TAL VEZ FELICES
La despedida de un emir
Llegó a Sevilla la semana pasada con su séquito
La kufiya árabe en cuadros rojos y blancos en un principio no despierta demasiado interés en el vagón. Cuando el tren llega a Santa Justa el tipo que la lleva se levanta. Viste abaya y unas portentosas gafas de sol le cubren el rostro. Le ... acompaña todo un séquito: serán diez o doce. Todos de negro. Y están interconectados con auriculares. Sus movimientos son bruscos. «Pero quiénes son», pregunta una niña a su madre, que trata de descifrar los motivos por los que una especie de emir viaja con ellos en un Iryo hacia Sevilla. El tipo, enjuto, espigado y de barba perfilada, se dirige con fruición hacia las dos, que abren los ojos como las persianas de una superficie comercial: «¡Que me caso!», anuncia el hombre con un acento mesetario inesperado, quizá de algún pueblo de Madrid. «Que se casa…», repite la mujer prestando ya más atención a la maleta que baja del portaequipajes.
Solo la democratización del turismo, el tiempo libre excesivo, la creatividad y esa amistosa imbecilidad con la que se tratan algunos amigos, todo bien agitado en una coctelera, podrían traer a Sevilla a este puñado de hombres disfrazados de la corte real qatarí en pleno mes de julio con máximas superiores a los 40 grados de temperatura. Pensándolo bien, el escenario es idóneo: un desierto, casi como el de Arabia, para festejar una despedida de soltero que estrena una nueva temática en la ciudad sin miembros viriles en la cabeza ni trajes de flamenca de bazar.
La palabra anormal no parece aquí un descalificativo, sino la síntesis de una perfecta descripción: anormales profundos, podríamos añadir, y muy empleados en serlo. «¡Chavales, como hemos ensayado!», grita uno en lo que el resto empieza a abandonar sus asientos. Entonces inician una marcha teatralizada por la estación, así con ademanes de urgencia. La gente se gira, claro. Unos, atónitos. Otros, risueños. Yo, por mi parte, los imagino buscando sombras por la Puerta de Jerez en esa hora rara de después del mediodía en la que no pega volver al hotel, pero tampoco permanecer en la calle. Sudados y con la kufiya desajustada de madrugada también los intuyo. Lo que no se me ocurre ya es qué hará esta gente para la boda.
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