PERDIGONES DE PLATA
De alacranes y gambas
Costaba creer el discurso, tan de venenoso alacrán, del tal Martín alabando a Bildu. Pero era verdad
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Somos rácanos en lo de admirar al prójimo y desconozco el motivo, más allá de la envidia entre mezquina y cochina. Admiro a la gente que ha leído más y mejor que yo. Admiro a los que de verdad entienden la 'Crítica de la razón pura' de Kant ... , pues según Baroja en el mundo sólo medio centenar de personas eran capaces de penetrar en el pensamiento del alemán, y aseguraba que él no estaba entre ellos. Admiro también a los que viajan hasta lugares bravos para vivir aventuras mientras navegan sobre una canoa los peligrosos rápidos de un río legendario. Admiro, cómo no, a los compañeros que soportan el zafarrancho político sin permitirse un leve descanso que les alivie la tensión. Y les admiro porque mi débil condición necesita, a veces, un reposo, o sea un breve escaqueo frente al mar.
Y en esas, cuando escuchaba el ronroneo ondulante de las olas, cuando aspiraba el sutil salitre, mientras rechupeteaba el espeso y tonificante líquido pardo que mana de la cabeza de una gamba fresca, me olvidé de todo y de todos porque me zambullí en una suerte de suave modorra que lindaba con el éxtasis místico. Al diablo con la tralla de las elecciones, al menos durante un rato, me dije. Me concentré de nuevo, vaya, en ese mejunje, sucio pero sabrosísimo, que cristaliza en las testas de las gambas y creí ver a Homero, a Neptuno y a su tridente, a Ulises, a las sirenas de cantos hipnóticos, y, si me apuran, incluso a Colón, a Curro Jiménez, a Dum Dum Pacheco y a cualquiera que usted idolatre. Cuando regresé a la ciudad reconecté de inmediato con la feroz actualidad y colisioné contra la barbarie. Costaba creer el discurso, tan de venenoso alacrán, del tal Martín alabando a Bildu. ¿Era una broma o el oscuro zumo de gambas me provocaba alucinaciones? Pero era verdad. Y luego, sus excusas tras la delirante pifia, ese «no me he expresado adecuadamente…». No, en realidad es que involucionan muy adecuadamente. Todo segrega tal tristeza que uno desearía ser un cefalópodo morando bajo el mar con tal de no soportar tales fustazos.
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