Arte y demás historias
Las bellas santas de Zurbarán
Las santas del maestro son jóvenes, bellas y con rasgos individualizados. Sus cabellos están recogidos de diferentes maneras y en las manos o el regazo portan su símbolo parlante

Francisco de Zurbarán, nacido en Fuente de Cantos en 1598, es uno de los grandes pintores del Barroco español. Desarrolló la práctica totalidad de su carrera en Sevilla, donde gozó de un gran éxito profesional, siendo el pintor por excelencia de las órdenes religiosas, las cuales, por entonces, protagonizaban una gran expansión. Trabajó para los mercedarios, dominicos y cartujos, ofreciendo una visión de la religiosidad que destaca por su profundidad y ascetismo. Zurbarán no se regodea en el sufrimiento de los mártires o del mismo Cristo en la cruz, no lo necesita ya que el espectador queda cautivado por la potencia del mensaje que emanan. Una de las grandes habilidades del pintor es la reproducción de los textiles, perfectamente logrados en su textura y color, ya se trate del modesto hábito de un franciscano o de las sedas de una reina santa. Es muy posible que la profesión de su padre, mercader de paños, le habituara desde niño a calibrar las calidades de los tejidos y estimulara su interés por reproducirlos.
La producción del artista es extensa y desigual, ya que tuvo que atender un gran número de encargos, por lo que fue asistido por colaboradores de muy diferente entidad, pero las obras que salieron exclusivamente de sus manos destacan por su preciosismo. Tal es el caso de «sus» Santas, una serie de pinturas que representan a diferentes bienaventuradas, algunas de ellas mártires, vestidas lujosamente y en actitud de caminar, como si formaran parte de un imaginario cortejo celestial. Dichas mujeres aparecen ataviadas con trajes muy originales, no solamente por las piezas que los configuran sino por la riquísima gama cromática que el pintor emplea. La indumentaria de la mujer española de pleno Barroco, que podemos rastrear en retratos o grabados, no es muy similar a la que se nos muestra en estos cuadros. Diversos investigadores sostienen que el artista se inspiró en el vestuario de los autos sacramentales y de diferentes piezas teatrales, que no tenían por qué seguir los usos de la moda del momento y que, tal vez, buscaban una mayor atemporalidad.

Las santas del maestro son jóvenes, bellas y con rasgos individualizados. Sus cabellos están recogidos de diferentes maneras y en las manos o el regazo portan su símbolo parlante. Así, santa Lucía lleva los ojos sobre un plato, como habitualmente se la representa, santa Casilda o santa Isabel de Portugal flores, mientras que santa Catalina de Alejandría sostiene una espada. Probablemente se trate de retratos encargados por damas sevillanas, pero con los atributos de diferentes santas en razón de su propia onomástica, aunque algunos de los nombres como Dorotea, Úrsula o Lucía no eran comunes en la Sevilla del siglo XVII.
Pese a la belleza de estas pinturas, Emilio Orozco, en un artículo publicado en el ya lejano 1942, argumentaba que no dejaba de ver en «estos retratos a lo divino un sentido moralizador y pesimista conforme al sentir de nuestro barroquismo.» Por desgracia, la gran mayoría de estas pinturas se hallan fuera de Sevilla, la ciudad donde fueron realizadas, ya fuera para devoción pública o privada. Su azarosa vida, tras el terrible expolio que sufrió Sevilla durante la invasión francesa, las ha llevado a embellecer museos de todo el mundo con su pausada y elegante presencia.

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