Sevilla al día
Imperialismo
Atrás están quedando las cuestas de enero, por allí sobresale la cuesta del cielo
En mitad de la bruma se vislumbra la revolución anual del imperio de la tradición, que es la vanguardia de todo lo que perdura, porque hay cosas viejas que son siempre nuevas, que no vuelven como las modas, sino que regresan como lo que nunca ... se ha acabado de ir. Las arrugas son brechas por las que se cuelan los vientos antiguos de lo inalterable, que se acunan en un tiempo que no tiene vocación de tiempo, sino de hábitat de los recuerdos, de oasis lleno de granos de arena capturados dentro de un reloj que se guía por el sistema de medición de los pulsos. Ahí es cuando lo efímero se consolida, cuando el suspiro se detiene, cuando los ojos no saben si se abren o se cierran y no hay miedo al parpadeo porque existe una confianza ciega en la llegada de lo eterno, en la puntualidad milimétrica de lo perpetuo.
El anunciamiento se abrocha con cordeles, de fachada a fachada, de pared a pared. Uno camina ya guiado por promesas, como un aventurero de lo conocido, buscando los vestigios escondidos a la vista de cualquiera. Qué rápido pasa todo lo lento, qué divertido es darle boleto a lo aburrido, qué perezoso es el tedio que se desintegra sin luchar cuando sabe que hay batallas que no le merece la pena librar. Qué bonito es ver cómo se abre paso el impoluto desorden de las cosas, cómo permea, rebelde, el deseo en la actitud de los que se van dejando arrastrar por el ciclón de indicios que remueve a los días. Atrás están quedando las cuestas de enero, por allí sobresale la cuesta del cielo. Detrás del repecho viene una cima. Escalar sin meta es nadar sin agua, comer sin hambre, querer sin ganas. La vida va cogiendo colorcito, la sonrisa va enseñando los dientes por ahí, descocada, inconsciente, como un niño al que le hace gracia la gracia, que imita una felicidad que no le interesa saber lo que significa.
La calle habla el idioma de las fechas y se dirige a un corazón que comienza a traducir. Las aceras sesean, las farolas guiñan con las bombillas, las hojas de los árboles burbujean, traman a plena luz la esperada emboscada del aroma. El sevillano mete las narices en lo que le llama, buscando aspirar el perfume interno de la asonada. Se comenta que hay por ahí, perdidos de las manos de Dios, personajillos tenebrosos, envenenados de avaricia, con ansia de desenterrar los vicios expansionistas del pasado, de terminar de volver al absurdo juego de la tensión, la destrucción y la conquista, del yo merezco y el tú eres, de las ínfulas y del sometimiento. Mi ciudad no puede hacer nada, la está invadiendo poco a poco la primavera, la está colonizando su sino. No puede hacer nada más, claro, que colgar su pancarta de la paz: «Capirotes». Y caminar, muy despacito, hacia la gloria.
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