La traición que mató a Truman Capote
HBO Max estrena el 7 de febrero 'Capote vs. The Swans', una serie sobre el ocaso del escritor después de vender los secretos de sus cisnes, las mujeres más poderosas de Nueva York
Feud: Bette Davis y Joan Crawford para millennials

Ni siquiera Truman Capote iba a ser el protagonista de su propia historia. Después de que Ryan Murphy diseccionara la íntima enemistad entre Bette Davis y Joan Crawford en la primera temporada de 'Feud', para el regreso de la antología, el 7 de febrero ... en HBO Max, buscaba otra rivalidad igual de intensa. Pensó en Carlos de Inglaterra y Diana, pero no tenía sentido ahondar en algo que 'The Crown' ya había hecho antes y muy bien. Barajó también el brusco debate entre los escritores William F. Buckley y Gore Vidal, pero no le convenció. Murphy desestimó media docena de ideas hasta que entendió que una enemistad nunca tiene que ver con el odio sino con el dolor, que es lo único que quedó entre Truman Capote y sus cisnes.
En 'Capote Vs. The Swans', que dirige Gus Van Sant como si fuera una película de Zeffirelli, Tom Hollander se mimetiza con el estridente escritor de Nueva Orleans, que escribía como los ángeles pero pronunciaba solo para que estos lo entendieran. Para interpretar a la legión de cisnes, Ryan Murphy eligió a grandes actrices, mujeres que hicieron mucho, para resucitar a otras que no hicieron tanto. Naomi Watts da vida a la cabecilla, Babe Paley, editora de moda y la segunda mujer del fundador del canal CBS; Diane Lane es Slim Keith, esposa de Howard Hawks e inspiración real de personajes de Lauren Bacall. Calista Flockhart interpreta a Lee Radziwill, hermana de Jackie Kennedy, luego Onassis; Demi Moore se mete en la piel de la socialité Ann Woodward; Chloë Sevigny es C.Z. Guest, musa de Diego Rivera, Andy Warhol y Salvador Dalí, y Maggie Ringwald, Joanna Carson, las únicas a las que no traicionó Capote.
El escritor se enamoró de las princesas de Park Avenue casi tanto como lo estaba de sí mismo, de forma intensa pero nunca del todo. Inseguro patológico con un ego mayor incluso que su talento, el autor de 'A sangre fría' quiso a esas mujeres que no nacieron ricas pero sí para serlo, que lo aceptaron en sus filas como confidente y bufón, y les agradeció todo ese amor como solo son capaces de hacer los protagonistas de las tragedias clásicas, con una traición digna de alimentar la que pretendía que fuera su obra magna.
De una frase atribuida a Teresa de Jesús el escritor cogió prestado el título, 'Plegarias atendidas'. De Marcel Proust, la idea de levantar su particular 'En busca del tiempo perdido'. Y de sus cisnes, las mujeres más poderosas e influyentes de la alta sociedad de mediados del siglo pasado en Nueva York, primero sus favores y luego sus confidencias. Truman Capote tenía un sentido del humor algo macabro. Por si acaso era cierta la frase de la Santa de Ávila, «se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas», el autor de 'Desayuno en Tiffany's' se entregó en cuerpo y alma a atenderlas todas. Rio, escuchó y calló solo como calla quien luego quiere contar todo muy alto. Y desnudó a sus cisnes en las primeras páginas de sus 'Plegarias atendidas', sin consentimiento.
La inspiración colmó de ideas el arranque, pero no fue suficiente para que el escritor sureño culminara su gran libro, que a pesar del sustancioso anticipo de la editorial Random House quedó inacabado. Bajo el título 'La Côte Basque, 1965', que inspira a Ryan Murphy para la serie 'Feud: Capote vs. The Swans', se quedó a gusto como solo puede hacerlo quien muere si calla, y Capote no estaba dispuesto a morir en ningún caso en silencio. Había engaños, celos y hasta un crimen, camuflados con poco esfuerzo, como si un nombre falso fuera suficiente velo para ocultar los secretos de sus amigas y valedoras. Contó Laurence Leamer en 'Las mujeres de Capote', que le preguntó al escritor si sus amigas se reconocerían. Su maliciosa respuesta lo dice todo: «Son demasiado tontos». Spoiler: no lo eran.
Disperso en el trabajo de campo, que era beber y escuchar cotilleos, Capote dejó de cumplir los plazos. Y cuando se vio apurado económicamente, vendió el adelanto a 'Esquire' y también su alma sin saber que el dinero solo le abriría una puerta, la de la salida. «Al fin y al cabo los escritores escriben de lo que conocen y tienen cerca, ¿no?», se justificó cuando saltaron por los aires las vergüenzas de sus cisnes. A unas les sacó los colores, a otras, como Ann Woodward, el chivatazo le costó la vida, ya que terminó suicidándose con una píldora de cianuro después de que trascendiera que había matado, supuestamente por accidente, a su marido, heredero de la mayor fortuna de Manhattan.
«Toda la literatura son chismes. ¿Qué son 'Anna Karenina' o 'Guerra y paz' o 'Madame Bovary' sino chismes?», dijo en 'Playboy'. Pero no hubo perdón por la deslealtad. Le dieron de lado; lo cancelaron. Después de traficar con los secretos de sus personas más cercanas, Capote descubrió que no había nada. Todo terminó. Los favores, las juergas. La amistad, la influencia. Incluso su magia. Por lograr el éxito, el reconocimiento, Truman Capote perdió su otro gran anhelo, el de encajar, sentirse querido. Se dio cuenta de que era un intruso al que ya no dejaban colarse en la fiesta. Sin acceso a los cotilleos, su gasolina, cayó en desgracia y se abandonó a las drogas que podía comprar, el alcohol y las pastillas. Sobrevivió a la que fuera su gran amiga, Babe Paley, fulminada por un cáncer de páncreas unos años después del escándalo, pero nunca se repuso. Murió por intoxicación en 1984. Quedó un cisne velando por él, Joanne Carson, que conservó sus cenizas.
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