La leyenda del tiempo
La pata negra abbadí
Corona y reino de Sevilla

Aquellos guerreros, probablemente yemeníes, que llegaron a la declinante Hispania visigoda, durante los primeros años del desembarco islámico, se convertirían en poco más de trescientos años en la familia que le dio corona y reino a la Sevilla taifal. Si es que se puede hablar ... en estos términos de un señorío del que, en el próximo otoño, se cumplirán mil años. Comenzó en el valle del Guadalquivir y las sierras de Sevilla y Huelva. Y en tres generaciones, aproximadamente, logró reunir bajo sus estandartes y banderas, las tierras que van desde el Algarve portugués a las levantinas huertas de Murcia, a excepción hechas de las tierras de Málaga, Granada y Almería. Fue el llamado Reino de Sevilla, una de las taifas más poderosas nacidas tras la debacle omeya del gran califato cordobés que, en boca del islamólogo y profesor de la Hispalense, González Ferrín, fue la más imperialista y expansionista de todas las que eclosionaron tras el desastre califal. Aquellos yemeníes que llegaron con las primeras avanzadillas de señores de la guerra para hacerse cargo de unas tierras asoladas por la hambruna, las fricciones civiles y sacudidas pandémicas, se establecieron en Tocina. Y con el tiempo, el poder y la influencia de su apellido, pura pata negra de abbadí, se convertirían en los reyes del Reino sevillano. Cuando Mohamed Ibn Abbad se proclama rey de Sevilla en 1023, su apellido llevaba trescientos años con los papeles de su sevillanía islámica en regla, antes incluso que los Omeya. Un tiempo que legitimaba a su sangre por pasado glorioso militar y presente agrario poderoso y fértil.
Mercaderes y científicos
Políticamente el espejo donde se miraron fue en el potentísimo reflejo cordobés recién enterrado. Esa imitación de lo califal estuvo siempre en su ideario, tanto político como cultural y arquitectónico, convirtiéndose la corte sevillana en una floreciente industria de militares, poetas,mercaderes y científicos que se acogieron al asilo de su emergente personalidad. Los reinos no solo se sustentan sobre las batallas ganadas al enemigo. Una de las patas más robustas que los mantienen en pie es el oro. La taifa sevillana, tan preocupada siempre de dominar el Estrecho, la llave que te conectaba con el aurífero país de los negros, se aventuró a conquistar Ceuta por esta razón bajo el mando de Al -Mutatid hacia el 1065. Sin éxito. Pero el dinar, palabra derivada del denario romano que significaba dinero, más valorado por su pureza aurífera fueron los acuñados en las cecas del Reino de Sevilla, que circularon con el prestigio y la calidad de su oro por una Europa sedienta de metal y con escasas posibilidades de acceder al mismo. Desde el siglo VII al XIII, la acuñación y circulación de moneda de oro es un fenómeno excepcional en la Europa Occidental. Solo en aquellas regiones, como la Península Ibérica y Sicilia, en las que se producen interrelaciones entre el mundo islámico y el cristiano las veremos aparecer. En aquel Al Andalus de conflictos cainitas entre las nuevas taifas sirvió, igualmente, para pagar a los señores de la guerra castellanos, aragoneses o catalanes que ayudaban a los gobernadores andalusíes. El doctor en Historia Medieval, José Luís Villar sostiene que los líderes de las tropas mercenarias cristianas cobraban medio kilo de oro diario en campaña y sus soldados ocho gramos del mismo metal. Esa inversión en la guerra, junto con el pago de las parias para comprar la paz ante imparable empuje cristiano, conformó un circuito económico de vasos comunicantes. Porque el oro que salía de las tierras andalusíes como pago de guerra y paz, retornaba nuevamente a sus pagadores por la apetencia cristiana de adquirir bienes suntuarios: sedas orientales, marfiles, perlas, para embellecer sus propias cortes. La moda, por entonces, no venía de París. La imponía el lujo, ostentación y delicadeza del arte andalusí.
La aristocracia abbadí, tan sevillana como la casa de Medinaceli muchos siglos después, tuvo un rey poeta: Al Mutamid, el monarca con el que el reino sevillano alcanza su máxima extensión. El malogrado académico y arabista Rafael Valencia, firmó un curiosísimo libro sobre poesía erótica andalusí, donde nos encontramos sorpresas que contrastan con la idea rigorista que tenemos de aquel mundo islámico. Se habla del vino y de la mujer de una forma tan transgresora que rechina con el puritanismo coránico que tenemos del mundo islámico. Ibn Zaydún, para muchos el mayor bardo de Al Andalus, se acogió a la corte sevillana del rey poeta, tras el ocaso del califato. Fueron célebres sus relaciones tormentosas con la poetisa Wallada bt. Al-Mustakfí, que le dedicó esta delicada pieza satírica: « A pesar de sus buenas cualidades/a Ibn Zaydún le gustan/ las vergas que se esconden/ en la pernera de los pantalones/ Si se fijara en la forma/erecta del tronco de las palmeras/hace tiempo que se habría convertido/en pájaro carpintero». Si se hubiera mordido la lengua se habría envenenado. Pero ni Paquita la del Barrio en «Rata de dos patas» la supera.
Los abbadíes acuñaron dinares de gran calidad. Sostiene el doctor Villar que «sin duda la reacuñación del numerario califal tuvo que ver con ello, pero las relaciones de los abbadíes con los poderes norteafricanos deben ser objeto aún de mayor investigación.» Las semejanzas entre las acuñaciones sevillanas y las almorávides ofrecen la sugerente hipótesis de la conexión entre la dinastía taifal sevillana con el Magreb y su posible mantenimiento de la ruta del oro, lo que sería uno de los grandes éxitos políticos de la gran taifa del sur de Al Andalus. Todo se vino abajo cuando Al Mutamid, destronado en 1090 por los monjes guerreros almorávides a los que requirió para detener el empuje de Alfonso VI, lo desterró al árido rincón de Agmat, cerca del Atlas marroquí. Dicen que el pueblo sevillano lo despidió en el río, entre lamentos y lágrimas, abrochando el final de una dinastía familiar que empezó en el siglo VII con sus lejanos ancestros yemeníes…
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