Lydia Bosch: «Los ojos nunca envejecen y con los años aprenden a hablar de otra manera»
La actriz reaparece esta semana en dos capítulos de la serie de TVE «Servir y proteger», donde se reencuentra con viejos amigos como Luis Martín y Antonio Valero

Lydia Bosch (Barcelona, 1963) regresa esta semana a la televisión con un personaje episódico en «Servir y proteger» , en La 1, de lunes a viernes a las 17.20. La actriz reaparece dos años después de su participación en «Paquita Salas». ... No han pasado ni dos meses desde que reveló, el día de su cumpleaños, que padece cáncer de piel . Ahora toca hablar de nuevo de su trabajo.
«Todo ha sido un poco casual. Me llamaron para proponerme hacer esta incursión temporal, corta, y me hizo muchísima ilusión. Allí tengo dos amigos del alma, Luisa Martín y Antonio Valero , y es una productora, Plano a Plano, con la que he trabajado y también les considero amigos. Me tiré de cabeza, sin pensarlo. Ya conocía por Luisa la exigencia tan brutal que supone una serie diaria , y la no vida que conlleva, pero en mi caso no es un personaje largo. Sale en dos capítulos, a lo mejor en algún otro más adelante».
Lydia Bosch da vida a Mabel, médico forense y exmujer del inspector jefe Tomás Salgado, personaje que interpreta Antonio Valero. El reencuentro ha sido bonito y sencillo: «Cuando hay series que llevan tanto tiempo en antena, se hace un grupo muy sólido. A lo mejor llegas de nuevas y sientes un poco que necesitas introducirte, pero aquí no he notado esa cosa de no conocer a la gente y entrar más cohibida. El primer día era todo alegría por el reencuentro con las maquilladoras, el equipo técnico... Son caras amigas y trabajar con Luisa y Antonio ha sido muy fácil, porque nos conocemos mucho. Sabemos cómo respiramos, lo que necesita el otro. Ha sido muy cómodo y con muchas risas».
«Al margen de ellos, que son íntimos, también me he encontrado con Pepa Aniorte , con la que trabajé en “Águila roja” y en “Los Serrano”, y con Juanjo Artero , cuenta Bosch. «A lo mejor no tenía una relación tan continuada fuera de los platós, pero me hizo muchísima ilusión.Ha sido una experiencia divertidísima».
La actriz revela que tiene alguna otra oferta sobre la mesa: «Ahora tengo un proyecto para el que voy a hacer una prueba , pero no puedo decir nada.
¿Una actriz de su trayectoria siente más orgullo de su carrera o de la gente tan importante con la que ha trabajado?
Es evidente que cuando trabajas con buenos actores, cuando estás dirigida por directores que lo tienen claro, con buenos técnicos, todo suma. Tu trabajo brilla más. La mejor forma de meterte en un papel y de que tu personaje vaya solo es tener esos ojos donde anclarse. He tenido la gran suerte de estar rodeada de gente muy grande desde que empecé, con la que he aprendido y sigo aprendiendo, creciendo como persona y como actriz.
De pequeña quería ser maestra, como tantas niñas. Luego la descubrió Chicho Ibáñez Serrador, un poco por casualidad, pero quizá ya había algo de vocación.
Es verdad que de pequeña quería ser maestra. Mi abuela era profesora y lo de ser actriz lo veía muy lejos. En mi familia no había nadie relacionado con eso. Mi abuelo, que no llegué a ver, era escritor. Supongo que la rama artística me viene por ahí. No me lo planteé, pero sí colaboraba desde pequeña en las obras de teatro del colegio. Luego hice anuncios de televisión. Ya había tenido contacto con las cámaras cuando entré en el «Un dos tres», donde hacíamos números musicales y jugábamos. Me parecía muy divertido, pero sin ninguna pretensión. Pero fue ahí cuando Antonio Giménez-Rico me ofreció la oportunidad de hacer «El disputado voto del señor Cayo», con Paco Rabal , Juan Luis Galiardo e Iñaki Miramón , y me quedé muy enganchada.
