilla, la fisonomía urbana de la ciudad constituye el fanal perfecto para la evolución de un concepto estético sin igual. Si algo definitivamente proclama la sublimidad de la Semana Santa de Sevilla es, sin duda, el paso de palio. Desde los broches de los faldones hasta los candelabros de cola que abrazan el abanico del manto, resulta un conjunto de tan singular finura, de tan primorosa exquisitez, que nos sabemos ante la más ajustada definición de la belleza.
Cada Martes Santo, las cofradías cumplen con su exquisita presencia sus estaciones de penitencia. Pudiera parecer que todo se reduce a ello y que cuando se arrían los zancos del último palio en el «ahí queó». No es así. Pocos días después, terminados sus trabajos los priostes, comienza de nuevo la aventura de su verdadera razón de ser, San Benito a formar a sus jóvenes, El Cerro a vivir esa fértil identidad hermandad-barrio, la Buena Muerte a acercar su mensaje a los universitarios y todas, en fin, a sus afanes de apostolado, caridad y propagación del mensaje de Cristo. Contribuye así el Martes a la grandeza de la propia ciudad y a esa admiración universal que el Marqués de Santillana condensaba en su piropo: Roma en el mundo y vos en España».
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