Educación sexual
Se habla mucho de educación sexual y están abiertos, incluso, centros de planificación familiar, pero ¿realmente se trata de educación? ¿no estará ocurriendo lo que con la expresión «hacer el amor»? Porque hablemos claro. Ni lo que hoy se dice educación sexual, es tal; como hacer el amor tiene nada que ver con esta última palabra. Y no digo esto gratuitamente, tengo más que suficientes razones para afirmar que esto que se viene haciendo en colegios e institutos nada tiene que ver con la educación sexual.
Comencemos aclarando que el término educación hace mención al desenvolvimiento total y armónico de la personalidad; sexual, eso sí, al sexo. En suma, que educación sexual debe ser un proceso que desarrolle en el joven su personalidad hacia el fin último del hombre a través del sexo.
No voy a pretender que se haga un ejercicio de castidad hasta el matrimonio, que sería lo ideal; ni siquiera a inhibirse del sexo hasta el matrimonio católico o, al menos, religioso; pero sí contener el uso del acto sexual al menos hasta formar pareja estable y unida por cualquier tipo de matrimonio, que, aunque no es lo ideal, al menos causa menos destrozos naturales. algo parecido a esto debería ser el objetivo de esas jornadas denominadas «educación sexual», pero nada de esto se hace. Parece ser que el único objetivo que se pretende conseguir es que la joven no quede embarazada. Todo lo demás, no sólo está bien, sino que hay que realizarlo cuanto antes mejor; y si no, que me digan a mi que se pretende con el reparto de veinte mil preservativos a lo largo de las playas andaluzas durante este verano.
¿Es que nos da miedo hablar de castidad?. Pues se hable o no, se diga lo que se quiera, la castidad es un valor y como tal hay que cuidarlo. Lo que acontece es que es de tal calibre que es dado a muy pocos gustar de esta virtud, pero esto es tan cierto como el sol que nos alumbra. Todo lo demás es zambullirse en el cenagal y hozar en el lodo.
Hemos pasado, de lo más estricto, en este sentido, a la total permisividad. A la juventud no se le habla de virtudes. Estas -se dice- están obsoletas, son fruto de una educación extinguida, gazmoña y hasta fascista. Porque, en seguida, se confunde aquí el tocino con la velocidad y se pasa de una cosa a otra sin tener relación.
Más el hecho real es que al poner veto a una sexualidad sin amor, de fines de semana, estamos llegando a niveles animales y la degradación del ser comienza a barruntarse como el ocaso anuncia la noche.
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