Perdigones de plata
Placeres clandestinos
Qué envidia. Nosotros, mortales de vulgaridad reconcentrada, nunca estuvimos allí
Danzas guerreras (7/7/2023)
Disimular el sueldo (3/7/23)
Las fiestas de Tito Berni eran casi tan multitudinarias como una boda tipo Tamara pero nunca tuvieron la precaución de capar los móviles de los convidados. Y así, luego queda el álbum fotográfico que se filtra sin prisa pero sin pausa para regocijo del ... personal, esos fogonazos donde los participantes lucen sonrisas propias de fiestorro repleto de gozos variados y estupendo yantar. «Dientes, dientes», que dijo la Pantoja en memorable sentencia. Mucha dentadura socialista observamos en la portada de ayer, desde luego.
En ningún caso pretendo negar la arrebatadora personalidad de Tito Berni a la hora de arracimar amigachos para sus cuchipandas. Algún mérito poseerá este hombre para lograr tanto jolgorio y tanta compañía, sin duda. Pero luego encontramos el perfume de cierta clandestinidad, de estar en el ajo, de comprobar que tu nombre figura en la lista de los elegidos. Eso atrae una barbaridad. Yo estuve allí y tú no, por lo tanto yo milito en el bando de los listos y tú no. Los 'afters' que regatean los horarios reúnen a los parroquianos que andan en el secreto del tugurio, y eso fertiliza el insaciable morbo de los engolfados de último amanecer. La ley seca favoreció el toque clandestino y por eso la gente acudía en masa hacia los garitos camuflados de la órbita de Al Capone y de sus socios. Pimplaban alcohol, primer pecado de fruta prohibida, y además en un antro lujurioso de bella rebotica, segundo pecado. El placer, pues, se doblaba por el mismo precio. Si encima la parranda se amenizaba con músicos entonados como los espídicos Jack Lemmon y Tony Curtis de 'Con faldas y a lo loco', el desparrame alcanzaba proporciones gloriosas. Mientras buena parte de los españoles soportaban los rigores de mascarilla sellando los labios, Tito Berni y su alegre cuadrilla disfrutaban de la vida en locales de confianza. Qué envidia. Nosotros, mortales de vulgaridad reconcentrada, nunca estuvimos allí. Por cierto, el tal Santos Cerdán es el que denunció a este periódico por lo de las encuestas, ¿no? Vaya vaya…
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