Crítica de 'Siervos': un thriller espiritual
El eslovaco Ivan Ostrochovský demuestra fe en el espectador inteligente, con una película en la que destaca su brillante fotografía en blanco y negro

'Siervos' entra por los ojos. Sorprende lo fotogénico que puede ser el recogimiento. Pese a la exuberante fotografía en blanco y negro, el segundo largometraje de Ivan Ostrochovský es un espectáculo al que un cuenco de palomitas le sentaría peor que un ... bote de ketchup al plato principal de un tres estrellas Michelin. El eslovaco ganó el premio a la mejor dirección en la Seminci de Valladolid y no hay duda de su dominio del oficio. Tampoco de su exigencia hacia el espectador, digna de otros tiempos, de los que hicieron grandes a Dreyer y Bresson hace más de medio siglo y hace un rato al polaco Pawlikowski .
La película transcurre en 1980, en el interior de un seminario checoslovaco en el que todavía se notan los efectos de la invernal primavera de Praga de 1968 , que habrían de durar todavía una década más. Todos se vigilan los unos a los otros, por algo mucho más serio que llevar o no mascarilla. Con el centro bajo amenaza de cierre, dos jóvenes estudiantes de Teología, Michal y Juraj, se ven atrapados en la disyuntiva de colaborar con el régimen comunista para salvar el pellejo y perder el alma o resistir las presiones de la policía secreta, sin más armas que sus convicciones. La división interna está servida.
En un estilo nada convencional, dentro de lo que 'The Hollywood Reporter' ha calificado como 'guerra fría del espíritu' , la película es casi un thriller, aunque la narración minimalista también puede ser vista como una sucesión de estampas, no necesariamente religiosas, sin un hilo argumental evidente, lo que no impide que el guion rebose inteligencia. Por otro lado, la quietud de la puesta en escena se manifiesta no solo en sus planos fijos; es una constante significativa que ninguno de los personajes mueva apenas los pies, salvo en las escenas deportivas, si se permite el término, y a veces ni en esos momentos de esparcimiento. Que los protagonistas no guarden además voto de silencio es una bendición, porque la prueba se habría tornado demasiado dura.
Esta extraña mezcla de religión, intriga y política, carne de festival, tiene el aliciente definitivo de que se resuelve en 75 minutos que saben a gloria. Es una cinta que demuestra fe en el espectador, que deberá devolvérsela si quiere disfrutar de su frialdad, aliviada por las citadas imágenes de los seminaristas jugándose la litera a ' piedra, papel o tijera' , abarrotando una mesa de ping pong , bailando sin pasión y, cómo no, jugando al fútbol con sotana , que siempre fue la mejor manera de evitar que el rival te haga un caño.
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