tiempo recobrado
El último barco
Todos dejamos algo y Domingo nos ha dejado mucho: su bondad, su afecto y, sobre todo, sus libros

Hay palabras que jamás son dichas, abrazos que nunca se dan y barcos que hacen su último trayecto al atardecer. El que lleva del muelle de Moaña a Vigo sale a las diez en punto. El viento atlántico azota los rostros en la cubierta mientras ... el sol se pone por el lado del mar.
Este es el barco que cogió la hija del doctor Andrade por última vez antes de desaparecer, el mismo en el que el inspector Leo Caldas rastreó las huellas de esa mujer y el mismo en el que subió muchas veces Domingo Villar antes de escribir su novela sin saber que iba a ser la última. Y también es el barco que cogemos su mujer, su familia y sus amigos, no para evocar su memoria, sino para sentir que sigue vivo.
Ningún sitio mejor para ello que la aldea de Tirán con su pequeña iglesia en una balconada sobre la ría, su cementerio, los caminos que bordean sus ocultas playas, la exuberante vegetación del paraje. Y en el silencio de la tarde resuena la campana de la ermita, una voz de otro mundo que nos sume en el silencio.
Es precisamente la sensación de que el tiempo se ha detenido en este lugar lo que agudiza la impresión de fugacidad. Todo está como estaba, indiferente a la trágica mano del destino que se llevó a Domingo y a tantos que contemplaron este anochecer como una serpiente luminosa que muda su piel al extinguirse la luz del día.
El mar se traga las flores que hemos llevado, que arrastradas por la corriente, se van hundiendo en el agua mientras nos dirigimos a ese último barco a punto de zarpar. La oscuridad nos rodea mientras los rayos solares desaparecen por el horizonte. Este viaje, que dura solamente 15 minutos, bien podría ser una metáfora sobre la brevedad de la existencia, sobre la imposibilidad de atrapar un presente que ya es pasado cuando lo alumbramos en nuestra mente. El tiempo y la vida son inaprensibles.
Es la misma sensación que me sacudió al llegar de vacaciones a Baiona. Otra vez, otro agosto, otros días que pronto serán un recuerdo. Pasan por mi cabeza las imágenes de pasados veranos que me parecen extrañamente irreales, como la ausencia de Domingo en Playa América. Me decía Beatriz, su mujer, que Tirán no es como ella se lo había imaginado al leer la novela. Pero, ¿acaso la literatura no consiste en crear una ficción que resulta mucho más verosímil que lo real? En este lugar, es imposible distinguir entre una y otra cosa, entre los fantasmas de lo que pudo haber sido y lo que es.
Siempre hay un último barco. Siempre hay perdidas y despedidas. Adioses irremediables y nostalgias que hieren el corazón. Pero la vida es mejor cuando uno se siente acompañado por un amigo en algún tramo del camino. Todos dejamos algo y Domingo nos ha dejado mucho: su bondad, su afecto y, sobre todo, sus libros. Vivirá en aquellos que los lean y en este paisaje escondido de Tirán.
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