Crítica de 'La contadora de películas' (***): El recuerdo del buen cine como placebo de la mala vida
La película empieza y termina en un autobús y que, entre tanto, cuenta la historia de una niña, una familia, un pueblo en medio del desierto de Atacama y de muchas (y bien elegidas) películas
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La cantidad de luces, centelleos y charoles que refulgen en su interior la convierten en una auténtica película 'brilli-brilli', en un concentrado que deslumbra: la obra del escritor chileno Hernán Rivera Letelier; los punteados de guion de Walter Salles, Rafa Russo e Isabel ... Coixet; la sensibilidad de una directora danesa, Lone Scherfig, que, como en 'Su mejor historia' o 'An education', sabe humedecer el ambiente; la modulación y matices de esa narrativa que tiene deje de cuento hispanoamericano, un cierto aroma entre Márquez y Vargas, entre Asturias y Bombal.
Una película que empieza y termina en un autobús y que, entre tanto, cuenta la historia de una niña, una familia, un pueblo en medio del desierto de Atacama y de muchas (y bien elegidas) películas. La voz en off sugiere lo pasado y le da al relato ese envoltorio de cuento y relleno de melancolía aliñada por el lugar, una zona despoblada y salitrera. Sobre el drama de unos seres y unas vidas sobrevuela constantemente la felicidad del cine, un cine de domingo y de títulos imborrables: aunque sea un rapto, se agradece la cantidad de imágenes de películas que nos ofrece la pantalla de ese gigantesco flashback… El cine eterno y la vida pasajera, como ese espléndido instante en el que pasan de la infancia a la adolescencia mientras ponen la mesa para comer, el paso de la niña actriz Alondra Valenzuela a la joven Sara Becker.
La protagonista es María Margarita en varios tiempos, la narradora y contadora de ese Macondo como si fuera una película más de su repertorio. La descripción de ambientes y personajes, la buena fotografía de Daniel Aranyó y ese espesor en la salsa que resulta de lo dramático y un suave sentido del humor consiguen un gran interés añadido al poso de la propia historia; también se agradece la delicadeza de la directora para cargar lo justo la emotividad y, sobre todo, para eludir algunas zonas embarradas: perfectas elipsis en momentos como la violación o el crimen, o las sutilezas en los encuentros sexuales o el personaje de la madre. Lone Scherfig tiene ese raro talento para hablar con encanto del desencanto.
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Es una coproducción entre varios países, entre ellos España y Francia, y Bérénice Bejo y Antonio de la Torre realizan un gran trabajo físico, dramático y lingüístico en ese sentido, el del encanto y el desencanto. Magnífico trance en el que el padre (De la Torre) le cuenta a la hija la película de su vida y la imposibilidad del 'héroe' de reemplazar al público imaginario de su 'heroína'. Una película bonita y con una mirada nostálgica, sin tristeza, a un pasado infeliz pero querido.
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