Sevillalandia
Pasear por la ciudad era un placer de dioses antes de que las aceras se vieran invadidas de bicicletas y patinetes
Quién ha dicho que Sevilla es una ciudad que le rinde culto a la medida? Eso sería antes, cuando nuestros antepasados ajustaban los números áureos en los palios, cuando se creaba el canon de la caseta de Feria y se medía hasta el milímetro de ... la trigonometría las proporciones de las pañoletas, cuando los pasos andaban como hay que andar, cuando los músicos componían marchas al estilo de Font o de Farfán, cuando los paseos y los bulevares se salpicaban de acacias o de plátanos sonoros como su procedencia indiana, cuando los bares servían las tapas que les rendían pleitesía a los guisos de nuestras abuelas, a las ensaladillas que perdimos con tanta causa peruana que tiene su consecuencia en la insulsa presencia sevillana…
Pasear por Sevilla era un placer de dioses antes de que las aceras -si es que existen- se vieran invadidas por esa multitud de bicicletas en propiedad o de alquiler, de patinetes que se quedan desamparados y abandonados en cualquier esquina, de extraños vehículos que sirven para que los guiris jueguen a ser niños grandes por una ciudad cuya monumentalidad merece el respeto del paseo sosegado. Uno tiene que confesar que esos grupos de turistas subidos a esos extraños artilugios empiezan a ser cargantes, porque se creen los dueños de la ciudad que los acoge. Van a su bola, no respetan nada, y se creen que están en una pista o en un sendero. Ajenos a nuestra historia y al valor de la belleza, lo estropean todo.
Solo hay que pasar por determinados lugares para comprenderlo y para vivirlo. El sevillano empieza a sentirse agredido y eso es algo que debería resolver este Ayuntamiento. Hay que ordenar todo ese tráfico caótico que se mete en la Universidad, que ocupa aceras y plazas con los veladores, con los quitamiedos o directamente con el personal sentado en gradas y escalones. Ya sabemos que esto es una pandemia que afecta a todas las ciudades históricas y turistas, pero eso no debería servir para dejarnos, como casi siempre, en la conformidad del que ve cómo se degeneran las medidas de las que presumía Sevilla sin hacer nada por remediarlo.
Que no nos vengan ahora con el cuento del alfajor, del dinero que dejan en las arcas de la ciudad, porque muchos de ellos traen el bocata puesto y se avían con una botella de agua. El turismo sube de forma exponencial, pero el empleo sigue igual. Esto es algo que deberían revisar los concejales que cantan continuamente las bondades del turismo, como si esa actividad fuera la panacea del futuro. El turismo está bien, su desarrollo es justo y necesario, pero no podemos caer nunca en la desmedida. Alguien tiene que alzar la voz para preservar, paradójicamente, ese turismo que se irá a otros lares con menos bares si se da cuenta de que Sevilla se está convirtiendo en un parque temático de sí misma. Sevilla no puede ser Sevillalandia, un espacio para recorrerlo en padilla de ciclistas o de patinadores, un lugar abonado a las franquicias y a todos los comercios que uniforman las ciudades. Porque Sevilla será lo que sea, pero hay algo que no puede ser: una ciudad cualquiera.