puntadas sin hilo
Pásalo
A los dirigentes socialistas no les pareció censurable que miles de personas gritasen consignas ante las sedes del PP en marzo de 2004
Manifestarse ante la sede de un partido que no es el tuyo supone una protesta extemporánea. En una democracia que funciona como es debido la mejor forma de mostrar el desacuerdo con una formación política es simplemente no votarla. Así funciona el sistema: las opciones ... de las diferentes alternativas de gobierno se definen por los apoyos en las urnas, no por los detractores en las calles. Las protestas ante las sedes del PSOE suponen por tanto una anomalía que revela un fallo en el engranaje, una pérdida de aceite en el motor que ha colocado a España entre las democracias más solventes del mundo.
Es comprensible que los dirigentes socialistas se escandalicen por las protestas a las puertas de sus oficinas y lo consideren un ataque a la democracia. Pero la ofensiva iracunda de los cabreados con Sánchez es tan censurable como la que se alentó desde los teléfonos móviles socialistas en marzo de 2004, con el agravante de que entonces aprovecharon la conmoción del país tras el brutal atentado de Atocha para incidir descaradamente en las elecciones generales. Fueron las horas vergonzantes de los SMS, de aquel 'pásalo' que quedó registrado en las peores páginas de la historia reciente del país. Entonces, como ahora, se acusaba de mentir al presidente, que también estaba en funciones. Aquella presión fue tan sucia e intolerable como le parecerá ahora al PSOE la que sufre en sus sedes. Pero en esos días de tensión a los socialistas no les pareció censurable que miles de personas gritasen consignas ante las sedes del PP: ni un solo dirigente pidió a las masas que depusieran una actitud claramente coercitiva. El nivel de ignominia fue como mínimo similar, con la diferencia de que la jugada de 2004 logró sus objetivos, y no parece que el desahogo popular ante las sedes socialistas vaya a variar ahora un ápice los planes de Sánchez.
El asunto se reduce al manido mal endémico de la democracia española, la hiperlegitimidad de la izquierda que desequilibra el escenario sociopolítico. Los partidos de un lado y otro del espectro ideológico no juegan con las mismas cartas. Cercar el Parlamento para protestar en la toma de posesión de Juanma Moreno es un saludable ejercicio de libertad de expresión, pero criticar la amnistía de los golpistas catalanes ante la sede del PSOE es fascismo. El ahora tan reivindicado concepto de soberanía popular, la democracia directa y toda esa farfolla del Foro de Sao Paulo solo es válida cuando la calle se manifiesta a favor de los mismos.
En una democracia sana y plural se protesta contra el Gobierno, no contra los partidos. Pero claro, en una democracia sana los delincuentes permanecen en la cárcel, los delitos no se suprimen del código penal por conveniencia personal y los exterroristas no sostienen gobiernos. Subrayen lo de sana.
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