Crítica de 'Indiana Jones y el dial del destino': la idea es despedirse, pero su destino es perpetuarse
Harrison Ford se aleja del mundo Indiana después de haber hecho un último y grandísimo trabajo
Harrison Ford: «Hay que revitalizar el negocio del cine»

Esta quinta película sobre el aventurero y arqueólogo Indiana Jones contiene un ingrediente que ninguna de las anteriores tenía: voluntad de despedida; es decir, se ha hecho y está aquí para despedirse. Podría haberse ido a la francesa, sin decir adiós, sin más películas, pero ha preferido organizar una espectacular fiesta de partida a un personaje y, especialmente, a un actor, Harrison Ford, a los que todos le debemos muchas horas de asombro y entretenimiento. Hay otro director, James Mangold, otros guionistas y personajes, pero no se echa en falta el espíritu ni de Spielberg, ni de Indiana, ni siquiera el de un Harrison Ford joven, que así aparece, rejuvenecido digitalmente, en la aventura de arranque siempre espectacular de la serie.
Pero es sólo un guiño al tiempo, con el que juega ingeniosamente la película, y nos encontramos rápido con el sopetón del presente, un Indiana en el día de su jubilación, recién despertado, en calzoncillos y con la edad ya provecta de Harrison Ford, aunque, como se irá descubriendo, aún con fuerza, ritmo y gracia para conducir una aventura con el eco de todas las anteriores, frente al nazismo y tras esa idea de guardián del pasado que aquí representa el cuadrante de Arquímedes, como en las anteriores era el Arca de la Alianza o el Santo Grial.
El guion no es un prodigio de novedad, al menos hasta su último tercio que rotundamente sí lo es; transcurre la aventura de modo espectacular, con buenos momentos de tensión, persecuciones y exageraciones, y con un excelente exprimido de las posibilidades mágicas del cine y de la geografía del mundo. Hay química con su acompañante, su ahijada, que interpreta Phoebe Waller-Bridge con una gracia que no es fácil de pillar al primer golpe; y también la hay con el nazi villano de la historia, que borda ese actor, Mads Mikkelsen, que hace atractiva papiroflexia con sus papeles, por muy despreciables que sean.
En fin, uno va pasando este Indiana Jones con los aderezos habituales, entre viajes, enigmas, 'macguffins', adrenalina, humor, musicalidad y tic-tac hasta que llega lo inesperado, lo genial, lo increíble, mareante e inolvidable. Todos los misterios alrededor de la figura de Arquímedes, su tumba, sus inventos e ingenierías y sus reflexiones sobre el tiempo se resuelven de un modo brillante y sirven como parábola para descifrar el gran dilema sobre Indiana Jones, ¿a qué tiempo pertenece, a aquel de hace miles de años donde ocurrieron las maravillas y restos arqueológicos que ahora busca, o a éste casi actual donde lo espera su mujer (Karen Allen) con los papeles del divorcio? Un poco de emoción, de nostalgia para mostrarle la puerta de salida, no a Indiana Jones (que tal vez vuelva en el futuro con otros formatos, actores, directores y espectadores) sino a Harrison Ford, que se aleja del mundo Indiana después de haber hecho un último y grandísimo trabajo y con la dignidad que lo hacía John Wayne en el plano final de 'Centauros del desierto'.
Harrison Ford es todos los Indiana Jones, también éste, viejo pero joven, ágil pero torpe, tan fundido al estereotipo del personaje y tan atractivo en él que ennoblece la película y aparta a manotazos cualquier reticencia sobre ella. Y les deja sitio a los demás, a Phoebe Waller-Bridge y especialmente a Mads Mikkelsen, que se lo sabe tomar por su cuenta. También a Antonio Banderas, en un personaje breve y muy próximo a Indiana que, aunque no está desarrollado como debiera (o tal vez ha sido recortado a causa del metraje diabólico), rebosa esa simpatía y esa energía de bandera izada.
Y si este Dial del Destino es una despedida, también es la mejor manera de quedarse, permanecer.
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