ojo de halcón
El Gran Azul: Últimos días felices de antisanchismo
Contra Sánchez se ha hecho política fácil porque tanto sectarismo daba muchas facilidades. Pocas cosas pueden dar más tranquilidad al PP que constatar el nivelito de la oposición

Ni siquiera el PSOE tuvo un poder semejante, aunque acumulara durante décadas una hegemonía tan porosa que colonizó toda la sociedad civil andaluza. Ahora la marea azul ha cubierto el paisaje institucional, como un tsunami arrollador del Cinturón de Fuego del Pacífico. Ocho capitales de ... ocho, y seis diputaciones en una comunidad gobernada con mayoría absoluta. Le Grand Bleu.
Hay un indicador inequívoco como un tornasol: la ausencia total de dudas sobe lo que haría Jaén Merece Más dando al PP la octava capital, y otro tanto La Línea 100x100 con la Diputación de Cádiz. La opción de un partido desvencijado, sin presupuestos públicos, con la marca averiada, un liderazgo siempre agitado por algún ruido de sables... era impensable ante la gran ola azul. Es el momento PP.
Se cuenta, claro está, con lo que sucederá en julio, en las urnas del 23J. La victoria del Partido Popular se da por descontada en las cotizaciones del mercado de futuros políticos. Y entonces, definitivamente, todo se pintará como el Gran Azul.
Con estos últimos días de sanchismo empieza a suceder como los últimos días de Pompeya de Bulwer-Lytton, o el Berlín de los últimos años de Weimar, aquel Berlín Babylon de Volker Kutdscher tan salvajemente nocturno y alegre.... no hay manera de pensarlos sin la sombra del desastre que les aguardaba algo más allá. Y el desmoronamiento del sanchismo tiene fecha de caducidad para el 23J. Claro que algunos echarán esto de menos. Contra Sánchez se ha hecho política fácil, a veces facilona, precisamente porque tanto sectarismo daba muchas facilidades. Sin la cobertura del antisanchismo, ahora habrá que exigirse más.
El próximo curso previsiblemente estará consumado el traspaso de poder. Y no se habrá visto un poder semejante en mucho tiempo. Ayuntamientos, diputaciones, Junta, Gobierno... todo con la correa de transmisión de un partido único, sólo a expensas de algunos pactos, aunque en el caso de Vox más del fetiches ideológicos que invasivos en la gestión. Así que no habrá coartadas. Todo se le repercutirá al PP. Ahí está Doñana, donde ya no valdrá el sectarismo de Teresa Ribera o el maniobrerismo de Joaquín Páez, la mano militante que mece la Confederación del Guadalquivir. La política fiscal ya no tendrá el aval verborréico de María Jesús Montero para parecer racional, y tampoco la nueva financiación autonómica, con la deuda histórica reclamada por Andalucía y la equidad pendiente. Y la atención primaria en la sanidad. El PP ya no podrá mirar para otro lado.
Pronto sólo se le podrá reclamar al PP, que ahora disfruta de los últimos días del antisanchismo.
Corrupción amortizada
En el legado del socialismo, con un balance profuso de luces y sombras después de tantos años, décadas en realidad, la corrupción ha sido una capa corrosiva muy adiposa. Al Gobierno del Cambio, de hecho, a menudo le bastaba con identificarse como una alternativa a ese lastre turbio. Ahora el PP, bajo el Gran Azul que ha cubierto ese rastro, cada vez podrá recurrir menos a ese argumento sin proyectar oportunismo ventajista.
Claro que el horizonte penal de la antigua nomenclatura socialista aún se prolongará años. Pero con todo ya muy amortizado. Tras la sentencia de Faffe, con el prostíbulo demolido y la foto de la campaña del cambio ya amarilleada, lo que suceda en el Parlamento será casi irrelevante, aunque la convocatoria inesperada de Sánchez para el 23J aún depare excesos. Las últimas voces no desvelarán la trastienda turbia del escándalo que ha escapado a la Justicia. Los ERE se mirarán por la cúpula envejecida y enferma en prisión o ya fuera de ella. Y algunas preguntas sin respuestas quizá tengan que esperar a que los protagonistas publiquen sus memorias póstumas. O nunca habrá respuesta.
A cada tanto aún aparecerá de pronto un titular de la corrupción socialista, pero cada vez más absurdamente extemporáneo, como aquellos soldados japoneses que aparecían en una isla del Pacífico años después de acabada la guerra.
Con Vox pero sin voto
Hasta ahora Madrid era el virreinato que los barones populares miraban con envidia por su capacidad para ocupar casi todo el espacio de la derecha, pero cada vez más esa envidia se dirige al sur de Despeñaperros. Juanma Moreno ha logrado no necesitar a Vox, con un estilo además amable. Mientras otros barones de su partido han de pasar por el aro del programa ideológico de la formación de la extrema derecha —pin parental, violencia intrafamiliar, vacuidades sobre la inmigración— cuyas horcas caudinas en definitiva son pura aritmética, aquí se ha ganado autonomía como en las elecciones de 2022: en las ocho capitales, con cinco en mayoría absoluta, y las seis diputaciones no estará Vox. Solo los alcaldes de Sevilla y Huelva tendrá que negociar presupuestos y ordenanzas, pero Vox no formará parte de ningún gobierno. Sin duda Juanma Moreno va a ser la referencia en la que se miren en su partido para diseñar la hoja de ruta del futuro.
Del Nodo a la nada
La última gamberrada desde la bancada del PSOE en el Parlamento: poner la música del Nodo cuando el portavoz de Vox se dirigía a la tribuna. Se ve que los socialistas están entendiendo bien la medida de su fracaso. Pocas cosas pueden dar más tranquilidad al PP que constatar el nivelito de la oposición.
Juanmismo
El recorrido de esta marea azul es incierto. Tanto poder en un solo partido, con pocos contrapesos y una oposición además ineficiente, no suele dar los mejores resultados. Pero, con seguridad, este Gran Azul no será corto. Aunque la estadística en la Moncloa es de dos legislaturas, en comunidades y ayuntamientos se extiende siempre más, a veces mucho más. Y bien podría repetirse, a su modo, 'la paradoja de la satisfacción' como expresión sociológica andaluza; prolongando, si no hay nada disruptivo, el juanmismo dominante por largo tiempo.
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