La conversión de Pablo
Pablo no se ha caído del caballo: se ha montado encima para quedarse
Pablo de Tarso se cayó del caballo cuando fue consciente de la presencia de Dios. A eso se le llama conversión. No es un proceso donde se sopesan principios y axiomas, teoremas y ecuaciones, razonamientos teológicos y teleológicos que buscan el equilibrio entre el alfa ... y el omega. No. Es un instante que lo contiene todo, un momento concreto y universal al mismo tiempo que nos permite verlo todo de golpe. Es el aleph de Borges. Es el acorde, como llama Cernuda a esa fracción de tiempo liberado de los relojes que nos permite vernos integrados en el mundo. Al poeta de «La realidad y el deseo», esa visión le llegó en su juventud, cuando hacía el servicio militar en Sevilla. Y también iba, como Pablo de Tarso, a lomos de un caballo.
Pablo Iglesias se ha convertido a la Casta, con mayúscula. Pero no se ha caído de ningún caballo. Todo lo contrario. Se ha subido a los caballos de vapor que tiran de su coche oficial. Ahora ve la realidad a través de las lunas tintadas, que diría Campoamor. Y hace lo que siempre le pidió el cuerpo: cobrar una pasta y quedarse en la poltrona del poder. Lo otro, la promesa del tope salarial y el tope temporal de la limitación del mandato es pura estrategia comunista. Siempre lo han hecho. Prometen el cielo para debilitar a la casta dominante y luego se lo quedan cuando asaltan el palacio de invierno o la residencia de verano. Ninguna novedad en el frente.
Es el leninismo en estado puro. Nos disfrazamos de pacifistas para debilitar las defensas del Estado y después armamos al Ejército Rojo. Más antiguo que el caballo de san Pablo rebrincándose ante la cegadora luz de Dios, que para Iglesias no está en los templos, sino en el CNI. Desde ahí quiere controlarnos por nuestro bien, algo que siempre han hecho los que cabalgan junto a Stalin o Maduro. El timo de la alienación les vino de perlas para fundar dictaduras con la complicidad de la intelectualidad europea que vivía a cuerpo de progre gracias al denostado capitalismo. Y ahí siguen, para que no se diga.
Con los ministerios también han sido muy seguidores del Evangelio. Creced y multiplicaos. Pablo de Galapagar es más listo que su colega el de Tarso. Barre para casa, cumpliendo las normas de la conciliación y del feminismo que le lleva al deseo, nada cernudiano, de azotar a una mujer hasta hacerla sangrar. Sus seguidores, que son los de «La vida de Brian», lo disculpan y tachan de fascista a los que critican la evidente incoherencia del jefe. Pablo no se ha caído del caballo: se ha montado encima para quedarse. Y los que siguen apoyándolo a pesar de todo permanecen en su sitio. La verdad no los ha hecho libres, aunque la tengan delante de sus ojos en las hemerotecas. El líder les mintió, pero ellos prefieren vivir en la placidez del engaño, en ese estado que Huxley identificó con la felicidad. De momento no los ha descabalgado el caballo de la verdad. Y para suerte de Pablo, tampoco se han caído del guindo.
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