Veinte años y un día
Los ojos azules de Rafael Escuredo han perdido frescura desde aquella noche de mayo del 82, cuando las pizarras del hotel Macarena indicaban que el PSOE había recibido dos millones de votos y un capital inmenso de ilusiones para gobernar la autonomía andaluza. Han perdido frescura, pero no lucidez. Hace unos meses, alzado sobre su mirada de antiguo visionario y la nostalgia de un proyecto agotado en un largo marasmo de clientelismos y rutinas, Escuredo proclamó que Andalucía necesita un golpe de timón, pero su voz se perdió en el mar cansino de un poder cuyas aguas ya tibias apenas agita la brisa de la crítica.
En tiempos de Escuredo, Andalucía era un proyecto y la política una palanca con la que cambiar el mundo. Había una generación llena de frescura que quería modernizar el país y saltar de golpe sobre la maldición de la Historia. Rafael iba tan deprisa que derrapó en una curva y se encontró con que los suyos, Felipe y Guerra, habían quitado las vallas para que aquel vehículo desbocado que era la autonomía se saliese de la autopista del cambio y se quedase embarrancado en la cuneta.
De allí lo sacó, despacio y con prudencia, Pepote Borbolla, que condujo a través de carreteras secundarias del posibilismo hasta salir de nuevo a la autovía del futuro. En tiempos de Borbolla, el sueño político del autogobierno cuajó en un despertar de realidades que trajeron infraestructuras, créditos, transferencias y el proyecto de un territorio unido, articulado y razonablemente orgulloso de su destino. Aquel modelo zozobró porque Pepote se creyó de veras el piloto de una nave autónoma, y acabó naufragando tras el 92, en una orilla de descrédito, abotargamiento y corruptelas.
En los últimos diez años, la autonomía no ha sido sino un lago de aguas muertas en el que Chaves ha pescado sin sobresaltos con la caña sumergida en una cómoda hegemonía bajo cuya superficie no hay más que toneladas de limo inmóvil. Desde el 96, cuando el felipismo caducó al fin tras una prórroga de infamia, Andalucía se convirtió en el cuartel de invierno donde el César destronado esperó primero un retorno imposible y después se ha enfeudado con la vieja guardia para emponzoñar la política utilizando la autonomía como herramienta del rencor.
Sólo desde el silencio de la cumbre del poder, donde no suena el tráfago de las calles ni de la vida, se puede sostener que Andalucía no necesita, al cabo de veinte años, una nueva sacudida histórica. Lo admiten los socialistas más lúcidos, y lo proclama la escasa sociedad civil que aún no se ha sometido a la galbana de una administración capaz de colarse por casi todos los entresijos de la vida comunitaria. El orgullo de lo andaluz se ha diluido en un clamor de complejos recelosos y agravios provinciales; las estructuras modernizadas en los ochenta claman por una renovación que nadie pone en pie, y las estadísticas pintan el cuadro de una sociedad que crece siempre por debajo de la media nacional y está de nuevo a punto de perder el tren del futuro.
Pero nadie reacciona. La Junta es sólo una maquinaria burocrática dedicada a engrasar redes clientelares o a organizar una huelga general. El partido que lideró la sacudida de la esperanza se ha convertido en un sindicato de altos cargos amalgamado con el engrudo del poder y el presupuesto público. Veinte años sin renovación han dibujado unas instituciones con canas y han abotargado la política hasta transformarla en una empresa de profesionales que sólo sueña con pasar del coche oficial al montepío. Vivimos, como esculpió en el aire la llorada voz libre de Carlos Cano, un tiempo de liliputienses y mediocridades que ha convertido los ideales en una condena. Esta semana hizo veinte años de aquella noche de horizontes abiertos, pero el letargo es tal que parece que hemos cumplido más bien veinte años y un día.
icamacho@abc.es
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