Vidas ejemplares
Los Goya
El buen cine es una de las maravillas de la existencia...
Ingmar Bergman y Orson Welles concordaban: el mejor, el número uno del oficio, es John Ford. Gran mentiroso -hasta la fecha de nacimiento de su lápida es errónea-, su nombre verdadero era John Martin Feeney, aunque él se inventó otro más vistosamente irlandés (y perfectamente ... falso): Sean Aloysius O’Feeney. Sus padres habían emigrado de Irlanda huyendo de la hambruna de la patata y él nació en Maine, de donde saltó juvenil a Hollywood siguiendo los pasos de un hermano actor.
Ford, que empezó en el cine mudo y rodó más de un centenar de películas, algunas perdidas, ganó cuatro Oscar al mejor director. Pero se jactaba de haberse fumado tres de las ceremonias. «En una estaba pescando. En otra había una guerra en marcha y la tercera me pilló borracho». Lo último es plausible. La botella fue un constante aliado del genio, que no trasegaba en los rodajes, donde siempre sonaba música y estaban prohibidas las palabrotas, pero que cuando acababa la película se agarraba unas curdas solitarias y agónicas. Ford rodaba con playeras desgastadas, pantalones caquis, chaleco militar, pañuelo astroso al cuello y sombrero fedora. La pipa y las gafas de culo de botella (luego un parche en el ojo izquierdo), completaban su estampa. Era católico -y adultero intermitente-, sabio autodidacta y un lector compulsivo. Un hombre honesto, también lleno de imperfecciones y rarezas. Un saco de nervios que impostaba temple con éxito. A sus intérpretes los menospreciaba con mofas sardónicas; llegó a hacer llorar al gigantón John Wayne en el plató. Pero también los mimaba y siempre repetía equipos, porque la lealtad era su tesoro. Ford estaba en Omaha el Día D y lo hirió una esquirla en Midway. Recibió el Corazón Púrpura (y dos Oscar) por sus documentales para la Marina y también un título de almirante honorario, el que eligió para su lápida.
«Si coges todo lo que has oído de John Ford y lo multiplicas por cien, todavía no sabrás quién es», señaló uno de sus guiñoles, James Stewart. Cierto. Su extrañeza radica en que era una persona hipersensible que lo camuflaba con una coraza de testosterona pasada de rosca. En plena Gran Depresión echó a puntapiés con ostentación a un actor fracasado que se presentó en su oficina a pedirle ayuda para una grave operación de su mujer (luego se supo que la pagó el propio Ford e incluso le compró una casa a la pareja).
Enseñó a todos a mover la cámara, sabía ver una gran historia y hacer hablar al paisaje y cinceló un estereotipo moral: el varón americano de fondo noble y sentido del deber. Un ethos masculino que hoy no vende un peine (y que muchos añoramos, aunque sea el summum de la incorrección política). Políticamente, fue izquierdista de mozo y conservador de mayor, la evolución lógica. Pero no era hombre de partidos ni de dogmas, sino de personas. Le interesaba más el individuo que la masa. Ford fue el derechista que frenó en seco a los directores maccarthystas cuando querían cepillarse a Mankiewicz durante la Caza de Brujas. Y era un genio, porque le ocurre como a Shakespeare: sus personajes caminan solos, son la vida respirando ante nosotros.
A todo esto, yo pretendía escribir de la gala de los Goya. Pero la pereza se torna infinita…
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