Defensa de la memoria
Aquel siniestro atardecer vi en mi hijo de nueve años los rasgos ominosos del miedo. Los tiros habían sonado en la puerta de su casa, y entre gritos del vecindario comprendió que habían matado al hombre con el que se acaba de cruzar en la acera. Durante días, unos policías de paisano estuvieron escudriñando el patio, pintando círculos en torno a los balazos del marco de una ventana, preguntando a la gente si recordaba detalles de la tarde trágica del crimen. Los asesinos habían sido detenidos, pero el terror siempre hace su trabajo dos veces, y la segunda es más devastadora y más profunda: es la que estremece de sospecha la mirada de los adultos, la que provoca insomnio en un niño, la que turba de sombras la noche de la inocencia.
Ese mismo niño me pregunta de cuándo en cuándo, al ver los noticiarios de la televisión, si existe riesgo cierto de un ataque químico que siembre de bacterias mortales nuestro desprevenido y pacífico organismo, o me inquiere al desgaire detalles sobre el funcionamiento de la guerra nuclear. En su pequeño mundo de certezas, el terror ha ido tejiendo un nudo de zozobras que acaso, de creer a Freud, acaben excavando simas ocultas de su futura personalidad. Para él no caben dudas de que entre los hombres que asesinaron a su vecino una tarde de octubre de hace un año y los que derribaron con un avión las Torres Gemelas ante su atónita mirada de televidente, existe una lúgubre y precisa identidad que encarna el poder espantable de la muerte y sugiere las formas del espectro del mal. Sólo los borrachos y los niños dicen siempre la verdad.
Hay, en efecto, una línea continua que une todos los puntos de la geografía del terror. Entre el asesinato del coronel Muñoz Cariñanos y el apocalipsis sangriento del 11 de septiembre median sensibles diferencias de escala, procedimiento e intensidad, pero ambos hechos, y muchos otros intermedios, se encadenan en una misma secuencia de ataque a los valores de la libertad. Una sociedad abierta y vulnerable que en su desarrollo queda expuesta a la barbarie del fanatismo; un mundo orgulloso de su progreso que esconde en sus propias garantías civiles el virus de la indefensión.
En medio de esta escalada de miedo, de la incertidumbre que el ataque a los Estados Unidos ha desatado en el seno de todo el colectivo social, existe la tentación de minimizar la importancia de los atentados individuales o de lo que, por comparación con la infinita salvajada fundamentalista, empieza a llamarse «terrorismo de baja intensidad». No hay tal; se trata sólo de una cuestión de escala. La memoria de Muñoz Cariñanos, como la de Alberto y Ascensión, como la de Portero, como la de Martín Carpena, como la de tantos otros caídos antes y después de aquel aciago 16 de octubre, nos interpela la conciencia igual que esas semianónimas víctimas cuyos restos permanecen aún entre las humeantes cenizas del Punto Cero de Manhattan. Son víctimas de la misma agresión, de la misma intolerancia, del mismo odio, de la misma intención aniquiladora de todo cuanto huele a discrepancia, a permisividad, a convivencia, a respeto.
Hace un año que mataron a Muñoz Cariñanos, y los ecos de aquellos tiros de pistola en la calle Jesús del Gran Poder no pueden ni deben disolverse en el fragor de los incendios y las bombas de estos momentos de universal incertidumbre. Todos los muertos mueren con la misma muerte; también los afganos que estos días pagan la cólera de los agredidos en un ritual salvaje e inevitable de revancha.
Escribió Blas de Otero: «Me llamarán, nos llamarán a todos; tú, y tú, y yo, nos turnaremos en tornos de cristal ante la muerte». La memoria de los que han pasado delante de nosotros en esa siniestra ruleta del horror es lo único que nos puede salvar de la infamia. Igual que el rey Christián de Dinamarca colgó en su pecho la estrella amarilla con que los nazis estigmatizaron a la población judía, todos tenemos que ser ahora conscientes de que nadie está indemne ante los desvaríos del mal. Todos somos, tenemos que ser, Muñoz Cariñanos en esta hora crucial que no admite indecisiones.
icamacho@abc.es
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