Si vuelvo a mi infancia, mis películas favoritas eran las musicales, con Fred Astaire . Moría por bailar, repetir los pasos… Hacía playback delante del espejo y lo de ser profesora es cierto, por mi abuela y porque siempre me han gustado muchísimo los niños, pero afortunadamente se me cruzó Chicho ese bendito día y ya no me bajé del carro.
¿Fue complicado triunfar tan pronto? Incluso en el colegio tuvo que ser una revolución.
Empecé cuando debía tener 16 o 17 años. Hice distintos anuncios de Danone. Luego otros... Las personas que me rodeaban eran gente maravillosa. La educación que uno tiene en casa es fundamental. Siempre me han enseñado que uno es válido por lo que es, no por su profesión o su dinero. Salía en anuncios pero no era mejor ni peor que la persona que trabajaba en otra cosa, el cámara o la persona que limpiaba el plató. Todos somos eslabones. Yo no me chuleaba, porque no salía de mí. Era un juego y sigo divirtiéndome mucho. No sé lo que pensaban mis amigas. Sí me he dado cuenta de que en la vida, cuantas menos pretensiones tengas, las cosas te funcionan mejor. Es como cocinar, y yo no soy buena cocinera, pero todo lo que hagas con amor y con pasión, con alegría y con ganas te lleva a algo bueno.
¿Hacemos un llamamiento para que llamen de «MasterChef»?
¡Ay, no! Creo que sería incapaz de hacerlo. Soy una fiel seguidora cuando hay compañeros y es una proeza lo que hacen, con esa presión. Tienen un temple brutal. Los admiro a todos.
En el entorno familiar, otra circunstancia maravillosa es que su familia tenía una librería-papelería.
Sí. Nos divertíamos mucho. Había épocas en la que teníamos que estar allí para ayudar a mi madre. Era muy divertido hacer paquetes, libros tebeos. Cuando entro en cualquier librería siento mariposas en el estómago, porque me recuerda a mi infancia.
¿Cambió más su vida con el «Un dos tres» o con «Médico de familia»?
Fueron dos programas muy potentes. Había solo dos cadenas en la época del «Un, dos tres». He tenido la suerte de estar en programas o series donde la familia se unía para verlos, como «Motivos personales» y «Médico de familia», que con «Farmacia de guardia» creó un antes y un después.
¿La fama cuesta?
Yo soy muy tímida, creo que como todos los actores. Pero yo soy muy muy tímida, aunque no lo parezca. Y sigo teniendo una gorra marrón, de pana, de visera alta, que me ponía para salir a la calle cuando venía a Madrid para el «Un, dos, tres». La visera me dejaba ver el suelo, pero no a la gente. Porque me ruborizaba. No veía nada. Le tengo muchísimo cariño a esa gorra y aún me la pongo. Fueron momentos en que la gente te reconocía mucho, al haber estado en programas punteros. Sobre todo la gente de mi generación o mayor me guarda un cariño especial, que se suma al personaje. Noto mucho cariño de mucha gente y lo agradezco, la verdad.
José Luis Garci la dirigió en «You're the one», uno de sus mayores éxitos en el cine, que le dio una nominación al Goya. Y luego pasan más de diez años hasta la siguiente película.
En cine no me han llamado mucho. La razón no la sé tampoco. Te pueden encasillar. Yo además empecé como presentadora, al principio de las privadas, de lo que me enorgullezco muchísimo. Y luego mi carrera profesional tiene más peso en la televisión. Al principio recuerdo que era el hermano pequeño del cine. Te miraban de otro modo. Ahora está todo al mismo nivel porque tiene que ser así, aunque el teatro es el templo por excelencia de un actor.
¿Rechazó muchos papeles?
Alguna cosa. Me tienen que entusiasmar. Hay veces que a lo mejor no tienes más remedio que hacer algo, pero no ha sido mi caso. Prefiero estar en el sitio donde me siento a gusto. En el cine lo estoy, pero cuando lo he hecho es porque creía en él y me gustaba el personaje, el director, el proyecto, todo. Y si algo no me llenaba, alguna vez sí dije que no.
De joven escribió un diario durante muchos años. ¿Es publicable? ¿Ha seguido escribiendo?
