Pásalo
Julián Muñoz
Debió sentirse intocable y poderoso sin percatarse de que la política mata
Cuando salió de su pueblo abulense, Julián Muñoz, llevaba una mano delante y otra detrás, tapándose las vergüenzas de la necesidad que impone la tiesura, pero esperanzado en convertirse en uno de esos mineros que, guiados por la fiebre del oro, se enriquecieron en California. ... Entonces, Marbella, era aquella California turística y adinerada donde se podía progresar si andabas listo. Abrió un bar en el extrarradio para comidas caseras, buenas y baratas, conoció a gente y por la ley de los vasos comunicantes, vasos de güisqui y comunicantes de buenas direcciones y relaciones, pudo dar el salto de su afanosa vida laboral: abrir un local de restauración en Puerto Banús. Julián, el necesitado emigrante abulense, había encontrado su particular filón de oro. Su California en la Marbella de Gil.
El local se puso de moda, fue frecuentado por gente de posibles y cercanos al poder y del gilismo puro y duro, hasta el punto de que fue en aquel local, el Mayte Puerto, donde conoció al patrón de las Mama Chichos, al que alguien definió como el Bokassa blanco y pacífico al que solo le faltaba la sombrilla y el harén. Hicieron buenas migas el Cachuli y el Tal y Tal, hasta el extremo de que Julián Muñoz dio el salto más arriesgado de su vida: pasar de atender a sus clientes a que la clientela política lo atendiera a él como el sucesor del virrey de Marbella. Fue concejal y, después, alcalde. Y en el algún momento de tan vertiginoso salto en el vacío perdió el oremus y se creyó inviolable, creciendo desaforadamente en su corazón la pasión por la propiedad. Debió sentirse intocable y poderoso, tan poderoso como un torero en mitad del ruedo con dos orejas en las manos, sin percatarse de que la política mata. Y mata sin compasión si te atreves a tocar lo prohibido y no estás arropado por unas siglas poderosas… capaces de amnistiarte.
Gil llegó a comentarle a Jesús Quintero que era el hombre más perseguido de España. Hacienda, el Tribunal de Cuentas, la Fiscalía Anticorrupción, el Cesid… todos se les pegaron a sus populistas ruedas a la espera del primer pinchazo. Y le reconoció que fue un error total haber recalado en política. Pero algo tiene la señora que todo el que entra se entrega en cuerpo y alma a sus dulces proposiciones y ventajosas salidas. A Muñoz le hizo creer lo que no era: un triunfador inmune a las listas negras. Y pronto fue más inquilino de los tribunales que de sus casas y las casas de sus amores más mediáticos y castizos, que le abrieron las puertas de la Junta. Hasta los banquillos lo llevaron los casos Proinsa, el Banana beach y la Operación Malaya. Probó la manzana de la corrupción y le encantó. De la gloria del poder pasó al infierno de la soledad carcelaria y a ver su nombre en los platós más carniceros de la tele rosa. Se ha ido, quizás, con alguna certeza familiar y con muchos millones públicos bien guardados…
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