La pistola de Larra
A los 28 años, Mariano José de Larra se pegó un tiro, desesperado por los desdenes de su amante, una mujer casada, que se llamó Dolores Armijo. En el Museo Romántico de Madrid, se exhibe -se exhibía por lo menos hace unos años - la pistola con la que, al parecer, truncó su vida el mejor prosista de la primera mitad del siglo XIX español. No obstante, hubo quien le quiso quitar morbo al trance suicida y sostuvo que la tal Lola arrojó un jarrón de cristal a la cabeza del escritor ocasionándole la muerte. Me quedo con la primera versión, que encaja mucho mejor con la figura del romántico «Fígaro» que, sobre todo en el drama «Macías el enamorado» o en la novela «El doncel de Don Enrique el Doliente», nos presenta ese tipo de amor abrasador y no correspondido que no tiene más salida que la muerte. Porque el amor -no el cariño, ni el afecto, ni la sexualidad, ni la simpatía amorosa- sino el amor romántico, lo dice el propio Larra en su artículo sobre «Los amantes de Teruel», bien que mata y «las penas y las pasiones han llenado más cementerios que los médicos y los necios». Y si el desgraciado sesgo de sus relaciones amorosas lo encaminaban hacia un horizonte de permanente angustia sin que pudiera entrever ninguna esperanza, la búsqueda de la muerte -ausente en él cualquier creencia religiosa- habría de ser el camino elegido para conseguir, si no la dicha, si la paz inerte que proporciona la aniquilación. En otro de sus mejores artículos -«Antony»- escribe que «la vida es un viaje; el que lo hace no sabe adónde va pero cree ir a la felicidad... ¿Sabes lo que hay al fin? La Nada".
La ausencia de correspondencia en su pasión amorosa y el desgraciado espectáculo que le brindaba la España de su tiempo -una nación decadente y atrasada, con una aristocracia marchita, una burguesía sin ilustración y un pueblo inculto y bestial- le hunden en un pesimismo irrecuperable del que no le saca ningún atisbo de esperanza, hasta tal extremo que no ve más salida que saltar violentamente de la existencia.
Oscar Wilde se lamentaba de que sus compatriotas no distinguían entre su obra y su biografía. Es posible que así fuera en el dandy británico, pero en el romántico español su obra literaria está impregnada de la atmósfera de su existencia, y los amores desgraciados de su personaje, el trovador Macias, por Elvira o sus desesperados artículos sobre la realidad de la España de su tiempo eran fiel reproducción de su ánimo escéptico y atormentado. Quiso con locura a una mujer que no le amó y a una patria que no le gustaba. No tenía otra salida que la muerte.
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