TODO IRÁ BIEN
Y por furcia
Cada vez que convertimos lo privado en lo público también convertimos lo público en privado y así se fundó el totalitarismo
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El escándalo de Donald Trump es el escándalo de Bill Clinton. Lo terrible es el escándalo, este puritanismo americano que rebaja el nivel de la conversación y que nos convierte a todos en acusicas de colegio o la vecina que era confidente de la ... Policía. Fue pasar los años 90 nuestros hablando de las mangas manchadas de una tal señorita Lewinsky y ahora de esta otra semipú, Stormy Daniels, que al parecer se acostó con el presidente Trump antes de que lo fuera. ¿Y a mí qué me importa? Me gusta el cotilleo, porque soy la primera portera de España, pero no me parece de país civilizado elevar un devaneo a categoría política. No es política saber con quién se acuestan los demás, ni si mienten o dicen la verdad a sus esposas o al público en general, cuando hablan del asunto en público o en privado. No es política que a Clinton una becaria le tuviera unas atenciones en el despacho Oval y no es política que un empresario tuviera el antojo de bajarse a una actriz de peli porno. Además, cuando luego quiso ser presidente, le pagó 150.000 euros para que se callara. ¡150.000 euros! No reparó en gastos. Muchos de los que le gritan han pagado menos por la entrada de su piso. El hombre merece un respiro.
Los Estados Unidos son los líderes del mundo libre y les agradecemos cada gota de sangre que han vertido por proteger el agua limpia de nuestra bahía de la tranquilidad. Les agradecemos el descubrimiento, los avances científicos y tecnológicos, agradecemos el iPhone Disneylandia y por supuesto Nobu en todo su esplendor y sedes, especialmente las de Park Lane, Ibiza, Las Vegas y Barcelona.
Pero estos ramalazos inquisitoriales, mezquinos, puritanos, protestantes, insidiosos, que rebajan la Humanidad a rebaño, que destruyen al hombre por sus debilidades en lugar de salvarlo por sus virtudes, son inaceptables y no deberíamos importarlas. Que cada cual se acueste con quien quiera, y que a la mañana siguiente cuente lo que le parezca mejor. Que cada cual se ocupe de su matrimonio y de sus queridas, y como ha hecho Trump, si se debe algo, que se pague.
Cada vez que convertimos lo privado en lo público también convertimos lo público en privado y así se fundó el totalitarismo. No es aceptable juzgar la sinceridad de un hombre, su honorabilidad, por si admite o niega que se acostó con la que no tocaba. Pagar a una fulana para que se calle no puede ser interpretado como una trampa financiera de una campaña electoral, si es que no hemos definitivamente enloquecido y estamos otra vez dispuestos a encender las hogueras para quemar a los impuros.
El ideal americano nada tiene que ver con estas persecuciones salvajes, tan aborrecibles, despojadas de cualquier comprensión de cómo funciona el alma, tan contrarias a lo que Dios espera de los hombres, y por cierto, de las mujeres. La que tendría que ir a la cárcel es la que cobró y no calló, por incumplimiento de contrato.
Y por furcia.
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