No, no, no es para publicar. Es cierto que durante muchos años escribir me ayudaba. Dentro de la timidez te quedas para ti muchas cosas, pero tienes esa necesidad de contarlo a alguien y para mí no había mejor interlocutor que yo misma. En un camerino, con una libreta, y me gustaba y disfrutaba mucho. Por razones dejé de hacerlo y no he continuado, pero sí me queda la espinita de volver. Me compré una libreta maravillosa, que está de momento con las páginas en blanco. Pero en un momento de mi vida me ayudó mucho verbalizar emociones, porque muchas veces lo que parece un gran problema, cuando lo escribes y lo dejas reposar y lo lees más adelante, es como tener un terapeuta. En lugar de ir a él, que me parecen muy necesarios, utilizas la libreta.
Los actores mejoran con el tiempo y la verdadera belleza no se va, pero cambia.
A mí me parece mucho más interesante. Los ojos nunca envejecen y con los años aprenden a hablar de otra manera. La mirada que tienes a los 20 años no es la misma que a los 50. Los silencios, las pausas que puedes hacer no son los mismos mientras dices un texto. Muchas veces en el guion que hay palabras innecesarias y si las suplantas con una mirada o un silencio tienen más peso que la palabra.
Pero a veces empiezan a llamarte menos. ¿Ha sentido miedo a perder protagonismo con el paso de los años?
Indudablemente, a medida que cumples años son menos personajes. Para mí es inexplicable, porque hay muchas historias que contar con mujeres entre 45 y 55 o 60, cuando más vida tienes. Supongo que tiene mucho que ver con la edad de los guionistas también. Tiene que haber alguna razón, pero somos muchos y papeles de edades como la mía no hay demasiados.
¿Entre los jóvenes ha sentido alguna vez que estaba ante alguien que llegaría lejos?
Muchos. Miguel Ángel Muñoz , Begoña Maestre, Megan Montaner... Algunos los ves desde el minuto uno. Recuerdo por ejemplo a Elena Rivera , que ya venía de «Cuéntame». Solo por la forma de mirar y de pisar el plató ya notas la generosidad del actor, solo con la manera en que te da la réplica. No solo cuando le toca hacer sus planos, sino cuando te tocan los tuyos y el actor o la actriz, aunque no lo estés grabando, lo hace de la misma manera y llora aunque no lo estén filmando. Con eso está todo dicho. También recuerdo a Álex González en «Motivos personales», que estaba como asustado pero tenía ese ángel tan impresionante y es un compañero maravilloso. A todos les caracteriza la humildad, la capacidad de sorprenderse y ser trabajador, tener siempre la sensación de que continúas aprendiendo. Yo recuerdo mi primera película con Paco Rabal y veías que titubeaba, que tenía una sencillez brutal. Lo más alejado de su persona era el divismo: eso es lo que engrandece a un gran actor, que sea normal.
Los actores no van a una oficina, pero también se podrá mejorar su trabajo de alguna manera…
Lo importantísimo es el ambiente. Y el director es fundamental en esto. Los actores principales también tiran, pero el director es fundamental, porque puede haber circunstancias que tensionen. Fallan cosas, pero si el capitán imprime tranquilidad y sentido del humor, todo va bien. Es fundamental que haya buen rollo e ilusión en cada departamento. Más allá de esperar la audiencia, que también es suerte y depende del horario, es esencial que cuando se concibe la criatura la mimes y te ilusiones con ella, que suene el despertador a las 5 o a las 3 y vayas como si fuera el día de Reyes. Y creo que casi todos lo vivimos así porque somos muy afortunados. Es un trabajo en el que juegas, donde aflora el niño interior y te mantienes siempre joven.
¿Y cómo ha sido trabajar en medio de una pandemia?
Está todo supercontrolado. Cada semana, dos días antes de ir al rodaje teníamos que hacernos una PCR. Luego, al entrar en el plató, subíamos a la enfermería y nos ponían otra vez el palito y estábamos limpios. Y aun así, si te fijas, siempre se mantiene un poquito la distancia para que los espectadores no puedan decir que damos mal ejemplo. En nuestra profesión, en los rodajes y en el teatro, hay constantes PCR y si el público ve que dos actores se juntan no hay ningún tipo de peligro. Tenemos que hacer las cosas bien para que toda esta pesadilla termine de una vez.
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