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Primaveras

En esta primavera electoral no estaría de más que receláramos de los perros atados con longaniza

Una joven escoge un ramos de tulipanes en el centro de Barcelona INÉS BAUCELLS
Manuel Ángel Martín

Manuel Ángel Martín

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La primavera siempre tuvo prestigio aunque no sé si lo mantiene actualmente con esto del cambio climático y las alergias, pero sobre todo por su utilización impertinente y fallida. No quedaba mal su adscripción al florecer, a la juventud divino tesoro, al «here comes the ... sun», al optimismo simplón y ripioso que cantaba que «volverá a reír la primavera, que por cielo tierra y mar se espera», pero entonces ya se empezó a aplicar a acontecimientos políticos y se fastidió el invento. Lo intuí con la «primavera de Praga» del 68, pero siempre tuve la certeza de que ninguna estación es predominante ni definitiva y que después de una viene otra, y así hasta el invierno que derrota ejércitos y vuelta a comenzar el ciclo. Les dejo treinta segundos para que evoquen referencias tópicas a Vivaldi, a Botticelli, a Stravinski y a las toneladas de melaza que elevaron la primavera a los altares. Porque luego vino el exceso de llamar «primaveras árabes» a lo que resultaban ser altercados tribales, sangrientas algaradas que sustituían un tirano por otro, transformaban la represión ordenada en represión caótica, y en vez de un nuevo orden imponían un desorden viejo. En todos los debates la progresía se complacía en alabar incondicionalmente la rebelión con causa pero sin propósito. Eso sí, adobada con la monserga tecnológica de internet y las redes sociales que iban a ser el viento que animara el fuego purificador, lo mismo que el fracasado comunismo ruso se había definido como soviets más electricidad. Desde finales de 2010 y con Túnez de precursor, los países del muro africano que nos limita al sur fueron intentando su transición a la modernidad de mercado, al laicismo y a la democracia ante un mundo esperanzado y una izquierda recalcitrante que sigue esperando el mesías de la revancha del muro derribado en 1989 y de la implosión de la URSS en el 1991, sin que hasta ahora haya cosechado otra cosa que ideas sin realidades. Claro que gusta mucho al público que los tiranos sean castigados y humillados, de ahí los Ceausescu, Saddam Hussein o el mismo Gadafi tan de actualidad en esta desgastada primavera libia en que Trump felicita al general Jalifa Haftar que se va a hacer con el control de Trípoli y anuncia que va a «limpiar la ciudad de terroristas» (sic), o sea que poco espíritu primaveral veo reinar.

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